Por Francisco Villarreal
“La curiosidad mató al gato”, decía mi abuela para calmar mi entusiasmo por practicar el deporte favorito de millones: meterse donde no les importa. La primera advertencia, antes de muchísimas más, fue cuando, con tal de ver qué había al final de un hoyo pequeño en el suelo, acabé con una enorme tarántula en la mano. Me sentí aliviado de no ser gato. Y también un poco bobo cuando mi gato “Micifuz” observó de lejos a la adormecida araña, dio media vuelta, y se echó a tomar el pálido sol de invierno encima de una cubeta, a sana distancia de la tarántula. Pero no escarmiento. Ahora mismo me mata la curiosidad por conocer, íntegro, el famoso y enésimo diálogo entre la doctora Sheinbaum y el “presidente” de Estados Unidos y ¡Venezuela!, el infame Trump. Aunque con las reservas oportunas de Marcelo Ebrard, se supone que la llamada conjuró la amenaza de intervención militar de corsarios de Trump en México. Vale para que respiremos aliviados unos días, en tanto el tal Trump desenvaina otra amenaza, o la misma (su imaginación no es muy brillante). Se agradece a la Presidenta realizar tan desagradable charla con tal de calmar un poco los ánimos caldeados de los mexicanos e intentar fumigar las cobardes esperanzas de los vendepatrias. De paso, baja la presión que podría desalentar tanto al turismo como a posibles inversionistas.
¿Fue un éxito diplomático la llamada? Se agradece el intento, pero no, no lo fue. En términos generales fue una reiteración de lo que se le ha dicho a Trump, directa e indirectamente, incontables ocasiones: la soberanía de México no se negocia. Aunque se haya promovido oficialmente lo positivo de la charla, todos sabemos que la única soberanía que le importa a Trump es la suya, ni siquiera la de su propio país. El peligro sigue vivo en tanto ese troglodita siga siendo presidente de Estados Unidos, o alguno de su camarilla sectaria. La incertidumbre de los mexicanos respecto a una eventual intervención militar sigue vigente, y ese es un estado de ánimo excelente para las estrategias desmoralizantes de quienes quieren reinstalarse en el poder, así sea como protectorado gringo. A estas alturas, no hay en el mundo un solo individuo que crea que el régimen de Trump esté impulsando la democracia en algún país. Imposible que el fascismo procure a su alter ego. Y aquí entiendo un poco la posición de la controversial Sandra Cuevas al apoyar el esfuerzo del gobierno mexicano que intenta negociar con un ladrón. Cuevas tiene al menos la decencia de deslindarse de una oposición prianperredista donde parecen hasta orgullosos de ofrecerse como lacayos de Trump.
Las voces “opositoras” en México no están ofreciendo mucho, por no decir nada. Siguen con los gastados discursos de las marchas rosas, “intocables” y entogadas. Su propuesta, abierta o soslayada, es la intervención de Estados Unidos en México para, según ellos, garantizar la seguridad de los mexicanos. Esto significaría desplazar la autoridad de las instancias nacionales destinadas a eso (incluyendo al ejército), lo que implica agotar al Poder Ejecutivo y, eventualmente, a los poderes del estado. La tendencia sería entonces reproducir el régimen de Trump hacia dentro, y subordinarse a sus intereses hacia el exterior: un protectorado estadounidense con un gobierno títere, un “Mégico Maga”. Intervención militar sin coordinación es una invasión.
Ahora bien, ¿qué hay detrás de la propuesta “opositora” de intervención? Veamos… Trump, no ha detenido una sola guerra, si acaso le ha puesto tapa a algunas ollas belicistas que siguen acumulando presión y liberando su vapor sangriento. Trump ha atacado con alevosía a varios países (Irán, Yemen, Siria, Venezuela, etc). Trump ha amenazado abiertamente a varios países aliados de Estados Unidos, incluyendo México. Trump ha protegido al sionismo internacional y defendido el genocidio contra los palestinos. Trump ha desencadenado una persecución ilegal, xenofóbica y racista dentro de Estados Unidos, lo que ya ha dejado un saldo mortal, y ha restaurado los campos de concentración. Trump ha impuesto un régimen terrorista, resucitando a la Gestapo nazi ahora con un ejército personal de mercenarios disfrazados de una policía migratoria. Trump ha disparado la inflación y el desempleo en su país, encubriendo ese desastre con un mayor equilibrio en su balanza comercial, un equilibrio aparente que es más por la caída del dólar que por la eficacia de los aranceles. Trump no da marcha atrás en su cruzada personal de reprimir manifestaciones masivas en su contra, de censurar a medios de comunicación y de perseguir a cualquiera que se le oponga. Trump, con la complicidad de su gabinete y de sus incondicionales (léase, “siervos”), ha mentido sistemáticamente y ha presionado para que los medios sostengan esas mentiras. Trump ha negociado con narcotraficantes en proceso y liberado a un verdadero narcopolítico convicto, un expresidente hondureño. Trump ha liberado a delincuentes que intentaron un golpe de estado a su favor. Trump ha estado impidiendo la exposición pública de una red de pedofilia y trata de personas. Trump mismo es un delincuente convicto. Este es el tipo de intervención que están ofreciendo en la “oposición” mexicana, y el único proyecto de gobierno que pueden prometer si los ciudadanos les regresan el poder, o si su verdadero líder, Donald Trump, se los regala.
Comprendo la desesperación de Trump, porque detrás de sus arbitrariedades está su torpe intento por evitar el desastre que Estados Unidos ha alimentado desde hace décadas. Esta decadencia tiene qué ver mucho con que poco a poco dejó de ser un país productivo para consolidarse como el principal país consumista del mundo. Con un dólar en peligro de desfallecer como moneda universal, es obvio que deben tomarse medidas urgentes, que no parecen ser las que se han tomado. Incluso, la intervención en Venezuela podría ser un intento desesperado por impedir el comercio de petróleo bolivariano, no en dólares sino en otras monedas. El tema es que la solución de Trump a la decadencia económica de Estados Unidos no ha dado resultados, sólo está acelerándola. Es verdad que los tratados comerciales con México y Canadá sí han perjudicado a los productores estadounidenses, pero los gobiernos estadounidenses tampoco pusieron mucho empeño en estimularlos y volverlos más competitivos y menos especializados. Forzarlos ahora para ponerlos a la altura de la competencia mundial, es necio. Básicamente porque Trump se comporta como si acabara de ganar la Segunda Guerra Mundial y fuera, como fue publicitado entonces, el héroe y árbitro del mundo. Desde esos días a la fecha, Estados Unidos ha perdido todas las guerras, las que normalmente también ha provocado. Tal vez, para derrotar la belicosidad de Trump no será necesario movilizar tropas ni lanzar bombas. Su guerra real es económica, y ese es su frente más débil. Es lógico suponer que el contraataque debería ser en ese campo de batalla.
Post Scripta: No estoy muy enterado sobre una entrevista presuntamente censurada que hizo Sabina Bergman a Eduardo Verástegui. Si hubo censura, por supuesto que la repudio tanto como repudio al propio Verástegui. A decir verdad, me molesta que sea otra instancia la que censure algo y nos quite libertad de censurar individualmente. Esa es la única censura que admito, la personal. Porque las luces intelectuales, ideológicas y misioneras de Verástegui son bastante conocidas ya, y no me han convencido de su honestidad ni de su coherencia para la sociedad mexicana. Todas las partes más o menos razonables de su discurso se hacen pomada cuando lo recuerdo como edecán de Trump y compadre de Milei. No, no me interesa lo que diga un tipo que tuvo más personalidad como artista que ahora como excrecencia del fascismo.



