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El arte vagabundo de Betsabeé Romero

La artista conceptual mexicana expone en Nueva York y está presente en la Bienal de Venecia. Sus piezas reflexionan sobre la migración y el espacio público.

Imaginemos a una niña inquieta encerrada en una casona vieja de la colonia Álamos, en la Ciudad de México. Por seguridad, no se le permite salir a la calle a jugar. Entonces comienza a coquetear con la idea de escaparse, quizá traspasar el gran espejo que la mira subir y bajar las escaleras, como Alicia, o descubrir, detrás de los cuadros antiguos, un túnel que la podría llevar a lugares asombrosos. Mientras se alimenta de fantasías, se entretiene fabricando muñecas de papel. Incluso diseña los vestidos y construye algunos muebles de cartón para la casita. Esta niña hiperactiva pasa buena parte del tiempo leyendo. También estudia piano. La música y la literatura han penetrado su vida y no dejarán de acompañarla mientras siga diseñando, construyendo, imaginando. La niña es Betsabeé Romero, artista mexicana que llamó la atención hace 27 años en el encuentro Insite 97, en la línea entre Tijuana y San Diego, cuando presentó un viejo automóvil Ford cubierto con un lienzo de ayate y 10 mil rosas secas en su interior, el Ayate Car; publicó MILENIO.

En adelante, la ruta de Betsabeé Romero ha sido un ir y venir entre fronteras y una compenetración cada vez más sólida con migrantes alrededor del mundo. Destaca también el trabajo hecho de la mano de artesanos en la producción de piezas que resignifican la tradición del arte popular. Todo, a través de una propuesta estética original, sustentada en la reflexión sobre movilidad, fronteras, velocidad, sustentabilidad y sociedad de consumo.

Desde la muestra Lágrimas negras, en 2009, una revisión de 10 años de trabajo, los escenarios urbanos han predominado en su proyecto, sobre todo a la luz de dos objetos: el auto y la llanta. “En algún momento pensé que ya era demasiado lo de las llantas”, dice Betsabeé, “pero hay temas que son importantes y preocupan. Retomo la rueda como estos sellos cilíndricos que han existido en las grandes civilizaciones, los primeros instrumentos de impresión, instrumentos para la memoria, para la difusión de las ideas. Y siempre encuentro cosas diferentes; por ejemplo, qué pasa con la producción de las llantas de carreras del otro lado, las maquilas, o las llantas de tractor y su relación con la historia de la tierra. Luego, revisar lo prehispánico y explorar esos sellos cilíndricos, pero también los malacates, las historias mitológicas en el hilado y el bordado que aluden a la memoria, porque a los guerreros los enterraban con una rueda. Es interesante verlo desde la perspectiva de hilar la memoria en círculos”. Lee más:

Las llantas de Betsabeé rodaron hasta Nueva York. A finales de marzo inauguró Huellas para recordar, tres instalaciones en Park Avenue. Ahí, en las calles 81, 82 y 83, muy cerca del Museo Metropolitano de Arte, estas esculturas se alzan como guerrilleros en el sitio de mayor cruce de culturas del planeta. De acuerdo con Betsabeé, “la migración de estas poblaciones, mexicanas y latinoamericanas, es portadora de una cultura, de una historia invaluable para la humanidad. Los grabados en las llantas hacen referencia a la huella de esas culturas, son parte de un patrimonio que no solo debe respetarse, sino destacar lo que han aportado los grandes cocineros, artesanos, arquitectos y escritores del mundo latino que están allá. La obra está colocada en la calle, en el espacio público. Está para toda la gente. La calle es un espacio cultural complejo, me interesa como un proceso relacionado con el lugar donde se construyen obras. También los significados que adquieren estas esculturas frente a la comunidad misma en relación con su problemática y una estética relacionada con ellos. Nueva York es un lugar donde confluyen historias, personas, instituciones, es un gran referente si pensamos en movilidad y migración”.

