Por Joaquín Hurtado
No podré escapar. Se cierra la grieta donde los minutos se tiñen de rojo y los gritos reprimidos saben a hiel. Me ahogo. Los sonidos y destellos de una cotidianidad desolada se conjugan con los verbos quebrados por el miedo.
Me he quedado sin impulso para el salto. No puedo contar ninguna historia testimonial, ni veo el camino donde pueda verter más lágrimas. Habré de conformarme con otro nudo atroz en la garganta, antes de poder extirpar este sentimiento de impotencia.
Qué hacer con esta fisura, con este desgarro que no cierra, que sangra en el centro de una estela con mapas de ciudades sometidas. Alegoría infernal de la estupidez victoriosa; signos fascistas y torturas calcáreas en la gruta bucal del Tirano, donde el lenguaje se dobla, se confunde, se fragmenta y hace que las cosas de la razón se retuerzan, y perviertan.
La verdad se agota, las reglas, el derecho y la justicia van al abismo.
Apenas asomo la cabeza, percibo un mundo con forma regular, pero inhabitable para una boca con hambre, un cuerpo sin camisa ni zapatos, y una diadema hecha de espinas y alambres.
Tengo frío, soy hermano de migrantes, vengo de padres descastados, soy nieto de viejos racializados. No rezo plegarias anglosajonas. Y un encarrilador de truenos y sueños supremacistas repta como cazador con telescopio, olfateando, codiciando mis ojos. Me ve como se mira un perro huesudo que merodea la casa de un amo con los dientes cenizos.
Mi nombre es amenaza nacional, solo porque no me ajusto a la post-verdad y sus esposas. En todo esto, a mi acento lo han puesto en la lista de terroristas domésticos. Mi perfil es una coma en el gran relato de lo monstruoso. Coartada para la teoría unificada del horror. Y yo, el monstruo, por definición, me sostengo en lo que se escapa de las grandes demoliciones. Soy el residuo de una civilización sentenciada por el colonialismo redivivo.
Y veo las estrellas fugaces y la luna turbia. Y palpo los truenos que traen polvo del Sahara. Y me busca el desastre tanto en los intestinos como en la tierra circundante. La helada que de lo alto llega, y el dios del aire que por las orillas se lamenta, pisan mis lodos.
Me apuro hasta el fondo de los huesos de una cabeza llena de preguntas. Con la prosa enterrada y los versos entre los huevos me rasco la roncha. Emprendo la huida marginal inmerso en la precariedad de los campos congelados.
Alguna vez me regalaron libertades adultas, derechos buenos que retribuí con honor pagano. Fui ciudadano feliz, mano izquierda, gato chiquito ciertamente progresista. Escribo, pienso lo que escribo. Me hago responsable, me leen por las escalas de las almas libres. De todo reniego como monstruo exquisito, hago literatura.
El diablo nos guarde. Suavemente la campana de la libertad gira lejos de las barracas atestadas con expulsados. La leonina melena rubia se llena de odio, el Tirano con sus secuaces hacen sudar hielo al mundo, a medianoche, a diez bajo cero, cuando se supone que los hijos de la democracia descansan bien arropados.
Uno, dos, tres, el cerro de enfrente colapsa gracias a un pensamiento del megalómano. El barrio blanco lo sueña con deseos húmedos. La Migra cumple la cuota de presuntos ilegales y los convierte en ofrenda humeante a los pies del ídolo dorado. Con escaso poder mental él inventa otro chiste sobre Groenlandia. Yo vuelvo a los baldíos del desaliento. ¿Será el silencio la victoria final del derrumbe?
El desaliento. No llega de golpe: se filtra a través de las paredes, descascara las palabras, vuelve sospechosa cualquier promesa de mañana. Me enseñaron a nombrar el futuro con un vocabulario apócrifo. Propaganda del progreso, y ahora ese léxico no alcanza ni para describir la ruina.
El futuro oscuro no es profecía sino síntoma. Esta fatiga colectiva, da la sensación de estar empujando una historia que no avanza, en la repetición de un circuito que parece retroceder.
La confianza en lo humano se ha roto en el tiempo: esperar para no actuar, confiar para no romper nada. Pero quizá la esperanza que necesitamos no sea luminosa ni tranquilizadora; quizá deba ser áspera, incómoda, una forma de desobediencia.
La fuerza colectiva no nace del optimismo, sino del reconocimiento compartido de la herida. El lenguaje heredado no alcanza, aparece la posibilidad de reinventarlo. No para embellecer el desastre, sino para volverlo decible, discutible, transformable.
Nombrar de otra manera es un acto político: altera la percepción, desplaza el miedo, abre fisuras donde antes había muros. Reinventar el lenguaje implica renunciar a la ilusión de pureza. Las palabras nuevas no surgirán limpias, vendrán manchadas de rabia, de ironía, de duelo. Serán palabras torcidas, híbridas, hechas de restos, bordadas en la jodidencia. Pero en esa precariedad reside su potencia: no prometen salvación, prometen vínculo. No anuncian un mañana claro, sino la posibilidad de no atravesar la noche en soledad.
Tal vez no podamos escapar de la grieta, pero sí habitarla de otro modo. Convertirla en un espacio común, en una trinchera de sentido, en un taller donde lo colectivo repare –con torpeza y persistencia– aquello que parecía perdido. Y entonces, aunque el abismo siga ahí, ya no será mudo. Tendrá voces. Tendrá disputa. Tendrá, incluso, una forma inesperada de futuro.



