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Toda la “Carney” al asador

Por José Jaime Ruiz

@espejonegromx

@aguaquemadamx

Davos tiene fama de ser el sitio donde el mundo “se pone de acuerdo”. A veces es más bien el escenario donde el mundo ensaya tranquilidad. Mucha palabra sobre “confianza”, mucha promesa de “certidumbre”, y detrás de esa escenografía una evidencia: el comercio ya no basta para contener a la política. Mark Carney habló como primer ministro, sí, pero también como alguien acostumbrado a cobrarle factura al desorden: sabe que la ruptura de reglas no se paga en teoría, se paga en inversión congelada, decisiones aplazadas, cadenas que se vuelven frágiles. Donald Trump, en cambio, llegó para reafirmar su libreto: presión como recurso, amenaza como atajo, incertidumbre como ventaja.

México apareció sin necesidad de escenario. Desde la Mañanera, la presidenta Claudia Sheinbaum soltó una frase breve y nada inocente: “Por cierto, muy buen discurso de Carney, del primer ministro Carney, no sé si lo oyeron, muy a tono con los momentos actuales”. Dicha al paso, suena a cortesía. Leída sin prisa, es otra cosa: un aviso de que el clima se endureció y el tratado lo va a resentir.

Carney puso el acento donde hoy se aprieta el tablero: el orden internacional que permitió décadas de globalización relativamente predecible se ha fracturado, y el comercio ya no corre por carriles neutros. Dicho así parece teoría, pero es experiencia acumulada: cuando el mundo se cierra, el libre comercio se vuelve comercio con condiciones. No por capricho, sino por industria, por seguridad económica y por política interna.

Eso vuelve al T-MEC un tratado distinto al que muchos todavía imaginan. El acuerdo ya no es solo un marco para producir y exportar, es un mecanismo para tramitar fricciones sin romper la mesa. En una época menos estable, esa función deja de ser secundaria. Lo que antes se veía como “tecnicismo” hoy pesa: reglas, paneles, consultas, capítulos que pueden activar presión o desactivar incendios.

En ese terreno, Canadá intenta jugar una partida doble: diversificar sin romper el bloque y aprovechar su posición dentro de Norteamérica como carta de negociación hacia afuera. La visita de Carney a China marca un giro significativo en la política exterior canadiense, moviéndose hacia una realpolitik económica que busca diversificar sus mercados frente a la incertidumbre del T-MEC. La jugada, sin embargo, ocurre en el peor momento posible para la sensibilidad estadounidense. Washington ya no mira a China como un competidor más; la mira como el eje de su política industrial y su seguridad nacional. Por eso lo que en Ottawa se vende como pragmatismo económico, en ciertos círculos de Estados Unidos se registra como foco rojo.

En Canadá, esa mirada no es ideológica: es interés nacional. Ottawa ha hecho de la previsibilidad un activo. Por eso el subtexto de Carney importa: cuando un primer ministro insiste en el lenguaje de reglas, es porque percibe que el lenguaje de la fuerza está ganando terreno y porque sabe que, si ese terreno se impone, no habrá blindaje automático para nadie (la parálisis del Acuerdo de Bruselas como ejemplo).

El discurso de Trump confirmó esa tendencia. Su intervención en Davos generó controversia por la insistencia en que Estados Unidos busca adquirir Groenlandia y por el uso de amenazas arancelarias como herramienta de presión política. Más allá de si el planteamiento es viable, lo relevante es el método: el comercio como palanca para objetivos que no son estrictamente comerciales. En esa lógica, los tratados no se veneran: se usan.

Eso tiene consecuencias directas para el T-MEC, aunque nadie anuncie “renegociación” con fuegos artificiales. Lo que cambia es el ambiente: el acuerdo puede seguir operando, pero con mayor propensión al litigio, a la interpretación interesada y al condicionamiento político. Un tratado puede mantenerse vivo y, al mismo tiempo, endurecerse en lo cotidiano.

México conoce bien ese mecanismo. Es imprescindible para la manufactura regional, para costos y logística, para el funcionamiento práctico de Norteamérica. Pero también es el socio más expuesto a que el comercio se use como altavoz de la política interna estadounidense. Cuando Washington aprieta hacia adentro, suele buscar una palanca hacia afuera. Y si hay una palanca disponible –legal, rápida, visible– es el propio tratado: consultas, paneles, exigencias de cumplimiento, capítulos capaces de convertir una fricción en expediente.

De ahí el peso del comentario de Sheinbaum. Al calificar el discurso de Carney como “a tono con los momentos actuales”, México parece respaldar una idea pragmática: la región necesita reglas que operen como reglas, no como repertorio de castigos intermitentes. No por romanticismo multilateral, sino por costo. Un T-MEC usado como instrumento de presión permanente encarece la inversión, enturbia la planeación y vuelve frágil la integración. Davos, entonces, dejó una escena nítida: dos estilos de poder coexistiendo en la misma sala. Uno intenta sostener un piso institucional; el otro recuerda que el andamiaje se puede mover si conviene. Y en medio está el T-MEC, convertido en territorio de disputa: puede integrar o tensar, según el uso político que se haga de sus mecanismos.

A corto plazo, el escenario más probable no es una ruptura formal. Es algo más pedestre, más corrosivo: un tratado vigente, pero con revisiones constantes; un comercio que sigue, pero con más controversias; una integración que existe, pero bajo auditorías y presiones cruzadas. El acuerdo no se cae, pero empieza a sentirse menos como autopista y más como aduana, con inspecciones impredecibles.

El comercio norteamericano no va a desplomarse por falta de mercancías. Puede deteriorarse por exceso de política: por la tentación de convertir el tratado en herramienta electoral, en símbolo de fuerza o en castigo ejemplar. Y para México la conclusión es operativa: si el T-MEC entra a una fase de “comercio impaciente”, la defensa no puede ser solo declarativa; tiene que ser técnica y, si me apuran, política: coordinación regulatoria, músculo jurídico, capacidad de respuesta en controversias, lectura estratégica del conflicto. No basta con estar dentro del tratado. Hay que sostenerlo hasta con alfileres o, de plano, echar toda la carne –y nuestras fortalezas– al asador.

(Escritor, poeta y periodista, es autor de los libros La cicatriz del naipe, Premio Nacional de Poesía “Ramón López Velarde”, Manual del imperfecto políticoCaldo de buitre y El mensaje de los cuervos. Es director fundador de la revista cultural Posdata y de Posdata Editores. Dirige aguaquemada.mx y www.lostubos.com.)

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// José Jaime Ruiz

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Autor: lostubos
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