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Ismaíl Kadaré: escritos de luz

En ‘El firmán de la ceguera’, un Estado vigilante toma el lugar de los ojos de sus súbditos para imponerles qué, cómo y cuándo ver.

Ismaíl Kadaré publicó en 1984 su novela Qorrfermani (literalmente “Estás ciego”, en albanés) y diez años después, en 1994, la editorial Anaya & Mario Muchnik la tradujo como El firmán de la ceguera, una de las historias más brutales y kafkianas de quien ha sido llamado el “Prometeo de los Balcanes”.

La anécdota de esa pequeña obra maestra está ambientada en el imperio otomano del siglo XIX y, a partir de la superstición del mal de ojo, Kadaré construye una parábola sobre los sistemas totalitarios, donde todos los súbditos de un gobernante terminan ciegos ante un decreto (firmán) que impone la pena de perder los ojos a aquellos acusados, sospechosos o confesos de echar el mal de ojo al prójimo.

Al final, cuando toda la población ha quedado ciega debido al absurdo decreto estatal, el gobernante, ese Estado vigilante, toma el lugar de los ojos de sus súbditos para imponerles qué, cómo y cuándo ver.

Ese mismo año de 1994, asilado en Francia y gestándose la guerra de Kosovo (1998-1999), Kadaré escribía un libro poco reseñado de una vasta obra que le ha valido premios como el Príncipe de Asturias en 2009 o la primera edición del Booker Internacional en 2005 (por encima de Nobeles como Gabriel García Márquez, Günter Grass, Doris Lessing, Kenzaburo Oe, Saul Bellow o Naguib Mahfouz).

Albanie. Visage des Balkans. Écrits de lumière —(Albania. Rostro de los Balcanes. Escritos de luz (Arthaud, 1995)— es el volumen con el que Kadaré narra la epopeya de la dinastía de los fotógrafos de Albania: Pjetër, Kel y Gegë Marubi, que retrataron al país de 1858 a 1940, hasta que apagaron sus ojos.

En ese lejano 1858, el exiliado italiano y partidario de Garibaldi, Pietro Marubi huye a lo que hoy es Albania, donde instala en la ciudad de Shkodra, al norte del país, el primer estudio fotográfico de esa provincia del imperio otomano, al que bautiza justamente con el poético nombre de “Escritos de luz”.

Marubi se integra de inmediato a su nueva patria, se cambia el nombre a Pjetër Marubi, y se convierte en testigo privilegiado de una sociedad multiétnica y multirreligiosa, aunque bajo un gobierno islámico que prohibía la representación del hombre y más todavía por medio del recién nacido arte fotográfico.

Kadaré aprovecha la narración de la historia de los Marubi —Pjetër Marubi heredó no sólo su estudio sino también su apellido a los hermanos Mati y Kel Kodheli y al hijo de éste Gegë, sus asistentes— para contar la historia de Shkodra, cuyos orígenes se remontan incluso a la época del imperio romano.

“La ciudad de Shkodra, omnipresente entre las imágenes de la fototeca, era, junto con Durrës, una de las más antiguas ciudades de Albania. Casi contemporánea de Roma, fue durante un largo periodo la capital del reino de Iliria. Su vida, su historia, estuvieron ligados a menudo a la ciudadela de Rozafa, una de las más antiguas del mundo, cuyos muros pueden verse aún hoy. Aquí, en uno de sus salones, la orgullosa reina Teuta ordenó la ejecución del embajador de Roma quien, durante una entrevista, la había ofendido en estos términos: ‘Roma le enseñará sus leyes’. Así comenzó la guerra de Iliria, Bellum Illyricum, que duró mucho tiempo hasta la ocupación romana del territorio ilírico”, escribe.

Fiel a su literatura política y patriota, el escritor albanés, quien murió el pasado 1 de julio en Tirana, a los 88 años, hace de su ensayo Los Marubi, aedos de la fotografía, una épica sobre la historia albanesa.

Ya el mismo título ensalza a la dinastía de fotógrafos, al compararlos a los cantores poetas homéricos.

“A mitad del siglo pasado, en la ciudad de Shkodra, ubicada en Albania septentrional, ocurrió un incidente increíble. Pjetër Marubi, habitante de dicha ciudad, se declaró fotógrafo y, además, instaló un estudio que llamó con un término fraguado por la circunstancia: dritëshkronja, ‘escritos de luz’”, escribe Kadaré al inicio de su ensayo histórico sobre la dinastía, el pueblo y la cultura de esa región.

“Fue excepcional, incluso para Shkodra, donde los prodigios eran muy raros, aunque era una de las ciudades más ilustradas de la península balcánica, debido a dos motivos. En primer lugar, Shkodra, como todo el resto de Albania, era parte del imperio otomano donde la representación de los hombres seguía siendo tradicionalmente prohibida; y donde sus fotografías, en consecuencia, lo estaban aún más. Shkodra, en segundo lugar, se encontraba en una región auténticamente épica. Allá en las montañas, y más lejos todavía, en los Alpes del Norte, cantos y leyendas de inspiración homérica tomaban vida y su intenso resplandor ocultaba el crepúsculo esperado”, agrega el intelectual albanés.

