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La semilla de la destrucción democrática de las sociedades

Por Carlos Chavarria Garza

En la más cruel de las tragedias, la democracia ha ido perdiendo su buen nombre. Incluso entre aquellos que tanto afanaron por ella en décadas pasadas y que hoy detentan el poder, la democracia se ha vuelto un estorbo. Con la misma energía con la que antes atacaban a quienes la denostaban, hoy han abandonado el pudor democrático con el que antes se vestían.

Esa degradación no es accidental; es el resultado de un proceso donde la democracia ha dejado de ser un fin para convertirse en una escalera. Quienes hoy ostentan el mando la utilizaron con fervor mientras eran oposición, valiéndose de sus libertades para denunciar la injusticia, pero una vez alcanzada la cima, esos mismos mecanismos —la división de poderes y el contrapeso legal— son vistos como obstáculos para la consolidación de su ambición personal (Levitsky & Ziblatt, 2018).

Peor aún, la geometría política de antaño, que hablaba de izquierdas y derechas, hoy no significa absolutamente nada. Los partidos no son más que agencias para entrar a los procesos electorales, funcionando como una «tienda de colores» donde uno se viste según la moda. El «chapulineo» o transfuguismo ya no se castiga con el ostracismo moral; el político simplemente adquiere el membrete que certifica su «cambio de ideología» según le convenga. El ciudadano, despojado de su dignidad política, es reducido a un consumidor que no busca un plan de gobierno para un mejor futuro, sino un accesorio identitario que lo haga sentir parte de un bando victorioso (Bauman, 2000).

Hoy las ideologías se ocultan tras narrativas políticas diseñadas para fabricar una percepción de la realidad basada en la emoción. Se prioriza el miedo o la indignación para que el público comprenda el mundo de una forma determinada, seleccionando hechos específicos para fabricar una verdad a medida que identifique a los «aliados» (nosotros) contra los «antagonistas» (siempre otros). El futuro sin democracia es accesorio a las narrativas del momento donde se ha tratado de convencer de que estamos en riesgo de ser invadidos por nuestro vecino del norte.

El caso de México es hoy el ejemplo lamentable y paradigmático de esta regresión. Bajo la narrativa de la «austeridad» y el argumento de bajar los costos de la democracia, se ha puesto en marcha una reforma que busca asfixiar o desaparecer al INE, el árbitro autónomo que costó décadas de lucha ciudadana construir.

Pablo Gómez, antes figura clave en la consolidación democrática de la reforma iniciada por Reyes Heroles, ha declarado públicamente que «un órgano administrativo como el INE no puede ser autónomo». Sostiene que la autonomía absoluta de este tipo de instituciones es un concepto cuestionable en un sistema democrático, lo que no tiene otra interpretación que ser una señal de que la reforma busca reintegrar el control de las elecciones al ámbito gubernamental (Müller, 2016).

Alguien miente. Sheinbaum ha reiterado que la reforma no eliminará la autonomía ciudadana del Instituto Nacional Electoral (INE). Ha sido enfática en rechazar las acusaciones de autoritarismo, señalando que el INE debe seguir siendo el organizador independiente de las elecciones. Sin embargo, sostiene que no se requiere de una estructura burocrática tan amplia para realizar comicios. Propone revisar las funciones de los Organismos Públicos Locales Electorales (OPLES) para evitar duplicidad de tareas y gastos.

La retórica oficial presenta esta destrucción como un alivio financiero para el pueblo, pero en realidad busca revivir el sistema del «viejo PRI», donde el Estado administraba las elecciones a su antojo. No es un ahorro; es el desmantelamiento de la certeza electoral para regresar al control absoluto desde el poder central. Es el uso de la democracia para asesinar la libertad de elegir, convenciendo a una comunidad poco reflexiva de que está eliminando un «gasto innecesario» cuando en realidad está financiando su propio cautiverio.

Esta política desemboca en la aniquilación de la alteridad. La democracia solo es posible cuando se reconoce en el otro a un interlocutor válido; sin embargo, al centralizar el control electoral y las instituciones, se busca acabar con la pluralidad. La sociedad deja de ser un espacio de convivencia para convertirse en un campo de batalla de monólogos excluyentes donde el disenso es traición (Han, 2017).

A pesar de la experiencia histórica, siempre a la mano de las memorias flacas, alcanzar el éxito en estos afanes implica sembrar la semilla de la violencia que tantas veces hemos atestiguado en casos como Nicaragua, Cuba,  El Salvador, Guatemala, Venezuela o Irán.

 Todo oligopolio político entraña debilidades que lo destruyen, embebidas en la naturaleza humana en forma de emociones insanas de maximización del beneficio personal. Incluso quienes se asumen como socios políticos terminarán desgarrándose mutuamente para tomar lo más que se pueda, sin importar el destino de la nación.

La semilla de la destrucción democrática no proviene solo de aquellos que detentan el poder con cinismo, sino del silencio de sociedades que aceptaron el confort de una mentira emocional antes que la responsabilidad de una libertad plural (Arendt, 1951). Si no se rescata la política de su actual estado de mercancía desechable, el destino de México y de las sociedades modernas no será el progreso, sino un retorno cíclico a los escombros de las tiranías que una vez juramos no repetir.

Referencias Bibliográficas.

  • Arendt, H. (1951). Los orígenes del totalitarismo. Schocken Books.
  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto. Herder Editorial.
  • Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). Cómo mueren las democracias. Ariel.
  • Müller, J.-W. (2016). ¿Qué es el populismo?. Grano de Sal.

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// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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