Por Francisco Villarreal
No vi el Super Bowl LX, y sí algunos fragmentos del “show de medio tiempo” que se hicieron virales. El futbol americano es el único deporte que me gusta y que practiqué, pero a estas alturas lo evito, porque ya no puedo jugarlo. Es ocioso estimular la nostalgia a mis disfuncionales huesos y la añoranza por propinar chingazos impunemente. Estuve entretenido viendo series policiacas. En una de ellas, en medio de una investigación por asesinato durante los debates previos a una elección municipal, un detective dice a un sospechoso y eventual homicida que no confunda la guerra con la política, y le advierte: “pero esto no es política, es un circo”. Buen tema para don Carlos Felipe Teófilo von Clausewitz, pero insólito en una serie de TV. El mensaje de “Bad” Benito Antonio “Bunny” fue impactante, sin duda, pero no es rotundo. Hay claroscuros en la panamericanización enunciada. Todos los americanos, excepto los gringos, sabemos que América no es sólo Estados Unidos, y que es como la ONU: no somos naciones unidas sino identidades regionales en una emulsión inestable. Así que prefiero que “Bad Bunny” me envíe el boletín de prensa sobre su mensaje, no espulgarlo en el show. Además, no me gusta el “arte” del boricua. Tampoco entiendo su español y quedé invitado a no volver a intentar entenderlo cuando revisé la “traducción” de alguna de sus “canciones” en Internet. Dicen que en la crudeza e hipersexualidad de sus canciones hay un mensaje social potente y liberador… Lo que sea que signifique eso. Igual podríamos encontrar la fórmula alquímica para transmutar plomo en oro si revisamos con paciencia y mucha fe la letra del corrido de Juan Charrasqueado. No me espanta el “perreo” del “Conejo Malo”, yo también tuve mucha imaginación para esas cosas, pero me pasa como hace años, en el verano, cuando escuchaba el canto de las cigarras: terminaba invadido, aturdido y confundido. Considerando que ellas también cantan con lúbricas intenciones, prefiero la sensualidad apasionada de las cigarras.
William Andrew Ogles IV, legislador gringo de Tennessee, propuso “investigar” ese show, a la NFL y a la NBC. “Andy” es el orate trumpista que, en el 2021 publicó una postal navideña mostrando a su familia feliz y armada hasta los dientes. El santo varón, republicano y extremoderechoso por añadidura, se indigna de los contenidos que él considera como “indecentes”. Veremos si prospera. Tiene sentido su reacción, porque el “show” no fue tal sino un mensaje directo y retador al gobierno de Trump. Los trumposos son tramposos y evitarán responder al reto en términos políticos; como cualquier mosca carroñera, harán el contraataque en las zonas más sensibles. Tampoco veo al show como un ataque gratuito. Surgió como reacción a los ataques sistemáticos de Trump y sus secuaces a todo y a todos, urbi et orbi. No es por Benito Antonio, lo mismo hubiera sucedido si el show lo hubiera hecho el “Tabernacle Choir at Temple Square”. En la guerra cultural que se libra en todo el mundo, pero que es más frenética en Estados Unidos, el show del Super Bowl no fue un Waterloo para alguno de los contrincantes. No se convocó a la unidad americana, sólo se ampliaron los lindes del campo de batalla. Si esta propuesta unificadora tiene algún sentido fuera de Estados Unidos, lo será muy lateralmente. El propósito es salvar a los Estados Unidos de la amenaza fascista, pero los americanos tenemos nuestros propios nidos de reptiles incrustados en las castas políticas y económicas. Derrotar a Trump podrá debilitar a la ultraderecha mundial, pero sería sólo una eventualidad. Si acaso cambiarían estrategias y objetivos inmediatos. Aunque hoy no lo parezca, sí tienen mucha paciencia. Además, el marcador del torneo real no está en la pantalla de un estadio, ni en las encuestas nacionales, sino en los indicadores financieros internacionales.
Insisto: cada país americano tiene sus miramones. Poco antes del Super Bowl y el performance de Benito, hubo un aquelarre de la American Conservative Union, la mentada CPAC (Conferencia Política de Acción Conservadora). La pasarela de encurtidos avinagrados incluyó emisarios mexicanos del PRI y del PAN, y seres tan repulsivos como Carlos Alazraki, Beatriz Pagés, o el escurridizo panista Francisco García Cabeza de Vaca. Incluso Jorge Fernández Menéndez desenmascaró ahí su posición no como opositor sino como instrumento de la ultraderecha. La batalla en Estados Unidos no es la nuestra, pero nos involucra, porque Trump y su desvergonzada y deliberada estulticia es apenas un mecanismo operativo que acelera la debacle de la democracia, pero que tiene sus propias termitas en cada nación. Si bien la batalla estadounidense contra Trump no es nuestra batalla, cada país americano libra su propia batalla contra lo que Trump representa. Son distintas las armas, distintas las huestes, distintos los frentes, el enemigo es el mismo donde Trump sólo es una de sus máscaras. Asimismo, lo que pasa hoy en Estados Unidos y sus “satélites” americanos, es lo que nos ofrece esa milicia mercenaria: un retroceso generalizado para toda la humanidad, porque la libertad “libertaria” no es libertad, es servidumbre.
En sustancia, “Bad” Benito Antonio “Bunny” no convocó a la unidad americana sino a la de la diversidad étnica dentro de los Estados Unidos. Al resto nos entusiasma ese empoderamiento porque representa una reacción legítima frente a la injusticia; y además nos conviene, porque trata de frenar a un régimen faccioso, supremacista y violento, que nos oprime y amenaza. Debemos aprender en cabeza ajena y no perder de vista que Trump tiene un año de evadir leyes, romper alianzas, fomentar guerras y violencia, convertir a militares en piratas, asesinar balseros y ciudadanos, amparar genocidas y perversos, y que ni los estados de la Unión Americana ni los otros poderes federales han podido detenerlo. Vacunarnos contra una eventualidad semejante es igual o más urgente que la vacuna del sarampión.
Así, mientras los trumpistas estadounidenses replican al show de Benito Antonio desde una perspectiva moral, a la vez confirman su apoyo a un gobierno y a élites política y económica, que están involucrados dolosa o casualmente con una red de tráfico sexual, poder y excesos de ninguna manera morales o cristianos. Esto perfila cada vez más a una pornocracia que avergonzaría a aquella vergonzosa Pornocracia Romana durante el gobierno de una docena de papas en el siglo X. No culpo a los conspiranóicos que empiezan a establecer paralelos entre el trumpismo, Epstein, y la última película de Stanley Kubrick, “Eyes Wide Shut” (1999). Me reí de esto… al principio. Pero luego recordé lo perfeccionista y escrupuloso que era Kubrick en sus películas y no pude evitar un escalofrío de terror. Tal vez “Bad Bunny” y sus letras incomprensibles (afortunadamente) acaben siendo loas a la castidad comparadas con lo que Trump sigue encubriendo descarada y desesperadamente.



