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Hegemonías, administración de la precariedad y el nuevo orden global 

Por Carlos Chavarria Garza

En la cumbre de Davos 2026, el concepto de un «nuevo orden mundial» se ha consolidado no como un consenso global, sino como una fragmentación multipolar marcada por el choque entre el nacionalismo económico de figuras como Donald Trump, la defensa radical del libre mercado de Javier Milei y la resistencia del multilateralismo tradicional. Este escenario, definido por el Foro Económico Mundial como una transición hacia un sistema de coaliciones regionales y políticas transaccionales, intenta equilibrar la desconfianza geopolítica con la necesidad urgente de cooperación en áreas críticas como la inteligencia artificial, la crisis climática y la redistribución de poder hacia el Sur Global para evitar un estado de desorden permanente.

Hasta aquí la versión que describen los medios de comunicación la tan esperada reunión anual de las elites económicas del mundo, esas élites que continúan sin invertir desde la crisis de 2007-8.

Es preciso aclarar que la hegemonía que aquí se invoca no debe confundirse con la acepción liberal que la reduce al autoritarismo o a la coerción. Por el contrario, se propone como una articulación orgánica de alianzas capaz de restaurar la dirección intelectual y moral de la sociedad; una fuerza destinada a reconstruir ese sentido común que hoy parece haberse fragmentado irremediablemente, devolviéndonos una brújula compartida frente al caos.

La clase de futuro que se puede construir si todos los países adoptaran la misma narrativa cortoplacista que hoy domina  de nuevo al poder en los EEUU, no solo sería una regresión, sino una completa negación de la estandarización cultural bajo la óptica occidental del modernismo en la postguerra en el Siglo XX, bajo la cual, el Grupo de los 8 de aquel tiempo determinó como mejor dirección estratégica para evitar más conflagraciones. 

Sin embargo, hoy en 2026, esa dirección moral ha sido sustituida por una administración de la precariedad donde los populistas de izquierda y derecha necesitan culpables para señalar en sus narrativas que lo que buscan en realidad es dividir las sociedades en amigos y enemigos, en adversarios o aliados, mientras que figuras como Larry Fink, director de BlackRock, admiten finalmente en los foros de Davos que el modelo económico actual ha agotado su capacidad de distribuir riqueza, limitándose únicamente a concentrarla. 

Como advertía Joseph Nye en su obra El Poder Blando, la tecnología está propiciando una enorme gama de riesgos que correrán nuestros nietos al enfrentarse al internet de las cosas, la inteligencia artificial, los macrodatos y los bots generativos, pero lo que no previmos con claridad es que estas herramientas serían utilizadas para gestionar la insuficiencia y la escasez de las mayorías. 

Ahora se  pretende  redefinir todos los aparatos conceptuales para la gobernanza global y las instituciones en cuyo seno pudiera operar la política, trabajando y resolviendo las diferencias mediante la apertura, la libertad y la ética agregativa como ejes, pero se ve confrontado con el hecho de que la mayoría de los países del G20 que sí aplicaron las recetas acordadas, poco a poco van superando a los EEUU en competitividad y avances culturales. 

Ante esto, el discurso profiere que le corresponde a los EEUU volver a la anacrónica “teoría del destino manifiesto hegemónico”, narrativa que tanto daño ha causado a la humanidad, como respuesta para “recuperar” lo que ya no tiene posibilidad alguna: la obligación de una cultura estandarizada alrededor del utilitarismo desarrollada solo por y para ellos. 

Resulta entonces que el grito de Libertad, Igualdad y Fraternidad de la Revolución Francesa fue solo una proclama incendiaria pero vacía, pues lo convenido globalmente para la convivencia ya no se acomoda a la circunstancia de los nuevos girondinos republicanos, quienes vuelven a las formas del garrote y la zanahoria para salvar la crisis soterrada que acecha desde 2008. 

En esta edad antropocéntrica en la que el planeta nos demuestra que no tiene dueños, se plantea como novedad volver a la división del mundo humano en propietarios, súbditos y marginales, en absoluta contradicción con las evidencias de un colapso climático y social inminente. 

En este momento en que las verdades alternativas nos mantienen hundidos por la arrogancia de los líderes, todavía hay quienes creen que tenemos el futuro en nuestras manos bajo una hegemonía que lo dicta todo, a pesar de que la consciencia universal es tan débil que se corren apuestas sobre quien será el nuevo Nerón que se atreverá a inmolarse y junto con él al mundo, en aras de continuar con un modelo de política que no puede responder a las nuevas exigencias de la fragmentación del poder. 

La narrativa de un nuevo primer mundo ni siquiera puede reponer la mano de obra y talento de sus envejecidas poblaciones sin la ayuda de aquellos a los que tanto desprecian, evidenciando que las políticas hegemónicas son hoy el mayor lastre para un nuevo concordato mundial de voluntades. 

La administración de la precariedad se ha convertido en la nueva norma, donde la tecnología no libera al hombre, sino que optimiza su estado de necesidad mientras los líderes se niegan a firmar compromisos vinculantes para detener la degradación ética y ambiental. 

Todos los lideres , reconociéndose como expertos en intimidación, carecen de la prudencia necesaria para entender que cualquier futuro eutópico pasa por imaginar, compartir y trabajar de forma situada, sensible al contexto, para reconfigurar los marcos de lo vivible. Como señala Fabiola Aguilar, de la UNAM, urge articular imaginerías críticas no-antropocéntricas para revisar los parámetros de esta administración de la escasez y crear una revolución en el pensamiento que lea profundamente las tensiones sociales por venir a través de los aparatos hegemónicos contemporáneos.

 En este nuevo mundo, como bien ha sentenciado Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial, no es el pez grande el que se come al pez pequeño, sino el pez rápido el que se come al pez lento; aquellos que no se adapten rápidamente a una ética de distribución y cooperación tecnológica, frente a la obsolescencia del modelo de acumulación que el mismo mercado hoy cuestiona, tenderán inevitablemente a perder relevancia y a desaparecer.

Referencias Bibliográficas

  • Aguilar, F. (2024). Imaginerías críticas y la administración de la precariedad. Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
  • BlackRock. (2026). Annual Letter to Chairmen: The Trust Gap and the Future of Capital Distribution. World Economic Forum.
  • Nye, J. S. (2004). Soft Power: The Means to Success in World Politics. PublicAffairs.
  • Schwab, K. (2021). The Fourth Industrial Revolution. World Economic Forum.
  • World Economic Forum. (2026). Davos Manifesto: Addressing the Exhaustion of the Economic Model. WEF Publications.

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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