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Por Joaquín Hurtado

En el parque que se encuentra frente a la iglesia de San Cristóbal, en el centro de la mágica ciudad de Mérida, bajo un ficus con hojas brillantes como monedas verdes, tres urracas se abalanzan sobre un montículo de migajas. Compiten con las palomas por el botín. El autor se sienta en la banca, saca su libro de Viginia Woolf y toma nota en su libreta verde. Las aves picotean, alzan la cabeza, se limpian el pico contra el suelo y sueltan carcajadas de metal.

Urraca Conkal: Oigan, oigan, bajen el volumen del graznido, que los arbustos tienen oídos, y este señor de lentes que toma notas desaforadamente puede ser un agente del espionaje israelí-yucateco. Yo no quiero salir en esos famosos archivos del tal Epestein. Ni una pluma mía, ¿eh?

La urraca Conkal empuja un fragmento de galleta y la revuelca con la garra, la parte en dos con su largo pico y con su preciado tesoro vuela hacia el barandal de la iglesia. 

Urraca Hunucmá: Tranquila, reina. ¿Archivos? Yo escuché que eran álbumes de estampas coleccionables. Pasatiempo de los magnates norteamericanos y princesas europeas que vienen al Caribe a achicharrarse los pellejos. Esa gente con jets privados te atrapan, te manosean, te subastan, te pegan con engrudo a sus álbumes, y listo, inmortalidad garantizada.

La Urraca Telchac se estira, se sacude el polvo del ancho pecho, roba una migaja a traición.

Urraca Telchac: No, no, no. Mi primo el urraco lujurioso de Cholul juró que son listas negras. Negras como mi humor cuando me miran feo. Negras como el fondo del cenote sagrado de Chichén Itzá. Dicen que si apareces ahí, no vuelves a cantar en horario familiar.

Picotean. El autor observa cómo una hormiga logra huir con una migajita, triunfal.

Urraca Conkal: Yo jamás puse ni una regia uña mía en nada raro. Bueno, una vez me posé en un cable equivocado, pero fue por error técnico.

Urraca Hunucmá: Error técnico mis plumas. Te vi posando para selfies con un pavo real influyente de Paseo Montejo. El de la cola larga y el delirio supremacista de los mayas blancos.

Urraca Telchac: Chisme tergiversado. Ese pavo real solo prometía alpiste a la cochinita pibil y un espejo francés de la época porfirista. Pura vanidad meridana.

Las tres ríen. Un niño pasa corriendo. Las urracas callan un segundo, luego vuelven al festín.

Urraca Conkal: A mí lo que me asusta es el archivo invisible del tal Einsepstin. El que no existe pero todos temen. El que te marca con cariño aunque jamás te llamó.

Urraca Hunucmá: Ay, dramatismo típico del norte de Mérida, exageras, cariño. Si fuera por rumores, yo ya estaría empadronada como emperatriz del parque y culpable de la sequía.

Urraca Telchac: Hablando de rumores, ¿sabían que Rogelia, la paloma jacalera que parece no matar ni una mosca, filmó “situaciones” con el tal Eisenstein?, la degenerada firmó luego un acuerdo de silencio perpetuo con tinta sangre. Lo dijo un gorrión confiable, que miente poco pero exagera mucho, como buen yucateco.

La Urraca Hunucmá se limpia el pico con una hoja caída. Echa un largo y agudo graznido.

Urraca Hunucmá: Esa paloma siempre cae parada. Tiene alas diplomáticas. Nosotras, en cambio, somos discriminadas por ruidosas, de porte distinguido pero de ínfima clase, al fin nativas del bello municipio de Kanasín. Nuestro ruidero aparece en los expedientes, papeles sucios de gente millonaria, como los que desbordan los cestos de basura.

Urraca Conkal: Por eso practico la inocencia preventiva. Mírame comer restos secos de galleta, gesto doméstico, conducta archivísticamente neutra.

Se le cae una migaja. La urraca Telchac la atrapa en el aire.

Urraca Telchac: Neutral como tu mirada cuando ves migajas ajenas. Además, los círculos de esos ricachones degenerados no aceptan aves prietas, ¿o sí?

Urraca Hunucmá: Depende. Si la letra es pequeña, entramos. Como comparsa, notas de úsese y tírese. 

El viento mueve el pasto. El autor anota el brillo insolente en los ojos amarillos de las hablantinas.

Urraca Conkal: Yo escuché que basta con pronunciar un nombre tres veces y, ¡Rúmbale! Aparece un expediente lleno de intimidades asquerosas. Por cierto, ahora sabemos que el expresidente Clinton tenía el pirulín medio raro, como…

Urraca Telchac: Madre santa, no lo digas. Hay que guardar silencio estratégico. Picotea y calla.

