Por Francisco Villarreal
Hay un extraño vínculo de mi familia con los gitanos; yo mismo tuve un padrino gitano, Spiro, pero no sé de qué. Hace mil años mi abuela fue a visitar a una amiga. Era una gitana, casada con un señor alemán muy huraño y paranoico. Mientras las señoras hacían comal y metate, mi yo adolescente se aburría sentado en la sala junto a un pequeño librero. Por inercia tomé un libro al azar y empecé a leerlo. La lectura me atrapó de inmediato. Eran narraciones cortas, de terror. No recuerdo la historia, pero sí la conmoción mental que me causó. Además, porque el señor alemán me arrebató el libro, sonrió con lo que él consideraba amabilidad, y balbuceó algo entre regaño y advertencia. Años después, leía “El horror de Dunwich”, del fascista arrepentido Howard Phillips Lovecraft. De inmediato reconocí su teratología demencial; sí, aquella noche de mi adolescencia, ¡leía a Lovecraft! Más tarde, cuando leí un presunto “Necronomicón”, libro maldito y medular de la obra lovecraftiana y de otros, nunca se materializaron monstruosas entidades ni se me dislocaron las neuronas. Fue divertido repasar ese pastiche mal hilvanado con versiones desfiguradas de grimorios reales, y con intentos ridículos de recrear el idioma de los ensalmos de Lovecraft. Obviamente, porque como el propio Howard lo asumió, el “Necronomicón” ¡no existe ni existió! Sorprendente que un libro que no existe genere tanta literatura (y arte en general), tantos lectores y, más sorprendente aún, tantos seguidores del culto a Cthulhu, una parodia sectaria pero muy seria.
No sé desde cuándo empezó Howard a usar el “Necronomicón” en su obra literaria, pero a pesar de ser solo un recurso, hay quienes hasta han intentado reinventarlo. Me admiraba de eso hace años, pero ya no. Y no es tan diferente de la saturación mediática tanto de las llamadas “fake news” (que nunca son gratuitas) como de las “teorías conspirativas”. La ventaja de Lovecraft fue que su “Necronomicón”, aunque falso, tenía una normativa imaginaria que lo volvía coherente: el caos. No tenía que justificar algo, cualquier cosa era “normal” en un universo entre onírico y demente (ese pedacito de la vida diaria de todos cuando soñamos, pero tenemos la certeza de que estamos soñando). El tema es que actualmente sí hay, no un libro mítico sino un manual secreto cuyo objetivo es imponer una utopía ultraderechista, que es todavía peor que el fascismo clásico. En México lo vimos y lo seguimos viendo en la campaña que intentó desacreditar al gobierno de don Andrés y ahora al de doña Claudia. De paso, si es posible, derrocar ya no sólo al gobierno actual, también destruir la plataforma popular horizontal, todavía incipiente, que sustenta la idea de la democracia mexicana. No es por intrigar, pero dudo mucho que la ultraderecha mexicana sea lo suficientemente inteligente para manejar una campaña de esta magnitud. No es que sean estúpidos, sólo son incompetentes. Los hilos que jalan esta trama de marionetas locales empoderadas no se originan aquí, ni siquiera en el gobierno fascista de Trump. Es improbable. Detrás debe haber personajes más oscuros, más siniestros, más diabólicos. No los une ni una ideología ni una noción de patria, los une sus pasiones, su avaricia, sus perversiones, su avidez ya no por el dinero sino más bien por el poder.
