Por Francisco Villarreal
Hace años, creo que fue por medio del excelente artesano, artista y chef Raymundo Uviña, que conocí a “Asterix El Galo”, de Uderzo y Goscinny. Como apunte curioso, recuerdo alguna vez que Raymundo nos preparó, a Gerardo Dávila y a mí, postrados por la cruda, un café delicioso inexplicablemente logrado con sólo unos lamentables polvos de café instantáneo. Volviendo al tema, Asterix se convirtió en mi historieta favorita de la que ya tengo toda la colección. Si bien la irreductible aldea gala de Asterix siempre aporreaba a los invasores romanos, la historia demuestra que no fue así y que los galos fueron asimilados o expulsados por los romanos y por invasiones de tribus germánicas. Durante años, ocasionalmente, hurgué en la historia para encontrar alguna razón de la tirria romana contra los galos. Aunque siempre tuve el antecedente, no había notado que sí hubo posible razón, y que no fue tanto por una derrota sino por una humillación, algo intolerable para una cultura expansionista: la caída de Roma en manos de los “bárbaros” galos de la tribu de los senones. No, estos galos no eran transgénero ni padecían exceso de estrógenos, se llamaban así tal vez porque también ocuparon la actual región francesa de Sens. Por allá del siglo IV antes de Cristo, los senones, liderados por un tal Breno, tomaron la ciudad de Roma y los romanos tuvieron que “comprar” la paz por la módica suma de mil libras de oro, barato porque Roma no tenía centrales eléctricas ni minas de “tierras raras”. Se cuenta que a la hora de pesar el pago, el general romano Quinto Sulpicio se quejó de que la báscula estaba “amañada”. Breno respondió añadiendo el peso de su espada al cobro y dijo: “Vae victis”, es decir, “¡Ay de los vencidos!”. Es imposible recordar este episodio histórico y no relacionarlo con las demandas de Volodimir Zelenski a la dupla Trump-Putin. ¡Vae victis, Volodimir!
Los intentos de acuerdos entre Estados Unidos y Rusia para lograr la paz en Ucrania están mal consignados. Las llamadas entre Trump y Putin no son acuerdos para la paz sino de negocios. Así se plasmarán en Arabia Saudita o donde se reúnan a pactar. Así se explica por qué Ucrania no participa, además de que Volodimir no está interesado en la paz sino en salvar su pellejo y mantenerse en el poder el mayor tiempo posible. Paz en Ucrania significa elecciones, un tiro de gracia al dictadorzuelo ucraniano que apuesta por la guerra. Basta ver que mientras Putin mantiene el cese al fuego parcial y selectivo, pero igual de letal, Volodimir recrudece sus ataques en territorio ruso. ¿La Unión Europea apoya a Ucrania? Sí, pero están hechos un camote con su propia urgencia, porque con sorpresa descubren que Estados Unidos nunca fue un aliado sino siempre una amenaza. La Unión Europea apuesta por continuar la guerra, y Zelenski juega con esa expectativa con un discurso que se resume en una frase mítica: “Sí, pero no”. Curioso que Zelenski esté siendo más alentado militarmente por Gran Bretaña, un país no europeo (recordemos el Brexit) aunque sí miembro de la OTAN, y por Francia. En tanto, Trump aumenta su extorsión contra Ucrania, contra Zelenski en particular, buscando apoderarse no sólo de la minería de “tierras raras”, ahora también de la infraestructura energética. Zelenski se da a desear, pero vive una paradoja porque en la paz de negocios de Trump-Putin, no hay lugar para la paz de soberanía. En pocas palabras, Zelenski está poniendo en subasta a toda Ucrania. A estas alturas, la paz podría significar el dominio de Trump (no de Estados Unidos) en Ucrania, excepto el Donbás, que pudo ser comunidades autónomas de Ucrania o estados independientes (Acuerdos de Minsk y referéndums de 2014), pero ahora Rusia tendría que asumir algo que no hubiera querido: asimilar el Donbás a la Federación Rusa. Es decir, acercarse más a las peligrosas y volátiles fronteras con la OTAN. Asumámoslo de una vez, la guerra en Ucrania no la inició Rusia sino el expansionismo de la OTAN y el filofascismo de Kiev contra el Donbás. Putin, oportunista y astuto, sólo encontró el nido de la gallina y recoge los huevos. Rusia no necesita colonizar Europa sino poner una trinchera contra la OTAN.