Urraca Hunucmá: Demasiado tarde. El parque entero nos oye, ahora cuchichean. Mira esos gorriones, parecen bots archivistas con plumas artificiales.

Las urracas se miran, conspirativas, y atacan otro resto de galleta como si fuera una prueba a destruir.

Urraca Conkal: Si en la embajada gringa preguntan, estábamos aquí, comiendo mugrerito. Nada más.

Urraca Telchac: Y si insisten, estábamos en misa cantando oratorios para las viejecitas santas del oriente de Mérida.

Las urracas van y vienen. De pronto ocurre una escaramuza entre dos de ellas, la tercera se posa en una mata de chaya como si no quisiera involucrarse en el lío. Las otras dos caen de golpe, levantan polvo, se trenzan en el picoteo agresivo.

Urraca Hunucmá: No me mires así, Conkal. Yo no invité a la princesa noruega a ninguna playa.

Urraca Conkal: Ah, claro. ¿Y entonces quién repartía pulseritas de colores en esa fiesta de yates en Celestún? ¿El mar?

Urraca Hunucmá  se rasca la cabeza, furiosa.

Urraca Hunucmá: ¡Eso es falso! Era un festival de criptogringos millonarios, chicos rancios y viciosos; evento a beneficio como los que abundan en Tulum. Be-né-fi-co. Pero ya veo cómo funciona el rumor: uno se moja una pluma, y en las redes sociales ya dicen que te desplumaron en una orgía de pájaros conservadores.

El autor observa cómo un perro olisquea el árbol, alza la pata, orina y se va bajo el sol, desentendido del conflicto aéreo.

Urraca Hunucmá: El problema no es lo que sucede en la playa. El problema es él. Ese político con el pelo naranja. El del traje planchado y la sonrisa de rey-enano de Uxmal. Las profecías del Chilam Balam lo pronosticaron. Ese desgraciado nos señaló con el dedo, así, desde su balcón con banderas republicanas. Y tómala, nos aplicó el cienmil de aranceles.

Urraca Conkal: “Colaboradoras”, dijo. Como si nosotras lleváramos listas, maletines con millones y cocteles con sombrillita.

Urraca Hunucmá: Yo ni siquiera sé mezclar cocteles. Me mareo con el agua bendita.

Las aves se interrumpen a graznidos, se pisan las frases, el parque vibra.

Urraca Hunucmá: Tú estabas ahí, Conkal. Te vi. Alas abiertas, música fuerte, semiencuerada, arena en el pico.

Urraca Conkal: ¡Calumnia! Estaba investigando. Periodismo aviar de campo.

Urraca Hunucmá: ¿Investigando qué? ¿La elasticidad de los trajes de baño?

Un par de hojas cae a la acera, como testigos mudos.

Urraca Conkal: No acepto que me culpen por rumores inflados por un señor que ni distingue una urraca de un pingüino. Sé de buenas fuentes que él sí asistía a esos depravados cónclaves, disfrazado de botarga del Dr. Simi.

Urraca Hunucmá: Pues él tiene mucha información nuestra, cada rato manda drones, ha sembrado con micrófonos todo el Caribe, hasta Venezuela y más allá. Y nosotras, sólo tenemos nuestros piquitos liberales.

La Urraca Conkal se sube a una rama baja, teatral.

Urraca Conkal: Escuchen. Yo sí estuve cerca de la playa, en Cancún. Cerca. Pasando. En tránsito. Me detuve a comer papas fritas olvidadas. ¿Eso es colaborar?

Urraca Hunucmá: Para ellos, sí. Todo es colaboración si tiene alas y camina con glamour, como nosotras.

Se produce un silencio tenso. Las urracas dejan de picotear. Se miran con ojos afilados.

Urraca Conkal: Di la verdad. ¿Escribiste algo, recibiste un correo del señor Eispestein?

Urraca Hunucmá: Yo escribo solo en el aire.

Urraca Telchac: Yo no tengo internet. 

Un ciclista pasa. El autor anota cómo las urracas bajan la voz, conspirativas.

Urraca Hunucmá: Admítelo. Te gustó la fiesta del tal Eispenstein.

Urraca Conkal: ¡Mentira! Me gusta el escándalo, las tangas de colores, no la playa con ricos estirados.

La Urraca Telchac salta entre ambas como árbitra improvisada.

Urraca Telchac: Basta. Si seguimos así, vamos a escribirles el expediente solas.

Las tres respiran agitadas. El viento pasa sobre las hojas secas, como si tuviera una escoba invisible.

Urraca Conkal: Propongo un pacto. Negación coordinada.

Urraca Hunucmá: Silencio estratégico.

Urraca Telchac: Y galleta compartida.

Se miran. Asienten. Rompen la última migaja en tres partes iguales, engullen con dignidad peninsular.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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