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Por Félix Cortés Camarillo

De las múltiples trampas sentimentales que los mexicanos nos hemos inventado, desde el tablón con la imagen de la virgen de Guadalupe que el crápula del cura Hidalgo agarró como estandarte para su insurrección independentista, hasta la imagen de Sara García con su falsa cabellera blanca, el mito de las madres como eje central de la existencia colectiva gana de calle. Principalmente porque abarca ambos extremos de la escala de la hipocresía.

Como dejó claramente establecido Octavio Paz en su búsqueda cual Minotauro de una salida a su-nuestro laberinto, los mexicanos somos unos hijos de la chingada. Nuestro mayor insulto es protagonizado por nuestra adorada mamá. 

En esencia, chinga a tu madre –que es el mayor de los insultos que en su vida un mexicano profiere con asombrosa frecuencia– significa la expresión más brutal del más griego de los incestos. Y mientras tanto, la cultura nacional inducida nos puso desde los primeros días escolares a colorear estampas para regalar el diez de mayo acompañadas, si la economía familiar lo permitía, de claveles rojos. 

En su defecto, es decir los huérfanos de madre, un clavel blanco ostentoso en la solapa ese día.

Los mitos sociales son escudos para la vergüenza colectiva. 

Tenemos un día del niño porque todo el año, el resto de los días, ni nos acordamos de su existencia y de su necesidad de expresiones de cariño. Por eso también tenemos el día del abuelo, las festividades navideñas, el día de los Santos Reyes. 

Pero de manera muy especial, el día de las madres. Porque por lo general tenemos muy poca. Tanto, que el próximo fin de semana ya se nos habrá olvidado.

Si realmente el afecto hacia quien nos parió con dolor y sin haberlo pedido fuese cierto, no necesitaríamos dedicarle un par de horas y algunos pesos cada diez de mayo a disimular nuestra vergüenza. Todos los días debiéramos dedicar un momento, un pensamiento, una actitud a decirle a nuestras madres: gracias.

Muchas felicidades a todas aquellas que han tenido ese invaluable privilegio. Pasado mañana y todos los días.

PARA LA MAÑANERA (Porque no me dejan entrar sin tapabocas): Todo el grato sabor de boca que nos dejó la parafernalia escénica y televisiva de la coronación de Carlos Tercero y Camila, como monarcas del imperio de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, no es otra cosa que resabios de esa añoranza de los cuentos infantiles, en los que la bella durmiente esperaba el beso del príncipe azul –nunca me explicaron qué justifica la cromática– para que siguiéramos creyendo en la esperanza de un futuro feliz y lisonjero.

Pero se va a acabar. 

O ya se está acabando.

‎felixcortescama@gmail.com

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Vía / Autor:

// Félix Cortés Camarillo

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Autor: stafflostubos
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