'Huellas para recordar', de Betsabeé Romero. (Foto: Guadalupe Alonso)
‘Huellas para recordar’, de Betsabeé Romero. (Foto: Guadalupe Alonso)

Hablar de migración en el siglo XXI es adentrarse en uno de los temas de mayor complejidad y relevancia en el mundo. Desde que Betsabeé comenzó a trabajar conceptos como espacio público, movilidad, género y fronteras, el fenómeno del desplazamiento se ha potenciado. “Hemos recorrido mucho camino”, comenta, “y al parecer en la cultura lo estamos entendiendo. Por eso resulta incongruente que no haya generado mayor atención de las autoridades, las leyes, la política y la economía. Vemos expresiones racistas radicales que pensábamos superadas. Muchos jefes de Estado y candidatos se pronuncian contra la migración. Me parece poco humanitario que se expresen así sobre el más importante fenómeno de la humanidad desde la segunda mitad del siglo XX. Las leyes y los gobiernos no están respondiendo a la altura del problema. Como decía en una de las piezas, la gente está aquí no porque genere mano de obra barata, sino porque hay manos calificadas que vienen de grandes artesanos del otro lado; además, han aportado valores fundamentales. Lo mismo ha sucedido con las culturas indígenas que también son migrantes. A ellas las invadieron, las invisibilizaron y no se toman en cuenta sus aportaciones. Estas culturas guardan un enorme respeto a la naturaleza, a sus lugares sagrados. Han protegido la biósfera y aportan otros valores que valdría la pena considerar a la hora de hacer leyes y gobernar”.

No obstante, hoy algunos de estos lugares están descuidados o en manos de criminales. “Hay falta de respeto”, dice, “mensajes contradictorios frente a las culturas indígenas. Debemos cuidarlas, pero permitimos que las exploten porque el dinero es lo más importante. En los lugares más sagrados las mafias están ahí violentando. Es una lucha difícil. Hay resistencias que irán encontrando su lugar, pero no creo que la solución venga del Estado, sino de la sociedad civil. Por eso me interesa el espacio público”.

El proceso artesanal inscrito en las piezas de Betsabeé intenta rescatar símbolos que han sido atropellados por Occidente, una apuesta por lo manual en contraposición con la producción en serie, con la velocidad. A través del uso de ciertos materiales la artista imprime otros significados al objeto. “El mejor ejemplo son las llantas. Reciclo la basura, la cambio de contexto para darle mayor sentido. Yo digo que me dedico a jugar con significados”.

El simbolismo prehispánico y el arte popular juegan un papel preponderante en este intento de resignificar y preservar la memoria. Betsabeé considera sustantivo rescatar esa estética sofisticada que llegó a puntos de una gran belleza y contenido armónico con el entorno. “La capacidad de apropiarnos de otras culturas que llegan y se imponen, de volverlas nuestras y resemantizarlas, es también una forma de resistencia cultural”. Desde esta perspectiva, es interesante conocer su postura frente a un tema que ha estado en el centro del debate cultural: la apropiación. “Es una discusión que debió remitirse al origen, es decir, respetar a las culturas en sus valores, su modo de vida, sus lugares sacros. No debería ampliarse el tema. En México nos hemos apropiado de otras culturas de la manera más divertida, más creativa, sin pleitos, sin guerras. Cuando menos lo piensas ya todo es mexicano. Tengo muchos ejemplos porque el mestizaje es un tema fundamental en mi obra y lo encuentras donde menos te imaginas: en la Nao de China, la China Poblana, el papel picado que hoy es lo más mexicano. Debemos respetar cien por ciento a los artesanos, pagarle bien a la gente que cose o diseña y así, respetando y remunerando su trabajo, hacer visibles a las culturas indígenas mexicanas a través de los grandes diseñadores del mundo. Yo no le veo problema, estos intercambios son enriquecedores”.

Instalación en “La espiral sin fin”, exposición de Betsabeé Romero. (Foto: Bienal de Venecia)
Instalación en “La espiral sin fin”, exposición de Betsabeé Romero. (Foto: Bienal de Venecia)

