Por José Jaime Ruiz

Hay periódicos que informan y hay periódicos que hacen trucos. Reforma lleva tiempo instalado en esta segunda vocación: la mano derecha ofrece el texto, correcto, atribuido, legalmente blindado; la izquierda ejecuta el movimiento real, la fotografía puesta donde duele. El lector cree que leyó una nota, en rigor, presenció un acto de ilusionismo editorial.
La crítica que formuló la presidenta Claudia Sheinbaum en la Mañanera del 5 de enero de 2026 no fue un arrebato ni una descalificación genérica a la prensa. Fue algo más incómodo: una disección pública del método. Del “método Reforma”. Eso que casi nunca se hace: explicar cómo se fabrica una narrativa sin escribirla.
Reforma usa el expediente contra Nicolás Maduro como ariete para golpear a la 4T. El caso es ejemplar desde el título mismo: “Salpica a México denuncia a Maduro”. El verbo no es casual: «Salpica». No acusa, no prueba, no afirma. «Salpica». Es perfecto: no compromete a nadie y, al mismo tiempo, ensucia a todos.
La información se apoya en una acusación del gobierno de Estados Unidos por hechos que habrían ocurrido entre 2006 y 2008, cuando Maduro era canciller de Hugo Chávez. Hasta ahí el dato duro. A partir de ahí, entra la magia, las fotografías. ¿A quién decidió mostrar Reforma ese domingo? A Andrés Manuel López Obrador. ¿A quién borró del encuadre? A Felipe Calderón, que era presidente de México en esos años. Y no, no es un descuido, no es un archivo mal rotulado. Sí, es tendencioso.

Las notas hablan de 2006, 2008, 2013. Las imágenes apuntan a otro sexenio. Calderón no cabe en la foto; López Obrador, sí. Porque el objetivo no es informar sobre un expediente estadounidense sino activar una asociación mental: México–Maduro–López Obrador–narco. El texto no lo dice, la imagen lo insinúa; Reforma no grita, susurra. Y el susurro, en orejas fanáticas, suele ser más eficaz. La pregunta que lanzó Sheinbaum fue devastadora por su simpleza: ¿qué tienen que ver las fotografías con la nota? Respuesta honesta: nada. Respuesta editorial: todo.
Ese es el truco. Blindar el cuerpo del texto para resistir cualquier reclamo jurídico y, al mismo tiempo, empujar el sentido político hacia la imagen, ese territorio donde no hay derecho de réplica ni fe de erratas que alcance. El lector no discute una foto, la absorbe. Por eso da casi lo mismo si la acusación estadounidense contra Maduro es cierta, exagerada o funcional a la geopolítica de Washington. El problema es otro: usar una denuncia extranjera como pretexto para una operación narrativa doméstica. “Salpica a México”, insiste el título, como si la salpicadura fuera un fenómeno natural y no una decisión editorial.

Ahí reaparece la consigna de siempre, reciclada hasta el desgaste: «México va hacia Venezuela». Reforma nunca la escribe, pero siempre la deja flotando. Para eso están las imágenes. Para eso están las asociaciones. Para eso está el silencio selectivo sobre Calderón.
No es casual que Sheinbaum defendiera la existencia de la Mañanera y de los medios alternativos. No porque sean infalibles —no lo son— sino porque rompen el monopolio del encuadre. Cuando unos cuantos medios dominan la agenda, también deciden cómo debe entenderse la realidad. Y cuando eso ocurre, la información deja de ser un derecho y se convierte en catecismo. De ahí el énfasis presidencial en el derecho de las audiencias, ahora incluido en la nueva Ley de Telecomunicaciones. No se trata de censurar —ese espantajo que Reforma agita con entusiasmo—, sino de recordar algo elemental: la manipulación también es una forma de violencia informativa, aunque venga envuelta en tipografía sobria y papel caro.
Conviene entonces traer a la mesa de la Mañanera la frase de Ryszard Kapuściński: “Los cínicos no sirven para este oficio”. El cinismo periodístico no consiste en criticar al poder, sino en fingir neutralidad mientras se opera políticamente. Decir “yo sólo informo” mientras se acomodan las imágenes para que el lector saque “la conclusión correcta”.
Reforma, propiedad de Alejandro Junco de la Vega, ha construido durante décadas una autoimagen de faro moral frente a la política mexicana. Pero los faros no alumbran cuando giran la luz a conveniencia. Y la autoridad ética no se hereda ni se imprime: se pierde cuando el medio actúa como actor político sin admitirlo. La Mañanera incomoda porque rompe el hechizo. Porque muestra el truco. Porque señala la mano que mueve la carta. No tanto por lo que dice, sino porque explica cómo se fabrica eso que otros llaman “información”.
Al final, la pregunta no es si Maduro es culpable o inocente. Tampoco si Estados Unidos tiene razón o intereses. La pregunta es más simple y más corrosiva: ¿puede un periódico usar imágenes de un sexenio para ilustrar hechos de otro y luego fingir que sólo estaba informando?
Cuando la fotografía suplanta al hecho, el periodismo deja de informar y empieza a operar. Y cuando empieza a operar, ya no juega a ser contrapeso: juega a otra cosa, cualquier cosa que inmoralmente asuma. Eso, exactamente eso, es lo que quedó al descubierto. Y por eso la reacción. Porque no hay nada que incomode más al ilusionista que alguien explique el truco frente al público.



