Noticias en Monterrey

Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

Maduro no cayó de Maduro

Por Francisco Villarreal

No me gusta enojarme de oquis. Es posible que sea más insano mantener la fachada de un enojo que dejar que nos invada. La insensatez de un desplante de furia se explica por ella misma; la ira impostada se exhibe a sí misma como falsa sistematizando sus reacciones. Nadie en su sano juicio puede creer ni enojo, ni furia, ni ira, ni indignación siquiera, al demente que dirige el gobierno de Estados Unidos. Su alarde por la detención de un presidente iberoamericano quiere justificarse en una indignación por afrentas que sólo existen en su cabeza. Si creemos aquello de que en pocos meses presume de haber superado ¡tres exámenes cognitivos!, debemos concluir que su cabeza no funciona bien. Recordemos que esos exámenes son hasta ridículos para una persona medianamente en su sano juicio, y que se prescriben precisamente cuando se tienen sospechas fundadas de deterioro cognitivo. A más exámenes y más frecuentes, más sospechas; a más sospechas, menos dudas y más certezas.

No sé si hubo alguno que se sorprendió de que Trump anunciara un ataque exitoso contra Venezuela, a todas luces ilegal según leyes y tratados internacionales, y según las leyes de Estados Unidos y de Venezuela. Era de esperar esto, y puede esperarse todavía más. Ese caos bestial que es su cabeza naranja es capaz de cualquier cosa. Si antes había dudas, hoy todos podemos estar seguros que ningún país, ni siquiera Estados Unidos, está a salvo de este cretino a quien hasta el propio Hitler podría dar clases de diplomacia. Ningún individuo, de cualquier clase social, está a salvo de la amenaza mortal de Trump y su camarilla, ni siquiera los estadounidenses. Ha fallado el muro de contención que se quiso poner al odio después de la amarga experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Odio, voracidad, avaricia, insidia, mentira, violencia… esas son las virtudes cardinales del gobierno que hoy rige a los Estados Unidos.

Admitamos que Nicolás Maduro es un dictador. Así se ve desde la distancia cómoda de los titulares y haciendo comparaciones chaparras con nuestro entorno. Si en verdad lo es, no creo que sea el “dictador” que nos describe Corina Machado, una ultraderechista a la que Trump sorpresivamente rebasó por la derecha, ninguneó y exilió de un gobierno que él pretende imponer. No sé si los venezolanos, en Venezuela, estén festejando la captura de Nicolás Maduro y el asesinato de al menos 40 venezolanos; creo que ningún venezolano tiene motivos para festejar la captura de su presidente, ni siquiera los opositores al chavismo; sólo a través del lente de los autoexiliados, más afines a la ultraderecha apátrida que a la verdadera oposición venezolana, se le puede ver un lado “positivo” a esta agresión… No, Corina Machado no representa a una mayoría, es un panfleto. No se trata de un acto de “justicia” donde, inmoral e ilegalmente, se usa a militares para una acción policiaca. Se trata de un ataque en toda forma, de un atentado a la soberanía de Venezuela, de una amenaza todos los países americanos, sean o no aliados o súbditos de Trump. Ha dejado claro que sus objetivos incluyen, como ya lo ha demostrado con sus críticos y opositores estadounidenses, a cualquier país que obstaculice su voracidad.

