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Por José Francisco Villarreal

Cuando todavía efervecía el país por el proceso electoral, durante un panel de comentaristas presidido por Ciro Gómez Leyva, escuché las diferentes posturas sobre el virtual triunfo de Claudia Sheinbaum en las urnas, y el avance del frente morenista en el Congreso de la Unión. Gómez lo resumió todo con mucha contundencia: “una paliza”, dijo. Para variar, yo creo que fue un poco exagerado. No fue una paliza para los mexicanos, tampoco para los demás institutos políticos, especialmente PAN, PRI y PRD (no me refiero a sus deplorables liderazgos). No fue una paliza para quienes, individualmente y con pleno convencimiento, durante seis años estuvieron apoyando la campaña contra el gobierno federal. Incluso, a estos últimos se les puede perdonar que asumieran como propios argumentos ajenos sabiendo que eran falsos. También se les comprende que llegaran al insulto, porque quienes los azuzaron no les dieron argumentos sino consignas, y cuando no hay argumentos para debatir, florece la mentada de madre. Fueron, obviamente, los únicos que cayeron en el gambito de esa campaña de miedo que se orquestó desde la oposición, desde una parte del empresariado, y desde los conventículos de la ultraderecha internacional. Pero con todo y eso, no fue una paliza para los xochilovers. Ellos tienen razones para sentirse orgullosos de su voto y del lugar que le dieron a su candidata, que fue menor pero no mínimo. En lo que sí coincido con Ciro Gómez es en que, en efecto, fue una paliza, “una masacre” dijera otro seudoperiodista, pero lo fue para personajes como él: mediáticos, políticos, empresariales y culturales, que desde hace más de seis años, alegremente se sumaron a la conspiración más absurda de todos los tiempos.

Sí hubo voto de miedo. Y no es menor. Cerca del 30 por ciento de los electores votó por miedo. La propuesta de la oposición era la amenaza del desahucio, del desamparo, de la miseria, si votaban por el frente morenista o Movimiento Ciudadano. El terrorismo electoral no sólo se desplegó contra urnas y candidatos, también se gestó en medios y redes durante años describiendo un utópico país arruinado, ensangrentado, controlado por un extinto comunismo y el crimen organizado. Durante años polarizaron el país entre la casta sabia y la ignorante plebe. Los calificativos que se cruzaron fueron candentes, explosivos. El caso es que la “raza de sol” está acostumbrada a recibir insultos, rechazo, discriminación. Acostumbrados, no necesariamente resignados. Esta vez, como nunca antes, durante seis años se lanzaron no sólo ofensas, menosprecios y discriminación, originados desde una derecha transfigurada en tres partidos; además, hubo una agresión sistemática con mentiras y órdenes sesgadas desde investiduras religiosas, culturales, políticas y mediáticas, difundiendo mentiras insostenibles. Estos novísimos hacendados trataron a los ciudadanos como a sus peones sumisos e ignorantes.

Me apena contradecir a Denise Dresser, pero las cadenas de la esclavitud no desaparecieron por obra de una señora pretenciosa y su pequeño círculo de notables, se rompieron a golpes de machete y de fusil empuñados por gente que a veces no sabía ni leer, pero que sí sabía quiénes los esclavizaban. El gran pecado de don Andrés fue sacudir el polvo revolucionario acumulado por décadas y exhibir a los nuevos caciques, a los nuevos encomenderos, a los nuevos hacendados, a los nuevos capataces. De ahí el resultado de estas elecciones, sobre todo en lo que se refiere a la candidatura presidencial, que es el más consistente y coherente que hemos tenido desde que yo tengo memoria electoral. Me emociona que hayan sido alrededor de 56 millones de mexicanos DE TODAS LAS EDADES Y DE TODAS LAS CLASES SOCIALES, quienes hayan defendido a la democracia de la única manera posible: votando. La marea democrática fue, como debe ser, incolora; un tsunami en el que cada gota cuenta. De todos estos, poco más de 33 millones eligieron a una candidata, Claudia Sheinbaum, hoy todavía virtual presidenta de México. Hay que decir que esos 33 millones no sólo decidieron, también dieron una lección de lo que es una democracia. No valieron mentiras, bots, insultos, súplicas, coacciones, agresiones, asesinatos… Una gran mayoría de los mexicanos dijeron así a la oposición, cómo no se debe hacer una campaña política. Una oposición que nunca estuvo a la altura del país que pretendía dirigir y que, en vista de la ausencia de proyecto, iría directo a la ruina. La paliza, que sí lo fue, caló hondo en las redes mediáticas que intentaron atrapar al elector. Muchos intelectuales, comunicólogos, periodistas, y periodistas devenidos en comunicólogos, sí recibieron una paliza monumental, y sólo les queda replegarse en esa especie de onanismo cómplice entre los de su especie y un puñado de incautos. Lupe Loaeza descubrió que nadie la conoce fuera de su pequeño círculo de cultos impostores. Alazraki y Ferriz de Con, dolorosamente, midieron el nulo impacto de sus invectivas. López-Dóriga tuvo que matizar su prejuicio yéndose a la yugular del siniestro Claudio X. González. Hasta Loret, el patiño de Brozo, reconoció el cambio profundo que significó este sexenio y la ceguera absoluta de la oposición, una ceguera voluntaria que él mismo padeció y que, yo creo, seguirá latente esperando una nueva oportunidad.

