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Censurar al censor: la paradoja necesaria para defender la palabra libre

Por Joaquín Hurtado

El escandaloso caso Sabina Berman–E. Verástegui exige un análisis urgente sobre cómo la lucha contra el silencio impuesto debe evolucionar sin traicionar sus principios.

La idea de “censurar al censor” suena a un juego de espejos o a una trampa lógica. ¿Cómo condenar la prohibición utilizando, acaso, su misma herramienta? Sin embargo, lejos de ser un mero ejercicio retórico, esta paradoja encierra el núcleo del desafío que enfrentan las sociedades libres en el siglo XXI, con el ascenso de MAGA y sus ansias de totalitarismos renovados: cómo defenderse de los embates contra la libertad de expresión sin convertir la defensa en una nueva forma de autoritarismo.

Tras siglos de historia donde el poder –eclesiástico, monárquico, totalitario– ha intentado controlar el discurso, la respuesta clásica ha sido la resistencia frontal. La caricatura política, los panfletos ilustrados, la sátira arrabalera. Todas ellas son formas de “censurar” simbólicamente al censor, de tachar con creativa insolencia su bolígrafo rojo. Su arma es la clandestinidad unida a la voluntad férrea de que las ideas, una vez liberadas, son imposibles de encarcelar.

Pero el paisaje ha cambiado. Hoy, el censor no siempre es un burócrata con ínfulas de Torquemada en un ministerio polvoriento. A veces es un algoritmo que invisibiliza, una campaña de bots que ahoga el debate, una ley ambigua de “ciberseguridad” o “misioneros” propagadores de odio contra mujeres feministas organizadas y personas sexodisidentes.

Estrategias utilizadas para perseguir la disidencia legítima.

La censura se ha vuelto difusa, privatizada y, en muchos casos, solicitada por una ciudadanía exigente que, con razón, lucha contra la desinformación y el discurso que hiere.

Es aquí donde la paradoja se vuelve práctica y urgente. Plataformas de comunicación masiva, presionadas por usuarios y gobiernos, deben moderar contenidos. ¿Son los nuevos censores? Al retirar discursos violentos o negacionistas, ¿ejercen una “censura legítima”? Y cuando colectivos activistas exigen la desvinculación de voces consideradas peligrosas, ¿están aplicando una forma de censura social contra lo que perciben como censura simbólica de grupos opresores?

El riesgo es claro: que en el loable intento de proteger el espacio público, construyamos una plaza perfectamente vigilada y estéril, donde el disenso incómodo pero necesario sea eliminado por consenso “progresista”. Caeríamos entonces en la trampa: habríamos vencido al censor antiguo convirtiéndonos en el nuevo, más eficiente y con mejor prensa.

Por ello, “censurar al censor” en nuestra era debe significar algo más profundo y menos literal. No se trata de imponer un silencio inverso, sino de desarmar estructuralmente los mecanismos de control. Implica:

1. Transparencia radical: Exigir que las decisiones de moderación de contenidos —ya sea de un gobierno o de una red social— sean públicas, apelables y sujetas a escrutinio. El censor debe operar a la luz pública, no detrás de un código secreto.

2. Educación como antídoto: La mejor defensa contra la intoxicación no es solo cerrar el grifo, sino enseñar a analizar el agua. Una ciudadanía crítica, educada en medios y con pensamiento crítico, es inmune a gran parte del veneno que justifica la censura paternalista.

3. Derecho a la infraestructura libre: Apoyar y usar tecnologías y plataformas que prioricen la privacidad y la descentralización, dificultando que cualquier actor —estatal o corporativo— concentre el poder de decidir qué se dice.

4. Defender al impresentable (a veces): La prueba de fuego de la libertad de expresión es proteger el discurso que nos repugna. Los límites deben ser mínimos, claros (como la incitación directa a la violencia) y definidos por ley, no por la sensibilidad del momento.

La conclusión, pues, no es un eslogan, sino una brújula. “Censurar al censor” es la tarea permanente de vigilar a quien vigila, de limitar a quien limita. Es un principio de rendición de cuentas aplicado al poder sobre el discurso.

En un mundo de ruido, polarización y mentiras virales, la tentación del atajo autoritario es grande. Pero el camino de la libertad es más difícil y pedregoso. Exige tolerar el error para no matar la idea novedosa, y soportar la ofensa para no silenciar la crítica justa.

Al final, la paradoja se resuelve en una imagen poderosa: no es que el censor sea silenciado, sino que es vaciado de poder. Su herramienta se vuelve inútil porque la sociedad ha construido anticuerpos –éticos, tecnológicos, legales y educativos– que lo vuelven obsoleto. La palabra libre no gana anulando a su enemigo, sino haciéndolo irrelevante. Ese es el verdadero triunfo, y la única censura que una sociedad libre debe aspirar a ejercer: la que convierte al censor en un fantasma del pasado.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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