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La Dinastía Digital: Narcisismo, Linaje y Erosión Democrática

Por Carlos Chavarria Garza

La democracia mexicana enfrenta muchas presiones pero una en particular, sutil pero no por eso menos real,  es el no haber podido sacudirse el peso del linaje en sus procesos de participacion politica ventajista o de oportunidad.  Este fenómeno no es una ruptura histórica, sino una evolución del histórico patrimonialismo politico mexicano: si antes hablábamos de las «familias revolucionarias» que se repartían el poder, hoy presenciamos una metamorfosis donde las redes vinculadas por el linaje aprovechan para disfrazarse de progresistas con la  “modernidad digital”. 

Conocidos casos como el de la familia Del Mazo en el Estado de México, que ha gobernado por tres generaciones, o el control dinástico de la familia Monreal en Zacatecas, demuestran la persistencia de esta lógica. Más aún, en el escenario nacional actual, figuras prominentes buscan asegurar la continuidad de sus proyectos a través de hijos o cónyuges o parentela en general, utilizando las redes sociales para gestionar en le mente de los electores un patrimonialismo politico digital que confunde popularidad con capacidad de gobierno, explotando la ingenuidad de algunas capas sociales. 

Este comportamiento resuena con estructuras autoritarias más severas, como el dinasticismo operante en Nicaragua, donde la concentración del poder familiar ha anulado la democracia.

La democracia contemporánea enfrenta una amenaza compleja, alejada de los golpes de estado militares o las monarquías absolutas del pasado. Como señalan Levitsky y Ziblatt (2018) en Cómo mueren las democracias, no estamos siendo gobernados por reyes de derecho divino, sino por líderes encumbrados que utilizan las mismas instituciones democráticas para erosionar el sistema desde dentro. No es solo un estilo de gobernar, es la creación de una realidad alternativa donde el líder es el centro y la razón de ser del Estado. Este fenómeno se basa en la instrumentalización de las crisis, donde los poderes ejecutivos, aduciendo la necesidad de rapidez ante emergencias —reales o fabricadas—, logran tejer una red de normas que les otorgan facultades excepcionales. Lo que debería ser una excepción temporal para condiciones de deterioro del Estado, se convierte, por la voluntad de perpetuarse en el poder, en el modo cotidiano de gobernar.

En este contexto, la psicología de estos líderes juega un papel central. Impulsados por un narcisismo patológico, se perciben no como servidores públicos temporales, sino como salvadores indispensables o «mesías» destinados a guiar a la nación. Esta autopercepción transforma la política en un ejercicio sectario: la lealtad personal al líder se valora por encima de la capacidad técnica o la ética. En consecuencia, la oposición no es vista como un disenso legítimo necesario en una democracia, sino como una traición que debe ser purgada y su peso politico minimizado. 

El líder narcisista necesita un entorno que valide constantemente su imagen magnificada, creando cámaras de eco donde solo resuena su propia voz. La psicología colectiva de los seguidores es fundamental: se produce una identificación proyectiva donde los seguidores se sienten reflejados en la fuerza del líder, adoptando un mecanismo de defensa colectivo ante las críticas, atacando al crítico y adoptando una mentalidad de asedio.

El peligro se intensifica con la llegada de una nueva generación de políticos que utilizan las redes sociales para gestionar esta narrativa. Siguiendo el análisis de Han (2013) sobre la sociedad de la hipervisibilidad, estos líderes esconden sus patologías y sus aspiraciones autoritarias detrás de un discurso moderno y populista. A diferencia de modelos antiguos, este líder se proyecta como alguien joven, accesible y tecnológico, pero a la vez indispensable. Al confundir la popularidad digital con la legitimidad política, fomentan un dinamismo patrimonialista donde el Estado y sus recursos son tratados como extensiones de su patrimonio personal o familiar. La pretensión de heredar cargos a cónyuges o hijos —como se observa en casos locales y regionales— se disfraza de «excelencia» o continuidad natural, cuando en realidad busca asegurar la impunidad y la concentración del poder, sintiéndose verdaderos «reyes» o «reinas» del Estado.

Este andamiaje político opera sobre un régimen de mentiras institucionalizado, un concepto que resuena con la crítica de Arendt (1972) sobre la manipulación de la verdad fáctica por parte del poder. Careciendo de los atributos técnicos para dirigir el Estado de manera eficiente, estos líderes dependen de la manipulación de la realidad para ocultar su ineficiencia y sus actos de corrupción. La realidad fáctica es sustituida por una narrativa organizada donde los fracasos se convierten en supuestos éxitos y las críticas en ataques de enemigos imaginarios. La corrupción se justifica como eficiencia bajo el pretexto de que los mecanismos legales son lentos, mientras se crea un cerco informativo sectario donde solo la narrativa del líder es válida.

Finalmente, este régimen de mentiras esconde problemas contingentes que actúan como bombas de tiempo, particularmente en el ámbito financiero. Para alimentar su imagen de eficiencia y modernidad, estos líderes impulsan proyectos faraónicos que carecen incluso de viabilidad técnica,ademas de  repago suficiente para ser sustentables. Estas obras faraónicas, ejecutadas a menudo sin licitaciones transparentes para acelerar su inauguración y obtener rédito político inmediato, se convierten en cargas impagables para el erario público. La falta de atributos técnicos potencia la corrupción, al volverse dependientes de redes clientelares y familiares para mantener el control.

Para contrarrestar este comportamiento, que podríamos definir como un narcisismo principesco, la vigilancia ciudadana no puede limitarse a los canales tradicionales. Es imperativo desmantelar esta máscara patológica en el mismo terreno donde opera: el ecosistema digital. Esto requiere una operación política ciudadana que traduzca datos técnicos complejos en contra-narrativas digitales virales, evidenciando cómo el culto a la personalidad del «príncipe» hipoteca el futuro financiero de la nación bajo una ilusión de prosperidad basada en deudas insostenibles. La lucha por la democracia hoy se libra en la capacidad de arrancar esa máscara públicamente y exponer la realidad fáctica sobre la ficción populista, desmantelando la ineficiencia y evidenciando el patrimonialismo.

Referencias Bibliográficas

  • Arendt, H. (1972). Crises of the Republic: Lying in Politics, Civil Disobedience, On Violence, Thoughts on the French Revolution. Harcourt Brace Jovanovich.
  • Borjas García, H. A., & Haro Pérez, A. I. (2024). Tipificación del nepotismo en América Latina: estudio de caso de las familias presidenciales de Argentina (2007–2022), Brasil (2019–2022), y Nicaragua (2007–2022). Encrucijada Revista Electrónica Del Centro De Estudios En Administración Pública, (47), 104–130.https://doi.org/10.22201/fcpys.20071949e.2024.47.86317
  • Han, B.-C. (2013). La sociedad de la transparencia. Herder Editorial.
  • Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). Cómo mueren las democracias. Ariel.

Fuente:

Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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