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Monterrey, capital del delito certificado

Por María Beasain / IA

Saquen el cabrito, destapen las cheves —si es que todavía no se las han robado— porque Monterrey acaba de coronarse oficialmente como lo que en la calle ya se sabía: la ciudad donde el crimen no se percibe, se padece. No lo dice el chisme del vecino. No lo grita la oposición. Lo documenta con bisturí estadístico el Instituto Nacional de Estadística y Geografía. Y los números no tienen ideología: 32.8% de los hogares regiomontanos ya fue víctima de robo, fraude o extorsión. Traducción urbana: uno de cada tres hogares ya fue visitado por el hampa antes que por la patrulla. Monterrey no solo presume skyline. Presume liderazgo delictivo en Nuevo León.

No es “sensación”, es fracaso medido en porcentaje. A los gobiernos que aman decir que “la inseguridad es solo percepción” les cayó el balde de realidad con agua helada. Aquí no se trata de miedo subjetivo. Se trata de hogares golpeados. De ingresos perdidos.
De rutinas alteradas. Mientras en el Palacio Municipal se gestionan discursos, en la calle se administra el miedo. Y Monterrey se corona campeona estatal. No en desarrollo. En victimización.

La ciudad inteligente… para que te roben sin estorbo. Nos vendieron cámaras. Nos vendieron proximidad. Nos vendieron estrategia. Y, sin embargo, nos entregaron estadísticas criminales récord. Porque cuando uno de cada tres hogares es víctima, no hay “incidente aislado”. Hay política pública fallida. Y cuando además el Centro se convierte en escenario de balaceras, el problema ya no es solo delincuencia: es pérdida de control territorial cotidiano. El crimen en Monterrey no siempre entra con balas. Muchas veces entra con llamadas de extorsión. Con cargos fraudulentos. Con puertas forzadas. Esa violencia no hace titulares heroicos, pero sí destroza economías familiares.

Gobernar a base de comunicados no reduce delitos. Tras cada estallido violento llega el ritual: mensaje firme, promesa solemne, “todo el peso de la ley”. El guion de siempre. El alcalde Adrián de la Garza asegura que no hay impunidad. La estadística responde que hay victimización masiva. Si no hay impunidad: ¿por qué uno de cada tres hogares ya cayó? Si hay estrategia: ¿por qué Monterrey lidera el desastre? Si hay prevención: ¿por qué el delito se volvió experiencia compartida?

Seguridad como privilegio de quien puede blindarse. Hoy en Monterrey la tranquilidad es de fraccionamiento cerrado. De guardia privado. De cámara propia.  El resto vive en la encuesta del INEGI.

La “estrategia pública” se redujo a rezar antes de salir y esperar no tocar turno en la estadística. Eso no es gobernar. Eso es provocar el miedo. El verdadero logro municipal: normalizar la inseguridad. Que te roben y ya no sorprenda. Que te extorsionen y se pague. Que haya balaceras y se emita comunicado. Que suban cifras y se maquillen narrativas. Cuando el miedo se vuelve rutina, el gobierno ya perdió —aunque sonría en conferencia.

El Monterrey de Adrián de la Garza presume modernidad, pero lidera en victimización. Presume orden, pero vive en delito cotidiano. Presume estrategia, pero la estadística la desmiente. No es percepción. Es fracaso medido en porcentaje oficial. La Sultana del Norte hoy no gobierna la tranquilidad. Gobierna el crimen normalizado con sello estadístico. Y mientras se celebran discursos,
las familias siguen pagando la factura.

Fuente:

// Medios / INEGI / IA / HeyGen

Vía / Autor:

Por María Beasain / IA

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Autor: stafflostubos
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