Por Carlos Chavarria Garza
La historia no se repite, se rima; pero en nuestra era, esa rima es cada vez más frenética y disonante. La realidad parece replicarse a sí misma en intervalos cada vez más cortos porque hemos caído en la trampa de las soluciones incompletas.
El ataque terrorista al Crocus City Hall en Moscú (22 de marzo de 2024), el recrudecimiento del conflicto en Gaza y el secuestro masivo de 66 personas en Culiacán, México (22 de marzo de 2024), no son eventos aislados, sino síntomas de un reacomodo geopolítico global donde el miedo ha vuelto a ser la divisa principal.
Estamos ante un fenómeno de fragmentación donde lo no resuelto está acortando los ciclos de estabilidad hasta casi hacerlos desaparecer. En este contexto, el miedo y el terror solo se distinguen por su magnitud y la publicidad de sus atrocidades; cuando al terror se le da una connotación política, se utiliza como una herramienta para forzar un cambio en la relación con el poder.
Foucault (1988) advertía que la violencia es una modalidad extrema de poder que implica abuso y negación de la libertad, y hoy esa violencia se ha vuelto la respuesta estándar ante la imprudencia de un orden global que impone condiciones sin resolver las reivindicaciones de fondo. Cada imposición social, económica o política mal gestionada deja un residuo que sirve de combustible para la siguiente explosión de violencia.
Esta aceleración de la tragedia revela una contradicción profunda en nuestra especie: una asincronía del progreso. Mientras la humanidad muestra avances sorprendentes en campos tecnológicos, exhibe una inmadurez casi infantil en lo que respecta a la dimensión ética.
Somos gigantes tecnológicos operando con una madurez emocional primitiva, incapaces de gestionar la convivencia sin recurrir a los «perros, simios y fieras» que se agazapan en nuestra mente. Esta inmadurez nos ha llevado a un punto crítico donde la verdad ya no es un valor absoluto, sino un insumo manipulable al extremo y sometido totalmente al utilitarismo.
Cuando la verdad se somete a la utilidad, dejamos de preguntarnos qué es lo cierto para preguntarnos qué es lo eficaz (Nietzsche, 2013). Al someter la realidad al beneficio inmediato, rompemos la brújula que debería guiarnos, permitiendo que la narrativa reemplace a la justicia y que el autoengaño sostenga estructuras de poder cada vez más frágiles.
Esta dinámica se manifiesta en la aplicación de soluciones superficiales que conducen a una replicación de la historia en ciclos cada vez más breves. Mientras que en el siglo XX los procesos de paz solían garantizar décadas de estabilidad, hoy vivimos una «paz» negociada que apenas dura un lustro antes de que lo no resuelto resurja con mayor virulencia.
Lo vemos en las treguas locales con el crimen organizado o en los frágiles equilibrios de Oriente Medio: son pausas para el rearmamento, no soluciones para la convivencia. Al no atacar las raíces —la desigualdad profunda y el vacío de autoridad—, condenamos a la sociedad a un bucle de crisis permanente.
A diferencia de la Guerra Fría, hoy nos enfrentamos a un desorden multipolar donde conflictos en Venezuela, Cuba e Irán demuestran que cuando el Estado renuncia a la evolución y a la integración en la alteridad, el reconocer el derecho “del otro” a ser diferente, el resultado es una exportación constante de tensión.
Finalmente, esta aceleración del caos se ve potenciada por una educación que se concentra en el utilitarismo técnico y dejó a un lado el humanismo.
Por otra parte, países como México no pueden continuar con una posición ambigua en sus políticas de seguridad interna mientras han sido firmantes de todos los protocolos de la ONU sobre el tema (Naciones Unidas, 2005). Esa ambigüedad es, en sí misma, una forma de participación en el terror.
Como señalaba Noam Chomsky (2002), la forma más fácil de detener el terrorismo es dejar de participar en él. El Estado debe ser capaz de garantizar la paz real recuperando el espacio público como el lugar privilegiado para el trato con las diferencias.
Si no somos capaces de superar este infantilismo ético y conducir nuestros diferendos en un marco de verdad, el ciclo de terror se cerrará cada vez más rápido sobre nosotros. Para romper el ciclo de la violencia, es necesario abandonar la solución cosmética y enfrentar lo no resuelto con una política que priorice la dignidad humana sobre la conveniencia del poder.
Referencias Bibliográficas
- Chomsky, N. (2002). 9-11. Seven Stories Press.
- Foucault, M. (1988). El sujeto y el poder. Revista Mexicana de Sociología, 50(3), 3-20.
- Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.
- Naciones Unidas. (2005). Estrategia global de las Naciones Unidas contra el terrorismo. [Documento A/RES/60/288].
- Nietzsche, F. (2011). Así habló Zaratustra. Alianza Editorial.
- Nietzsche, F. (2013). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Tecnos.



