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Por Carlos Chavarría

Como casi todas las naciones que emanaron de la cultura de Europa Occidental, nuestros padres fundadores nos definieron como democracia representativa. En lo formal así ha pretendido operar nuestro país, excepción hecha de algunos periodos bien conocidos y turbulentos de nuestra historia desde que somos un país independiente.

Claro que hay una gran distancia entre lo formal y lo concreto, sobre todo cuando se habla del poder público. Debido a una suerte de metamorfosis kafkiana, a los seres humanos nos gusta mucho el ejercicio personal del poder y al momento de obtenerlo, nuestro self se transfigura o se muestra tal como en realidad es, así como si ya no existieran las circunstancias e historia que nos han permitieron acceder a esa representación que ejerceremos por un periodo de tiempo finito.

Al fundador  del PNR -luego PRI- Plutarco Elías Calles, así como todos los presidentes que le sucedieron, muy poco  les importó la calidad de la representación de nuestra democracia y así diseñaron el engendro llamado “sistema político mexicano”.

Un “el sistema” que gira alrededor de un presidencialismo totalizador, donde la distribución del poder dependerá de la cercanía de cada agente al selecto club presidencial, ha resultado muy conveniente a todos los grupos de tal manera que ninguno de ellos intento siquiera cambiarlo. Salvedad hecha de la creación  de algunos órganos autónomos de control del estado, sobre algunos temas con cierta relevancia económica, aunque ese es un paliativo del problema real.

Ahora que los partidos políticos, supuestos instrumentos conductores de la representación social, ya no se diferencian ideológicamente, más evidente se hace el alejamiento del poder de la sociedad que se dice representar. Los partidos ahora no son sino burocracias para estar en posición de entrar al juego electoral, pero sin incidir en la calidad representacional del sistema.

Otra de las genialidades del sistema, fue el manejo de la representación por medio de corporaciones como requisito para relacionarse con el presidencialismo y toda forma de poder, y al mismo tiempo darle control al presidente sobre todos los asuntos. No obstante el costo fue la fundación de  reductos feudalistas concentradores del poder activo real derivado, pervirtiendo aún mas el orden de prioridades donde lo que menos importaría será la calidad no solo de la representación sino de lo público en general.

El efecto final de estas deformaciones de la democracia, fue la desconfianza en el estado. Esto explica por ejemplo, porque razón vivimos en una economía con un muy alta proporción de informalidad, como también porque las personas no denuncian la mayoría de los delitos a pesar de los riesgos en que vive, porque es tan alto y persistente el abstencionismo electoral, y la razón de la bancarización de tan baja penetración. ¿Es  solo cultural? Si así fuera, ¿cuándo empezó ese rasgo  cultural mexicano?

El escritor Vargas Llosa lo definió con mucha claridad en aquella memorable confrontación televisiva con Octavio Paz de los 1980´s, Plutarco Elías Calles con el sistema en el que cabían todos los mexicano ciertamente pacifico al país, al acabar con las asonadas de los generalifes de entonces, pero al mismo tiempo construyo la “Dictadura Perfecta”, tristemente vigente hasta nuestros días.

La dialéctica se topó con piedra con la arquitectura del sistema político mexicano. El arte de discutir, debatir y argumentar ideas diferentes para cambiar mejorando, se somete a la dictadura sexenal para beneficio solo de la misma clase política, usando la renta nacional que produce la sociedad para sostener al régimen y no en bien de las comunidades.

Los ciudadanos se percataron que no se puede confiar en el gobierno porque no los representa aunque sus arengas lo proclamen. El sistema es perfecto. La gente está ocupada como se dice coloquialmente, correteando la chuleta y el día a día, así como calculando las amenazas a nivel individual que le vienen del gobierno.

El sistema es perfecto. Una educación que no incluye el pensamiento crítico derivará en una sociedad que dejará fluir la circunstancia y navegará sobre ella pero sin poder cambiarla, y un gobierno que escoge a los más pobres para asegurarse el voto del hambre que no puede darse el lujo de análisis alguno, aunque su libertad y futuro vayan en juego.

Primero es la calidad de la democracia y luego un estado de calidad. Sin la primera la segunda nunca se dará. Hoy estamos de nuevo en un proceso electoral dentro de una democracia de muy pobre calidad y se demuestra por el llamado de todos los contendientes a ganar el carro completo para cancelar toda necesidad de debate y política en sí.

¿Usted estimado lector de estas líneas se sentiría mejor representado y confiado en la solución de nuestros problemas si acaso Don Porfirio regresara de ultratumba para hacerse cargo del país? Pues eso es lo que todos los partidos sugieren como mejor alternativa.

“Tú joven, finge que crees en mis ofrecimientos, y yo, Estado, que algo te ofrezco…ya no le diga cinismo, dígale sinceridad,…al final Presidente, usted se irá y nosotros nos quedaremos solo con la impunidad y los problemas…”, Carlos Monsiváis.

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarría

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Autor: stafflostubos
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