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El Algoritmo del Poder: De la Fuerza Física a la Supremacía Artificial

Por Carlos Chavarría Garza

Ya se irá revelando más información para aquilatar en todo su peso y dimensión geopolítica los eventos alrededor de Venezuela, que son un etapa más del reacomodo del mundo y sus hegemonías de todo tipo.

Se ha teorizado profundamente sobre el poder y ha corrido mucha tinta sobre el tema desde muy diferentes enfoques, pero lo más sencillo es observarlo como parte del mismo proceso evolucionario de la civilización y todos sus aparatos creados para la convivencia.  Esta reflexión trata de aproximar cómo es que se ejercerá en un entorno humano dominado por la IA.

Las pulsiones del poder activo real han creado y marcado la evolución de la civilización y en cuanto tales el poder no desaparecerá, podrá cambiar de narrativas, que siempre será las apropiadas para conducir los acontecimientos y fenómenos en función de quien controla la fracción mayor del poder mismo, pero la geometría del poder no cambiara..

Para Foucault, “el poder es productivo; no solo prohíbe, sino que produce realidades, saberes y formas de identidad”. En el contexto de 2026, sus ideas ayudaran a entender que hasta ahora el poder era humano, ejercido por seres humanos,  a desmenuzar cómo el control se ha desplazado de las fábricas y campos de batalla ideológicos, a las redes de datos y la vigilancia biométrica.

La historia de la humanidad ha sido la historia de quién controla los recursos: la tierra, el vapor, el petróleo y, finalmente, la información. Sin embargo, lo que atestiguaremos en 2026 no es solo una transición de recursos, sino una mutación de la autoridad. Mientras que el poder tradicional se aferra al control de las instituciones y la fuerza física, el poder en la era de la IA se ejerce de manera invisible y predictiva. 

Como señala Shoshana Zuboff (2019), hemos transitado hacia un «poder instrumental» que no busca la obediencia mediante el terror, sino la modificación del comportamiento a través de una arquitectura digital omnipresente.

El poder global ya no se mide únicamente en ojivas nucleares, sino en la «pila tecnológica»: hardware (chips), datos y algoritmos. En este escenario de «tecnopolarismo», las empresas tecnológicas han comenzado a actuar como actores soberanos con tanto o más peso que los estados nacionales (Bremmer, 2022). 

Las superpotencias han adoptado estrategias divergentes: Estados Unidos mediante una carrera desenfrenada hacia la Inteligencia Artificial General (IAG), China a través de una integración de la IA que Kai-Fu Lee (2018) describe como un ecosistema de datos masivos diseñado para el control social y militar, y la Unión Europea intentando actuar como el árbitro ético del mundo.

En respuesta, las naciones medianas deben buscar la «Soberanía de IA». Saben que depender de modelos extranjeros es entregar su cultura a una «caja negra» ajena. La creación de Modelos de Lenguaje Nacionales se convierte en la nueva herramienta de resistencia; es la respuesta necesaria ante lo que algunos teóricos llaman el «colonialismo de datos», donde las periferias proveen la materia prima para que los centros de poder procesen el conocimiento.

La agresión física ha dejado de ser exclusivamente humana. La integración de la IA en el armamento —desde perros robot hasta enjambres de drones— ha eliminado la duda del campo de batalla. Esta «dromología» o lógica de la velocidad extrema aplicada a la guerra (Virilio, 2006), permite que el poder se ejerza con precisión quirúrgica pero con una frialdad deshumanizada. Según Grégoire Chamayou (2016), el uso de sistemas autónomos permite al soberano ejercer violencia sin riesgo político, diluyendo la responsabilidad de una muerte en líneas de código.

Uno de los puntos más críticos es la democratización de estas herramientas. La IA no tiene moral y, en manos de grupos narcoterroristas, se convierte en un multiplicador de fuerza. Los cárteles ya no solo compiten con armas, sino con drones autónomos y lavado de dinero automatizado. Esto ha forzado a las policías a entrar en una guerra de «IA contra IA». Es aquí donde el pensamiento de Evgeny Morozov (2013) resulta vital: el autor advierte sobre la patología del «solucionismo tecnológico», la creencia errónea de que todos los problemas sociales —incluida la criminalidad— tienen una solución técnica.

Al adoptar esta postura, los Estados corren el riesgo de simplificar problemas profundamente políticos y económicos en simples fallos de «procesamiento de datos». Para Morozov, este enfoque no solo es ineficaz, sino que erosiona la democracia al reemplazar el debate público y las reformas estructurales por algoritmos de vigilancia que solo «gestionan» el síntoma sin curar la enfermedad. En lugar de fortalecer las instituciones, el Estado termina subcontratando su soberanía a infraestructuras tecnológicas privadas que no rinden cuentas a nadie.

En nuestra región, el despliegue de la IA es una espada de doble filo. Mientras algunos estados adoptan biometría masiva, la falta de transparencia plantea el riesgo de un autoritarismo digital. La brecha tecnológica entre grupos criminales hiper-financiados y Estados burocráticos crea una vulnerabilidad donde la soberanía del ciudadano es la más afectada. El reto del siglo XXI no será solo quién gobierna, sino quién programa las reglas del sistema que nos gobierna a todos.

Referencias Bibliográficas

  • Bremmer, I. (2022). The Power of Crisis: How Three Threats – and Our Response – Will Change the World. Simon & Schuster.
  • Chamayou, G. (2016). Teoría del dron. Debate.
  • Lee, K.-F. (2018). AI Superpowers: China, Silicon Valley, and the New World Order. Houghton Mifflin Harcourt.
  • Morozov, E. (2013). La locura del solucionismo tecnológico. Katz Editores.
  • Virilio, P. (2006). Velocidad y política. La Marca Editora.
  • Zuboff, S. (2019). La era del capitalismo de vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Paidós.

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarría Garza

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Autor: lostubos
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