Cuando se “desclasificaron” los mentados “Archivos de Epstein”, una parte al menos, se esperaban grandes revelaciones. Las hubo. La primera es que, contra la ley que firmó a regañadientes el propio Trump, no se protegieron los nombres de las víctimas de esa tenebrosa red de poder, sí se protegieron los nombres de muchos de los victimarios, aún presuntos. Los archivos revelan pistas, pero no prueban algo, y no probarán mientras el Departamento de Justicia y el FBI sigan siendo siervos de Trump y sus camarillas visible y oculta. Aunque se menciona miles de veces el nombre de Trump en estos archivos, nada prueba algún delito, ni de él ni de los demás personajes que no fueron ocultados en la censura maliciosa e ilegal del Departamento de Justicia. Es decir, como elementos de prueba de delitos, no funcionan. Pura paja mediática, el combustible favorito de Donald Trump para distraer al público de la violencia y el autoritarismo fascistoide que impone en Estados Unidos y promueve en todo el mundo. No sé si funcionará el truco o será contraproducente, porque así como la ultraderecha que lo ampara intenta imponer una realidad irracional, el público hace lo mismo y se ha inventado un libro mítico, su “Necronomicón de Epstein”. La imaginación puede llegar a ser más poderosa que la razón, y en el imaginario popular estadounidense se dan por sentados delitos y culpables; las víctimas, me temo, sí son reales. Los personajes involucrados en esta nueva remesa de documentos sólo amplían y hacen más literalmente satánica esa red de trata de mujeres y hombres, y la entraman con redes de complicidades que se extienden a especulación financiera, a tráfico de armas y a influencia en gobiernos e instituciones internacionales. Un complot en toda forma que dejaría pálidos de horror a los peores conspiracionistas.
Yo sólo estoy seguro de que no estoy seguro que sea cierto todo lo que se dice sobre los archivos de Epstein. Sin duda hay verdades tangibles, como son las víctimas de esa red de tráfico sexual que también fue real y es muy probable que no sea la única. Sus implicaciones con el sionismo (que no con el antisemitismo) y otras subtramas malignas son, por lo pronto, verosímiles. La revelación de delitos, culpas y culpables no puede ser garantizada sin una investigación exhaustiva, y no la habrá mientras Trump y su gente estén en el poder. Lo inquietante es que el punto de referencia de todo esto sea el ejercicio de la sexualidad sin restricciones como un derecho asociado al poder. No sé si en eso vaya incluido el canibalismo, que ahora surge como una morbosa adición al tema, pero tampoco me extrañaría, hay precedentes históricos. El caso es que el poder va más allá de la avaricia. No es como el dinero, que se incrementa por acumulación. El poder crece en la medida en que se ejerce, y en la medida en que se impone sobre las convenciones sociales. Ya en el fascismo nazi se prefiguraba una sociedad de amos y esclavos. Ahora se trata de una forma todavía más salvaje de esclavismo, más allá del que propone el neoliberalismo. El sexo como instrumento de poder. No se trata de la insana desesperación de un violador; se trata de una violación deliberada, del “macho alfa” alardeando y confirmando su liderazgo. También hay antecedentes históricos. Especialmente con un país que desde su fundación se ha perfilado con símbolos de la Roma clásica, que tuvo emperadores muy peculiares en su ejercicio del sexo.
Los “Archivos de Epstein” son en principio un morboso caso de perversiones, sexo y proxenetas. En realidad es la exposición pública de una clase dominante en franca decadencia. Más allá de la red de “clientes” de la infame isla de Epstein está lo que estos significan. Son las élites mundiales del poder político, económico y… ¡mediático! Son los estrategas de la guerra, y de la paz a costas del exterminio. Son los depredadores por excelencia, para quienes el abuso sexual es una muestra de lo que ya hacen a gran escala en todo el mundo y contra millones. Son la primera línea ofensiva en contra de los Derechos Humanos y los teóricos de una nueva taxonomía donde ellos pretenden ser la cúspide de la evolución humana. No hay religión actual o antigua que pueda definir este tipo de maldad, ni de imaginar el infierno que estos tipos pretenden imponernos. Lovecraft mismo, que renegó en su momento del fascismo italiano, no tendría que escribir historias de terror, tendría pesadillas en plena vigilia sólo con leer la agenda mediática diaria de Donald Trump. Lo siento mucho, querido Howard, pero sólo con los archivos de Epstein ya se rebasó mil veces el horror de tu mítico “Necronomicón”… Por cierto, como en el caso de muchos respecto a la “Isla de Epstein”, en mi caso hay una muy larga lista de tugurios, antros y piqueras en las que fui fiel parroquiano, pero si me preguntan, siempre diré: “¡Jamás estuve ahí!”



