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El Ciclo del Desengaño: El naufragio de la política en el siglo XXI

Por Carlos Chavarria Garza

No se requiere ser un gran estudioso de la historia y lo político para percatarnos de que el mundo entero se encuentra sumido en un momento en el que la política parece haberse agotado. En casi todas las latitudes, las estructuras de poder se muestran incapaces de resolver los problemas básicos o de conducir los conflictos de forma pacífica, y la consecuencia inmediata es un hartazgo social que ya no es una crisis pasajera, sino un estado permanente de las comunidades. 

Como bien advierte Moisés Naím (2013), el poder hoy es más fácil de obtener pero mucho más difícil de usar y de mantener; esta degradación del poder empuja a los líderes, ante su incapacidad de dar resultados reales, a refugiarse en el espectáculo ideológico y en narrativas de confrontación. 

En este escenario, el pasado regresa con disfraces nuevos: Trump persiste en su empeño de emular a Teddy Roosevelt bajo un aislamiento nacionalista; Putin ha consolidado la majestad imperial de una Rusia que desafía el orden global; y en Europa, figuras como Pedro Sánchez navegan un socialismo basado en equilibrismos financieros mientras el continente europeo se  desquebraja ante tensiones migratorias y el auge de identidades reactivas que ya se asumían como abandonadas. 

América Latina, por su parte, sigue atrapada en sus propios fantasmas: Ortega transmutado en el dictador que juró derrocar, Maduro fue atrapado administrando un país de sombras, y figuras como Boric diluyéndose en la parálisis de la gestión.

Mientras tanto, las economías globales no terminan de estabilizarse, la inflación erosiona el bienestar y la violencia se vuelve el recurso político predilecto de una nueva guerra fría. 

La polarización se acrecienta y la única salida que ofrece el poder es culpar sistemáticamente al pasado para justificar el regreso a viejas formas de control territorial. México no es la excepción. Por años, los centros del poder se han esforzado activamente en polarizar al país, rompiendo lo que Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (2018) llaman los «guardarrayas de la democracia»: esas normas no escritas de tolerancia mutua y contención institucional que evitan que el adversario sea tratado como un enemigo existencial. 

Al destruir estos límites, se ha fracturado el espacio común, colocando a cualquier crítico en un extremo u otro según convenga al discurso del día. Esta desconfianza es la resultante de un péndulo perverso entre el neoliberalismo y el populismo que nos tiene atrapados desde los años noventa; un vaivén de fracasos donde se derrocha lo que se ahorró y se ajusta lo que se malgastó, destruyendo la eficiencia económica y el bienestar social.

En este entorno, la gestión pública ha sido sustituida por lo que Byung-Chul Han (2022) describe como una «infocracia», donde la avalancha de descalificaciones, el ruido digital y las conferencias matutinas aniquilan la verdad dialogada. 

El efecto ha sido profundizar las grietas en todas las áreas de la vida nacional, convirtiendo los procesos electorales en un espectáculo de estigmatización donde la verdad es la primera víctima. Hemos llegado al punto en que las urnas no representan una elección hacia un futuro mejor, sino un referéndum reactivo de odio o lealtad ciega. 

Es un absurdo histórico, pues México tiene frente a sí oportunidades inéditas de desarrollo, pero estamos perdidos en devaneos ideológicos sin sentido. Las grandes perdedoras son la confianza y la credibilidad, y sin ellas no hay nación que sobreviva. 

Quien detentare el mando no recibirá el capital político suficiente para transformar el país si no logra restaurar la fe en las instituciones.

Para salir de este bucle, es imperativo rescatar al Estado como responsable principal de las políticas públicas y recobrar a la sociedad como partícipe necesaria. Siguiendo la tesis de J. Emilio Graglia (2018), innovar en política no es inventar ficciones, sino practicar los valores de una verdad dialogada y una libertad responsable, gestionando el desarrollo sostenible frente a la ineficiencia y la corrupción. 

Si el Estado no se muestra como una entidad íntegra, la sociedad no participará; si no se comparten los mismos valores entre el gobierno y la ciudadanía, no habrá desarrollo posible. Debemos refundar las relaciones entre representantes y representados, exigiendo una democracia receptiva con gobernantes sensibles y efectivos. Solo así romperemos el ciclo que nos mantiene estancados desde hace tres décadas y recuperaremos, finalmente, la viabilidad de la nación.

Referencias Bibliográficas

  • Graglia, J. E. (2018). Innovación política: 7 llaves para recuperar la confianza perdida. Konrad Adenauer Stiftung (KAS) https://www.kas.de/documents/287460/4262432/Innovacion_politica_GRAGLIA.pdf
  • Han, B.-C. (2022). Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia. Taurus.
  • Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). Cómo mueren las democracias. Ariel.
  • Naím, M. (2013). El fin del poder: Empresas que quiebran, ejércitos derrotados, papas que renuncian y gobiernos impotentes: cómo el poder ya no es lo que era. Debate.

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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