Por su cuenta, Trump, el arcángel de la paz y la democracia, cocina imponer antecedentes muy peligrosos para todos los países, especialmente para los democráticos. No sólo está operando en Ucrania, Medio Oriente e Iberoamérica, también lo hace en Estados Unidos. Mientras aboga por su “paz de Breno” en Ucrania, ataca Yemen, incluso objetivos civiles, y presiona para causar un conflicto con Irán que involucre a la franquicia militar de Estados Unidos: Israel. La guerra comercial tan cantada encubre peores objetivos. Dentro de Estados Unidos, está desmantelando instituciones vitales para la salud, economía, seguridad y bienestar en general de los estadounidenses. Está jugando mañosamente con las leyes y amenazando a su único obstáculo: el Poder Judicial estadounidense. Además, Trump no sólo “adora” la palabra “aranceles”, también otra, “terrorismo”. Ya no sólo ve “terroristas” en cárteles narcotraficantes extranjeros, también a cualquier tipo de opositor a su locura fascista y los intereses de su compadre Elon Musk. Así declara “terroristas” a quienes “vandalicen” los vehículos e instalaciones del vándalo Musk, y si no los bautiza abiertamente, sí trata como tales a cualquier extranjero que se haya expresado contra él, agentes de migración y aduanas los tratan como criminales y los expulsan del país. A la fecha, Canadá, Gran Bretaña y Alemania ya advirtieron a viajeros que pretendan ir a Estados Unidos. No por la delincuencia, como hace regularmente Estados Unidos sobre México, advierten contra el gobierno estadounidense, es decir, la delincuencia organizada institucionalizada desde el gobierno de Trump, el cártel más poderoso del mundo.
¿En qué nos afecta todo esto? Pues los acuerdos entre Trump y Putin, que tendrán qué incluir la expansión territorial de Rusia, si es aceptada por todo el mundo, autoriza también los objetivos expansivos de Trump respecto a Canadá, Groenlandia y Panamá. México no es un objetivo expreso, pero sí tácito. Desde México, “casualmente”, la traición agita su larga cola apoyando los mañosos argumentos de Trump. No debemos perder de vista que, de nuevo, la vapuleada oposición al gobierno mexicano, intenta reposicionar el término “narcogobierno”, e intentan dimensionar un tema de seguridad interna como una amenaza mundial. Si hubiese colusión entre el gobierno federal y los narcos, los cárteles bajarían su perfil y los medios autocensurarían su cobertura de la violencia… ¿recuerdan la “Iniciativa México 2011”? El espectáculo de senadores coreando su “narcocorrido” en plena sesión no es para los mexicanos, sino para torcer la opinión mundial. Los columnistas y medios respondieron a sus oscuros titiriteros y resucitan los “campos de exterminio” del nazismo en el papel con la evidente intención de dañar la imagen del gobierno federal y especialmente de la presidenta Sheinbaum. Ni la oposición panista, priista o emecista, ni muchos medios, ni los renombrados columnistas de nuevo frenéticos, tienen cara y lengua para denunciar lo que en su momento impusieron o soslayaron, incluso antes del narcogobierno del entonces panista Felipe Calderón Hinojosa, el verdadero narcogobierno. Ya no sorprende que esos medios y opinócratas critiquen hoy lo que otrora justificaron. En cualquier caso, si hay o no infiltración del crimen organizado en algún orden del gobierno mexicano es un asunto de seguridad interna. No olvidemos que Estados Unidos, a través de la DEA, no sólo infiltró, también usó y apoyó a los cárteles mexicanos.
Ceterum censeo: Casi no salgo de casa, así que no tengo que verme “bien” para que me vean bien. Así pasan días hasta que decido rasurarme. Como están hoy las cosas, sí debo poner mis barbas a remojar, y eso deberíamos hacer todos. Ahora que vuelve la moda de muchos filofascistas panistas por “narcobautizar” hasta la Cuaresma, una invitación para que los alucinados “magas” de Trump reaccionen “piadosamente” y promuevan una cruzada para “salvarnos” del azote criminal y, de paso, desmantelar también nuestra democracia. Dado el desprecio racial que manifiesta el amado líder de los “magas” contra todos los nativos más allá de su frontera sur, el “desmantelamiento” sería peor del que ya impone a los estadounidenses. Ni siquiera nos consideraría otro “estado”, como a Canadá. Seríamos no más que el traspatio del feudo medieval en el que está convirtiendo a Estados Unidos. Coincido con lo que dijo antes Andrés Manuel López Obrador, y lo que sugirió un legislador francés: Estados Unidos no merece conservar la Estatua de la Libertad, que además de celebrar la libertad, fue también un símbolo para los inmigrantes. Hoy es sólo una mona enorme e inútil. Como obra de arte vale; pero como emblema de la Libertad, ofende al Arte y a la Libertad.