“Así pues, el arte más joven del mundo, la fotografía, hizo su aparición sobre un territorio muy antiguo, en un sitio sin duda único en el mundo donde una poesía homérica todavía se elaboraba”, destaca.

Portada de 'Albanie. Visage des Balkans. Écrits de lumière'. (Arthaud)
Portada de ‘Albanie. Visage des Balkans. Écrits de lumière’. (Arthaud)

El autor de El general del ejército muerto, El palacio de los sueños y Tres cantos fúnebres por Kosovo advierte en el arte fotográfico de los Marubi un magnetismo secreto, al borde de lo misterioso, profundo, casi cosmogónico, en las impresiones tomadas lo mismo a seres anónimos que a poderosos.

La primera fotografía de Pjetër Marubi y, en los hechos la primera fotografía tomada en el territorio que hoy es Albania, fue el retrato de un héroe albanés, Hamze Kazazi, en 1858. El exiliado italiano también realizó autorretratos, igual que sus discípulos y herederos, Kel y Gegë, quienes solían retratarse con sus amigos, como se muestra en varias imágenes del libro publicado en francés por Arthaud en 1995.

Sorprenden también las numerosas fotografías de mujeres, muchas simples campesinas o montañesas, en atuendos tradicionales de la población católica; incluso Kel Marubi entre 1900 y 1919 retrató a un hombre travestido de mujer católica. Él mismo es el autor de la imagen del entierro de un cura católico.

Kel, cuyo apellido original era Kodheli, había reemplazado a su hermano Mati, quien murió joven, como asistente de Pjetër Marubi; ellos fueron la segunda generación de la dinastía y el hijo de Kel, Gegë, la tercera. Kadaré subraya el extraordinario caso de que a la muerte del maestro, Kel no haya puesto a su nombre el estudio, sino que, al contrario, haya asumido el apellido del mentor fallecido.

Su hijo hizo lo mismo. Aunque él ya estudió en la década de los veinte formalmente en París en la primera escuela de fotografía y cine fundada por los hermanos Lumière. Kadaré hace notar que el último de los Murabi jamás fotografió la dictadura comunista y dejó de tomar fotos en 1940. Murió en 1984, justo cuando el escritor albanés publicada su novela El firmán de la ceguera (Qorrfermani).

“De este modo, esta pasión por la fotografía permitió unir tres generaciones. Pero, hizo otra cosa, más allá de las convenciones: en esas tierras albanesas donde los lazos de sangre y la pertenencia a un clan revisten carácter sagrado, unió al clan albanés de los Kodheli con la familia de los Marubi, venida a Shkodra del extranjero, sin duda Italia”, apunta el escritor nacido en Gjirokastra el 28 de enero de 1936.

Los Marubi tomaron fotos de casi un siglo de historia albanesa. Pjetër fotografió los principales acontecimientos de la historia nacional del país, sus imágenes fueron publicadas en revistas de Italia, Gran Bretaña y Francia. Kel, a partir de la muerte en 1904 de su mentor, reconocido su talento en Europa, se enfocó en establecer una intimidad estrecha y una transparencia completa entre el hombre y su ambiente natural. Y trabajaba igual de bien en los palacios que en las chozas, escribe de él Kadaré.

“Los Marubi fotografiaron el nuevo Estado albanés apenas formado, que se transformaba en república, en reino y a veces en caos; ellos fotografiaron a miles de montañeses, a damas y señoritas de sociedad, a enfermos en los pasillos de los hospitales, a los propietarios, a las fábricas de triste aspecto, los cafés, lugares de reunión de los escritores de época, los caminos, los aventureros, los muertos, los locos.

“En medio de esto, ellos buscaban, parece, pintar un retrato completo del mundo, los sueños de poetas y de narradores desde que el hombre inventó la escritura”, apunta el más célebre intelectual albanés.

Kadaré subraya que de los Marubi, gracias a la labor de conservación que hizo Gegë hasta su muerte en 1984, la fototeca de Shkodra custodia alrededor de 100 mil negativos, la gran mayoría en placas de vidrio, tesoro único en Europa, tanto por su calidad como por su importancia numérica y su antigüedad.

Y fue Gegë quien simplemente en los años 40 dejó la fotografía, con la llegada en 1944 al poder del dictador comunista Enver Hoxha, que irónicamente murió un año después que el último de los Marubi.

“Y he aquí que bruscamente los Marubi, de quienes se tenía todas las razones del mundo para pensar que nada podría quitarles su pasión, dejaron, al principio de la década de los cuarenta, de fotografiar. Después de un siglo de observación minuciosa del mundo, los Marubi se encontraron como privados de vista. La dictadura comunista venía de ser instaurada. El telón había caído para todos.

“El último de los Marubi se extinguió un año antes que el dictador comunista. No dio nunca alguna explicación sobre su retiro anticipado. Era inútil. La oscuridad total que se apoderó de su estudio es ya, por sí misma, bastante elocuente”, concluyó sobre esta dinastía el autor de El firmán de la ceguera.

Imagen Portada: MILENIO.

Fuente:

// Con información de MILENIO

Vía / Autor:

// José Juan de Ávila

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Autor: lostubos
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