Pero, como dice el clásico: “esto no se acaba hasta que se acaba”. El asombro por los resultados de estas elecciones paralizó momentáneamente a los seguidores de Bertha X. No sé de dónde vino el coscorrón, pero reaccionaron y ahora pretenden espulgar los votos, como si eso significara algo contra cerca de 17 millones de votos de diferencia. Supongo que intentarán todo género de argucias para tratar de invalidar las elecciones, pero veo difícil que se impongan, con todo y sus mareas rosas, contra más de 33 millones de electores que exigirán el respeto a su voto, y no cederán al capricho de una oposición derrotada. Pero lo peor de todo es que, quienes acusaban al régimen de generar polarización, ahora ponen en evidencia que son ellos quienes polarizan. Ya no sólo desconocen los comicios, además insultan y amenazan a quienes no votaron como ellos. Las redes sociales se inundan de todo tipo de publicaciones con teorías descabelladas sobre una ilusoria elección de estado. Con perdón, pero todas las elecciones han sido elecciones de estado. Una buena parte de las campañas están sostenidas por los logros de funcionarios políticamente afines. En todos los casos se ofrece continuidad en esos logros. El problema está en demostrar que esos logros son reales y no productos mediatizados.

Lo que sigue, por lo visto, es el germen de la sedición. Ya hay una campaña de insultos contra los 33 millones de mexicanos que votaron a favor de Sheinbaum. Otros hacen largas explicaciones de lo que suponen una elección de estado, explicaciones que el lector no puede confirmar. Marko Cortés denuncia una abrumadora falla en el INE, sí, ese INE que no hace mucho no quería que se tocara. Supongo que se olvida que habrá un conteo de actas, y que, además, el INE debe responder individualmente ante la denuncia de cada casilla impugnada. Expresarlo “con seriedad” públicamente y en los términos en que lo hizo, encaja perfectamente con el reiterado llamado en las redes a la “resistencia”. El PAN de Marko (suyo de él, de nadie más), el partido del frente cardiaco menos vapuleado en estas elecciones, debe ser quien apunte a lo que muy probablemente va a seguir: las movilizaciones rosas, ahora seguramente con la consigna de “el voto no se toca”. El problema es que ya hay un reconocimiento expreso y tácito, nacional e internacional, al triunfo de Claudia Sheinbaum, lo que lateralmente implica el reconocimiento a todo el proceso electoral. Lo que plantean las redes sociales, ahora con el banderazo de salida de Marko Cortés, se trata de una campaña masiva y exhaustiva de esa pretenciosa derecha, ya con tintes claros de ultraderecha. Y como todo en estas lides políticas, la pregunta es, ¿quién pagará los gastos? O mejor, ¿Cerrarán Reforma y se plantarán en la avenida? Digo, por si paso por ahí procurar ponerme mis mejores garritas, no vaya a terminar apedreado, con diamantes por supuesto; o llevarme a casa un precioso ramillete de mentadas de madre.

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// José Francisco Villarreal

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Autor: stafflostubos
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