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Niñez trans y extremos que se tocan en ‘20,000 especies de abejas’

Tres cosas hay que ver en 20,000 especies de abejas (en la 75 Muestra de Cine). Y no es lo que la prensa está promocionando: visibilizar la niñez trans; publica MILENIO.

La directora, Estibaliz Urresola, ha dicho que hace dos años nadie sabía de la niñez trans. ¿En qué mundo vive? Hace casi treinta años se estrenó Mi vida en Rosa que dirigió Alain Berliner y que gira en torno a un niño que fantasea con que Dios le va a regalar la feminidad.

Lo verdaderamente digno de ver en 20,000 especies de abejas son las ideas, eso que, según el historiador de arte Ernst Gombrich, se va perfeccionando a lo largo del espacio y el tiempo a partir de esquemas que se materializan en imágenes. Hay que decir, por supuesto, que en Gombrich la palabra perfeccionar no tiene el significado de fin último, de algo que ya no cambiará. Al contrario, es una mutación evolutiva que, en el sentido más estrictamente darwiniano, se va adaptando con base en una suerte de arquetipo.

Ovidio, por ejemplo, cuenta que el primer hombre que fue también mujer durante su larga vida se llamó Tiresias. Se transformó en mujer cuando pasaba por el campo y encontró a dos serpientes apareándose. Mató a la hembra y él se volvió mujer. Pasaron muchos años. Tiresias volvió a encontrar otras dos serpientes en el mismo trenzado sexual. Ella mató al macho y volvió a ser varón. Por más que los postestructuralistas presuman que descubrieron la fluidez de género, es como decir que uno ha descubierto el hilo negro.

En fin, los tres momentos inolvidables de 20,000 especies de abejas son estos: Ana, una madre, toma en brazos a Aitor, su hijo de ocho años. Él está convencido de que es niña y en un acto más de “cómo sacar de quicio a tus padres distantes y robar la poca atención que le prestan a tus hermanos” rompe unos vestidos caros en una tienda de ropa exclusiva. Las chicas del mostrador están desesperadas. A nadie le importa que un niño se vista de niña, pero por la mercancía, ¿quién va a pagar? Se arma, como dicen los españoles, un follón. Finalmente, Ana coge a su crío y lo carga. La cámara los sigue en un virtuosísimo (pero contenido) plano secuencia que se concentra en la cara de la pequeña actriz. Ella abraza a su madre con desazón. Los seguimos. Se abren las puertas del centro comercial. Comienza a llover. Es una concreción visual muy hermosa de una idea que resulta en realidad muy vieja.

Las otras dos cosas que creo que todo amante del cine debe ver en esta película están relacionadas con esta escena. A partir del escándalo en la tienda de ropa cara, la madre del niño se traba en duelo actoral con la mujer que interpreta a su tía. Entonces se hace visible una discusión teórica entre feministas, quienes dicen que no hay cosas de chico y chica y que los constructos masculino femenino hay que dinamitarlos porque son cosa de política y quien, más en la retaguardia, acepta que hay un continuo entre dos polos.

Después de todo, hay un niño que quiere ser niña. Y la más femenina. Algo debe haber, cree la tía. La tercera idea que adquiere imagen es la interpretación de Sofía Otero quien es la persona más joven que ha recibido un Oso de Plata. Y la niña realmente lo merece. Porque en Otero se ha posado una idea que transita entre los escultores renacentistas que crearon hermafroditas y las arcillas de la cultura huancavilca en lo que hoy es Ecuador. La noción de que los extremos se tocan y forman un continuo, como el de las serpientes que, por fortuna o fatalidad, Tiresias vio.

Imagen portada: Garizia Films | MILENIO

Fuente:

// Con información de Milenio

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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