Leonardo Padura (La Habana, 1955) confesó que antes de ser reconocido como escritor, buscó y realizó estrategias de supervivencia, como todos los que viven en Cuba.
“En esos primeros años yo fabricaba vino y lo vendía. Metía las uvas en un frasco grande de vidrio, le echábamos agua, levadura y lo tapábamos durante 45 días y lo que salía de ahí uno se lo tomaba (risas) y llegué a tener clientes; mientras que Lucía (su esposa) cortaba el cabello en una peluquería clandestina y nos la vimos muy jodida y no sé qué hubiera pasado si no hubiera llegado el premio de España”, dijo el reconocido autor en el conversatorio “La Habana, Trotsky y otras cosas” en la UNAM, en el Centro Cultural Universitario (CCU); señala MILENIO.
“Lo que sí puedo decir es que en esos años más difíciles yo trabajé como un loco para no volverme loco, y esa fue la salvación; escribí tres novelas, un libro sobre Alejo Carpentier de 600 páginas, guiones de cine, antologías… Trabajé muchísimo porque era la manera de mantener la cordura. Creo que nunca he leído y escrito tanto como en esos años. Al final, creo que el trabajo, a veces, da recompensas”, agregó.
En un momento de la charla, el autor habló de cómo se convirtió en un escritor independiente.
“En Cuba, los escritores y artistas en general tenían que estar vinculados a alguna empresa o a un centro laboral hasta el año 1996. Yo era el jefe de redacción de la Gaceta de Cuba y ya estaba harto de trabajar ahí; les hablo de que era 1995 y cada edición era una pelea muy difícil y yo quería todo el tiempo para escribir”.
Pero un año después, en Cuba se aprueba la condición laboral del artista independiente, con el objetivo de que pagaran impuestos.
“A partir de ese momento yo no tenía trabajo, y en la casa, Lucía y yo teníamos para sobrevivir 400 dólares hasta que Dios proveyera, y eso a veces es verdad, aunque no lo crean (risas). Yo había mandado una novela a un premio en España que daba el fallo en septiembre, no tenía correo electrónico ni teléfono y llegó diciembre y nada. Yo lo daba por perdido, pero en enero me llama mi vecina de enfrente, a las seis de la mañana de Cuba; cruce en pijama, se me caía, estaba tan flaco que así era (risas). Era una llamada de España y me dicen que he ganado el premio de novela Café Gijón, 16 mil dólares, mucho dinero. Dos meses después me habla la directora de Tusquets Editores que quieren publicar Máscaras y a partir de ahí, comienzo realmente a tener una vida de escritor independiente”.
En este momento, Leonardo Padura se puso serio y afirmó que “esto que voy a decir es muy importante: el hecho de terminar mis libros y apretar una tecla y que ese libro salga directamente de mi computadora a la computadora de mis editores en Barcelona me dio independencia, me dio libertad, no tiene que pasar por ningún filtro institucional cubano; los niveles de autocensura que yo me aplico son de autocensura ética. Creo que todos los artistas y especialmente los escritores debemos de tener límites éticos. El ejercicio de mi libertad no puede ser agresivo con la libertad de los otros, es el límite que yo le veo a la creación literaria, como Trotsky obligó a Diego Rivera y André Breton a poner en el manifiesto de 1938: ‘Para el arte tiene que ser toda la libertad’ y creo que sí, sin libertad, es muy difícil poder hacer arte verdadero”.
Leonardo Padura continúa su gira por México, donde presentó su novela Ir a la Habana y celebró 15 años de su libro El hombre que amaba a los perros.
En una conversación con la escritora Rosa Beltrán, coordinadora de Difusión Cultural UNAM, Padura habló de todo: cómo entró a la carrera de letras por pura casualidad y cómo comenzó a escribir, por puro espíritu competitivo al ver que otros colegas lo hacían.
“Yo pertenezco a una generación muy privilegiada. En mi época de universidad los escritores de moda, es decir, los Ken Follett o Harry Potter, se llamaban: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, imagínense el privilegio, y era algo obligatorio porque si no habíamos leído Rayuela no podías ligar, era así, pero también fue una época de mucha represión en Cuba”.
Padura también habló de León Trotsky y de Ramón Mercader, un fantasma que entró en la historia porque fue el asesino de Trotsky.
“Yo necesitaba que todo esto conectará con el presente y lo encontré, porque Mercader vivió en la misma época que yo en Cuba y me pudo tocar la espalda; eso me conmovió mucho y por eso hay un joven escritor cubano que lo conoce sin saber quién es él. Penso que Iván Cárdenas pude haber sido yo y lo escribí porque la experiencia de vivir en un país socialista no se aprende en un libro de texto”.
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En su momento, Padura dijo que conoció a una bisnieta de Trotsky, quien le envió El hombre que amaba a los perros a una persona en Moscú para que la tradujera en ruso.
“No se ha publicado en ese idioma, pero le devolvieron la novela; parece que saben y no les gusta mucho todavía, pero en Cuba circuló sin problemas en ediciones de tres mil ejemplares”.
Durante una hora el escritor conversó de distintos temas hasta que terminó con lo que él llamó una agresión que se vive en Cuba.
“Una agresión sonora que se llama el reguetón (risas). Ahora todos tienen un teléfono y cualquiera se compra una bocinita y la van regalando al mundo el reguetón que ellos quieren oír y que dice tranquilamente: ‘Te la meto por delante, te la meto por detrás, te la meto en la cocina, te la meto en el balcón y tú eres un maricón’. El Bebeshito es el artista cubano más seguido en el mundo, lo vas oyendo por la calle. Del cine de Akira Kurosawa, de leer a Cortázar y emborracharme con Palinuro de Fernando del Paso, al Bebeshito, ¡por Dios, lo que he pasado!, es tremendo (risas)”.
Al final, Leonardo Padura agradeció a la UNAM y fue despedido con aplausos y gritos, entre ellos, con el famoso Goya de la institución a la que el escritor le tiene mucho cariño. El sábado 1 de marzo, TV UNAM retransmitirá la charla con el escritor.
Imagen portada: Barry Domínguez / MILENIO