Por José Jaime Ruiz

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El Premio Xavier Villaurrutia, Guillermo Sheridan, pasea por los caminos de la amargura y se enrumba hacia su labor diaria de ser el pinche en la cocina política de su patrón, Enrique Krauze. Guillermo quiere atizar la leña, pero poco sabe de física y de química. Sheridan, como crítico político, no suele ser muy riguroso y es parte de la industria del rencor y la descalificación de la 4T, del presidente Andrés Manuel López Obrador y, ahora, de Claudia Sheinbaum.

Extensión de la Operación Berlín, a Guillermo le entregaron la tesis de la ministra Yasmín Esquivel para imposibilitarla a presidir la Suprema Corte de Justicia. Por el timing, no fue un descubrimiento académico o una revelación técnica: fue un evento político para descarrilar a la ministra y mantener al Poder Judicial como extensión de la oligarquía y que siguiera latente la posibilidad del lawfare en México.

Oficiante de un “supremacismo” intelectual, su desprecio a los ciudadanos lo señala como clasista al servicio de la oligarquía, de los delincuentes de cuello blanco, de los narcotraficantes. El “ciudadano” Sheridan investigó la tesis de la ministra Esquivel, pero ¿cuándo se ha enfocado en la pútrida administración de justicia que se ejerce en el país que es, obvio, mucho más dañina que cualquier plagio?  Comportadito, el caza-plagios se autocensura, no vaya ser que su patrón Krauze se enoje y lo excluya de millonarios privilegios y prebendas.

En la danza de la ignominia, Guillermo Sheridan aceptó un homenaje (en la boca de Letras Libres también la alabanza es vituperio) ridículo. ¿Cómo consentir su figura en la portada? Para vituperar a su pinche, el cocinero Krauze le dedica su revista de junio de 2023 al “ciudadano” Sheridan:

“A últimas fechas el nombre de Guillermo Sheridan ha estado en el ojo público, un honor a veces nada envidiable en un ambiente polarizado y un gobierno proclive a la difamación: su oportuna denuncia de los plagios de la ministra Yasmín Esquivel minó los planes presidenciales por hacerse del control de la Suprema Corte, cimbró a la clase política y demostró al ciudadano de a pie el papel de la crítica y el periodismo a la hora de contener al poder”, casi suscribió Krauze en Letras Libres.

En la orgía oficiada por Onán, participan Malva Flores, Fernando García Ramírez y Rogelio Villarreal. Cierto, parodiando o plagiando a quien se ponga el saco, Guillermo Sheridan, “regresionista”, no ha observado ni con humor ni desparpajo la descomposición de la vida intelectual mexicana (Krauze, Héctor Aguilar Camín y sus séquitos). Sheridan demostró al ciudadano de a pie el papel de esos intelectuales orgánicos como defensores de los intereses de la oligarquía. Desde las armas de la crítica, Sheridan ha demostrado que se pueden propiciar cambios maléficos al país desde cualquier posición, en este caso como pinche de Enrique Krauze.

Intelectual deshonesto, Guillermo Sheridan trata ahora de mostrar “plagios” en la tesis de Claudia Sheinbaum para contener los puntos negativos de Xóchitl Gálvez. Hay niveles, no son iguales y Sheinbaum ya puso en su lugar al “imparcial” Guillermo (el ascenso intelectual del premio Villaurrutia va de Letras Libres a… Latinus):

“Es claro que quien hizo el análisis de la tesis no es físico. Explico: No hay formas muy diversas de describir un mismo proceso fisicoquímico. La combustión de madera involucra siempre calor, humedad, carbón y ceniza, así como monóxido y dióxido de carbono y por tanto, no existen formas muy diversas para describirlo en sus componentes simples. Sería tanto como decir que si se describe que el agua hierve a 100 grados centígrados a nivel del mar, se requiere una referencia entrecomillada para afirmarlo o se pensaría que se presenta como idea original una idea no propia”.

No sé si el pinche Guillermo, tan intelectualmente estricto, escribió o se carcajeó en su momento del “José Luis Borgues”, de Vicente Fox, o de la confusión de Enrique Peña Nieto por la autoría de La silla del águila entre su patrón Krauze y Carlos Fuentes. En esos sexenios Guillermo, tal vez, estaba acuciosamente ocupado en que los ingresos de dependencias oficiales y empresas privadas no tuvieran “errores” que afectaran la opípara vida de Krauze. Tampoco sé qué respondió Sheridan a Claudio Lomnitz cuando el investigador acusó, con evidencias, a su patrón de crear “una fábrica de historia” que “repiten los principios centrales de la historia oficial”.

Y ya que Sheridan es uno de los mayores estudiosos de la obra de Octavio Paz, tal vez podría iluminarnos si nuestro Premio Nobel se plagió, se basó o se inspiró –o “trascendió”– en José Juan Tablada (“El ídolo en el atrio”) para escribir su gran poema “Piedra de sol”. O si el mismo Tablada plagió a Ramón López Velarde al escribir “Y el relámpago de las guacamayas…”, ya que el jerezano le había cantado al “relámpago verde de los loros”; o si López Velarde plagió el inusitado verso “ojos inusitados de sulfato de cobre” a Nervo.

No os equivoquéis, Guillermo Sheridan no actúa como académico o investigador honesto en estos casos de la vida pública; es, apenas, un instrumento: el servil pinche o lamedor profesional de Enrique Krauze que le prepara a su patrón sus huevos (Xóchitl siempre) revueltos.