Ya sean sus llantas, Huellas para recordar, en Nueva York, o Tejiendo vidas, los siete kilómetros de hilos con los que cubrió el Pabellón de México en Dubai, este constante cruce de fronteras le ha permitido derribar muros desde muy diversas plataformas. En su más reciente destino, la Bienal de Venecia, donde fue seleccionada entre los 30 proyectos a exhibirse, presenta Espiral sin fin, un conjunto de piezas basadas en la migración, pero enfocado en distintas fronteras: “Qué es eso que separa, que divide, que no acepta, que segrega, cómo las fronteras son transgeográficas, van más allá de la línea. En las grandes ciudades hay líneas de historias muy fuertes, invisibles, pero ahí están. Razas, edades, religiones, géneros. Por todos lados hay fronteras. Hay una sensación de sentirte el otro, no acabas de encontrar tu propia identidad. Es la disyuntiva de una población que no se acepta, se relega, tiene que vivir en cotos separados y, al final, acaba siendo esclava. Es paradójico que esto suceda en un mundo con tantos avances. Nunca ha habido una época de la historia con más esclavos que hoy. Es alarmante. Y estos esclavos tienen que ver con lo otro: otra raza, otra nacionalidad, otro continente. Así se van abriendo rupturas desde muchas dimensiones de la identidad. En última instancia, la propuesta se refiere a que somos extranjeros por todas partes, hasta del propio cuerpo, porque la enfermedad te hace extranjero de tu cuerpo. Lo vivimos en la pandemia. Partí de la migración y las fronteras, pero me enfoqué en las rupturas, estas líneas que separan lo sano de lo no sano, lo aceptado de lo no aceptado, lo clasificado y lo excluido. La obra parte de las fronteras más letales de la humanidad”.

La muestra, que se exhibe en la Fundación Bevilacqua La Masa, ubicada en la Plaza de San Marcos, hace referencia, además, a las personas que carecen de un espacio donde refugiarse y poder sobrevivir. Tiene que ver con la huida. “Todos somos migrantes, de la vida a la muerte, para empezar. Los movimientos de migrantes de los que hablamos, es decir, una gran parte de la población mundial, son movimientos forzados. En muchos casos debido a la violencia. En este trabajo para la Bienal de Venecia, la reflexión fue más allá de la frontera para hablar del hogar y el núcleo familiar roto. Son piezas inéditas si consideramos el modo como lo abordé”.

Para Romero fue importante la oportunidad de participar en esta Bienal que por primera vez en 60 años tiene a un curador latinoamericano, Adriano Pedroza. “El proyecto con el que participo empecé a trabajarlo antes de conocer el tema. Ya en Venecia, todo ha sido muy intenso e interesante, hay mucho que aprender. La Bienal es una fuente muy enriquecedora para cualquier persona dedicada al arte”.

“Barbed Borders”, de Betsabeé Romero. (Foto: Bienal de Venecia)
“Barbed Borders”, de Betsabeé Romero. (Foto: Bienal de Venecia)

En cuanto a la respuesta del público, estar en el centro de Venecia, en la Plaza de San Marcos, le ha permitido convivir no solo con especialistas sino con el público local. “No paraba de entrar gente y me emocionó tener buenos comentarios, una respuesta muy positiva y calurosa. Todos decían que algo les movía, que les había emocionado estar y vivir la experiencia dentro de las diferentes instalaciones. Me emocionó mucho que varias personas quisieran contarme sus historias familiares de migración, no necesariamente latinos, como una pareja de polacos y una familia iraní. Eso me da energía para seguir. Por otro lado, el director general me dijo que en esas salas nadie había intervenido la arquitectura de esa manera, con el color, la luz, generando diferentes ambientes en cada sala”.

“Al final”, concluye Betsabeé, “se corrió la voz, muchos quisieron acercarse a ver Espiral sin fin y me contaron que se habían emocionado, que la consideraron una de las exposiciones más importantes de la Bienal. Eso es un gran logro”.

Betsabeé es una activista que va al terreno, se juega el cuerpo. Esto le ha permitido un diálogo sustantivo con las comunidades. “Ir al sitio me ha dado muchas ventajas. Mi experiencia y mi práctica se han enriquecido con más información y un elemento relacional. Todo empezó hablando con la gente, negociando en su lugar, en la frontera. Así se fue tejiendo desde hace años. En términos de aprendizaje y construcción del conocimiento no veo de qué otra manera podría haberse dado. Al final, es lo único que me permite devolver algo del conocimiento que ahí se originó”.

Imagen Portada: MILENIO | LABERINTO

Fuente:

// Con información de MILENIO

Vía / Autor:

// GUADALUPE ALONSO CORATELLA

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Autor: lostubos
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