Por María Beasain
No hace falta ser un exégeta del derecho administrativo para entender el último festín de cinismo que nos entrega el Congreso de Nuevo León. La Auditoría Superior de la Federación (ASF) ha publicado un inventario de miserias que, más que un informe financiero, parece el árbol genealógico de una monarquía de rancho. Aquí no hay «interpretaciones creativas» que valgan; lo que hay es un asalto sistemático a la caja chica —y grande— del estado.
Los Hermanos sean Unidos… en la Nómina
El dato duro es un bofetón de realidad: cinco casos de nepotismo y conflicto de interés detectados en las bancadas del PRI y del PAN. Diez hermanos que han confundido el servicio público con una herencia familiar, cobrando simultáneamente en diversas áreas del recinto legislativo.
Estamos hablando de un daño patrimonial que asciende a 4.5 millones de pesos por aclarar. No son errores de dedo ni omisiones contables; son 10 observaciones formales, pliegos de cargo y promociones de responsabilidad administrativa. Es el sello de la casa, pero ahora con el rigor de la lupa federal, lo que deja a los «honorables» diputados sin el cobijo de sus auditores locales a modo.
Un Ecosistema de Impunidad
Lo que verdaderamente debería indignar no es solo que el hermano de «X» o la cuñada de «Y» tengan un sueldo. El verdadero cáncer es el ecosistema de negligencia planificada que lo permite. La revisión de la ASF revela una estructura diseñada para el desvío y la opacidad:
- 255 contrataciones por honorarios de personas que no acreditaron el perfil para el puesto.
- Pagos autorizados por «fantasmas», sin que se identifique a un responsable administrativo.
- Comprobantes fiscales cancelados o presentados fuera de tiempo (la especialidad de la opacidad).
- «Apoyos sociales» sin sustento y gastos en celebraciones que parecen más un carnaval que una gestión pública.
El Congreso como Agencia de Empleos
Cuando el dinero de los ciudadanos se convierte en una nómina de confianza, el Poder Legislativo renuncia a su naturaleza. Un diputado que utiliza su curul para incrustar a su parentela en el presupuesto pierde toda autoridad moral para fiscalizar a otros. El Congreso deja de ser un contrapeso para transformarse en una agencia de colocaciones premium, donde el mérito se mide por el apellido y la lealtad por el cheque.
Es la paradoja de nuestra clase política: se desgarran las vestiduras hablando de «defender las instituciones» mientras, por debajo de la mesa, las desmantelan pieza por pieza para alimentar a su clientela familiar.
«La desconfianza ciudadana no es un fenómeno espontáneo; es la respuesta lógica a un sistema que trata los impuestos de la gente como el botín de una fiesta privada.»
Luego, con una fingida sorpresa que raya en lo patológico, estos mismos actores se preguntan por qué la gente ya no cree en la política. La respuesta está en la nómina, en las facturas canceladas y en esos 4.5 millones que, seguramente, terminaron financiando el estilo de vida de quienes juraron servirnos y solo se sirvieron a sí mismos.