Antes de especular más sobre el cisma democrático y la cínica avanzada fascista en América Latina, habrá que voltear hacia el resto del mundo. Con esta declaración de guerra MUNDIAL, que no puede llamarse de otra manera, Trump lanza un reto a otros países, especialmente a Rusia y China. Apuesta por tener entretenidas a las potencias rivales; una en Ucrania, la otra en Taiwán. Desprecia olímpicamente a la Unión Europea, ablandada por su política comercial, distraída en el conflicto ucraniano que, recordemos, es de origen y factura estadounidense. Alarma seriamente a Panamá, Canadá y Dinamarca. El mundo ha demostrado su incapacidad para el diálogo, su incompetencia para frenar la injusticia, su perjurio ante leyes y tratados internacionales que, de cumplirse, no asegurarían la paz pero frenarían la violencia. La ONU está en el triste papel de su ancestro, la extinta Liga de Naciones, que no pudo impedir la locura fascista de Hitler y tuvo que disolverse por inútil. La locura misma de Trump pone a prueba el temple de las naciones que deben decidir frente a dos rutas: la asociación productiva o la violencia genocida; el comercio o el despojo; la soberanía o el vasallaje. No hay matices en esta encrucijada. Por ahora, México apuesta a la coherencia diplomática con la Doctrina Estrada; institucional, firme, aunque en estas circunstancias puede parecer tibia. Creo que la doctora Sheinbaum y el Senado tienen bastante claro que Donald J. Trump es una espada de Damócles sobre México, y lo ha sido desde su primer mandato. La respuesta oficial mexicana al ataque a la soberanía venezolana y el secuestro de su presidente, podrá ser tibia pero es valiente, porque se da en medio de la amenaza abiertamente declarada por Trump contra otros países de América, incluido México.

Y aquí habría que considerar las posturas que han tomado los mexicanos ante este atentado. Hasta ahora se habían mantenido relativamente calmas las aguas frente a la persecución trumpista contra inmigrantes, tampoco hubo posicionamientos rotundos de la “vox populi” ante el asesinato de lancheros y el robo de barcos perpetrados por militares estadounidenses. Ahora, con el secuestro de Maduro y su esposa, surgen voces coreando a entidades políticas, como el PAN, que festejan la caída de Maduro, que no cayó de maduro ni representa la caída del chavismo. Es aberrante, por no decir vergonzoso que mexicanos celebren un acto tan repulsivo. Exponen abiertamente su estupidez sólo mirando el hecho, sin considerar ni causas ni consecuencias. Además es muy alarmante que existan mexicanos que festejen las acciones de Trump, más aún cuando están afiliados, así sea moralmente, a algún partido político. En pocas palabras, su agachismo ante Trump prefigura el único proyecto de país que ofrece la oposición derechista en México. Es decir: ningún país. ¿Un gobierno mexicano desde Mar-a-Lago?

Por lo pronto, todo indica que sólo hay dos maneras de detener esta locura trumpista. Una, que la fuerza desplegada por Trump se frene por una alianza de países y/o potencias, lo que no es agradable porque prefigura el mismo terrible escenario que el de la Segunda Guerra Mundial. La otra, la más adecuada, que sean los propios estadounidenses quienes pongan un alto a esa locura que ya no es MAGA, ni republicana, sino abiertamente fascista. Vaya mi más agrio desprecio a los mexicanos que celebran el ataque a Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, porque, con ello, asumen y prácticamente piden la misma medicina para México. A los autoexiliados venezolanos, sólo mi comprensión, después de todo ellos al menos sí son coherentes con su ideología, aunque no me guste. Venezuela también es su país, y es al pueblo venezolano a quien tienen que rendir cuentas. En cambio, los mexicanos apátridas no tienen ideología, ni decencia.

José Francisco Villarreal ejerció el periodismo noticioso y cultural desde los años 80. Fue guionista y jefe de información en Televisa Monterrey. Editó publicaciones y dirigió el área de noticias en Núcleo Radio Monterrey. Durante el neolítico cultural de Nuevo León, fue miembro del staff del suplemento cultural “Aquí Vamos”, de periódico “El Porvenir”; además fue becario de la segunda generación del Centro de Escritores de Nuevo León. Ha publicado dos poemarios: “Transgresiones” y “Odres Viejos”. Actualmente en retiro laboral, cuida palomas heridas y perros ancianos mientras reinventa la Casa de los Usher.

Fuente:

Vía / Autor:

// Francisco Villarreal

Etiquetas:

Compartir:

Autor: lostubos
Ver Más