Hay historias que no levantan la voz, pero se quedan a vivir dentro de nuestro corazón. Amélie y los secretos de la lluvia es una de ellas. El filme francés, nominado al Oscar a Mejor película animada, apuesta por la intimidad, por esa infancia en la que cada emoción es desbordada, donde la imaginación protege y al mismo tiempo revela lo que duele; publica MILENIO.
Desde la animación, la película construye un relato profundamente humano sobre la memoria, la identidad y la fragilidad de crecer. La historia parte de una premisa aparentemente sencilla: una niña belga nacida en Japón enfrenta un acontecimiento que altera su vida para siempre. Tiene tres años de edad cuando todo cambia drásticamente.
Adaptada de la novela de Amélie Nothomb, la historia encontró en la animación no un refugio estético, sino una forma de pensamiento: “Era un tema profundo visto desde la mirada de una niña —dijo la productora Nidia Santiago en entrevista con MILENIO—. Eso no lo vemos seguido. El libro tiene mucho humor, por eso tenía que ser animación”.
Y agregó sobre los principales retos: “Al principio fue difícil convencer a los involucrados en el proyecto de que una novela de Amélie Nothomb, que escribe para adultos, podía convertirse en una película comprensible para niños. Eso lo tuvimos que defender mucho con televisoras y financiadores. Queríamos hacer una película universal”.
Esa decisión fue el primer acto de fe. El segundo, más complejo, fue traducir una novela introspectiva, donde casi todo ocurre en la cabeza de la protagonista, a una experiencia cinematográfica con pulso emocional: “Una de las principales preguntas fue cómo hablar de la muerte sin traicionar el origen y, al mismo tiempo, dialogar con un público joven”.
La respuesta no fue simplificar, sino iluminar. Construir un arco narrativo alrededor de la relación entre Amélie y Nishio-san (figura clave para Amélie) permitió que las emociones encontraran cauce. La pérdida y la infancia se presentan como descubrimientos. El proceso tomó años: seis meses de análisis antes de adquirir los derechos, dos años de escritura formal, y reescrituras durante la producción. “Si sumo todo, fueron casi cinco años dedicados al guion”, recordó.
Convencer a los financiadores tampoco fue sencillo. ¿Cómo explicar que una autora asociada a la literatura adulta podía transformarse en una película accesible para niños sin perder profundidad? El equipo desarrolló un teaser que condensaba la atmósfera visual y emocional del proyecto. Fue la prueba de que la sensibilidad también puede ser universal.
El riesgo mayor, confiesa Santiago, fue apostar por dos directores debutantes en el largometraje, “creer en ellos fue el riesgo más grande”. Una decisión que hoy resuena con el respaldo del público, pues la cinta tuvo presencia en el Festival de Cannes y conquistó el Premio del Público en el Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy.
Ahora se prepara para competir en el Oscar en la categoría de Mejor película animada, frente a la gran favorita K-pop Demon Hunters. Más allá de premios, lo que vuelve necesaria a Amélie y los secretos de la lluvia es su manera de mirar la migración desde la infancia, “eso resulta ser doloroso”, explicó.
En tiempos en que millones de niños crecen entre lenguas, mapas y memorias cruzadas, la película ofrece algo más que representación, ofrece comprensión: “Ser niño y crecer en otro país es algo muy significativo, eso hace que la gente pueda sentirse cercana a Amélie”.

Santiago lo sabe en carne propia; nació en Oaxaca, cambió de ciudad varias veces y más tarde se mudó a París.
“Eso cambia tu perspectiva y tu vida”, dijo; por ello, su vínculo con la historia no es solo profesional, hay algo íntimo en acompañar a una niña que aprende que pertenecer no siempre depende del lugar donde naciste, sino del sitio donde floreces.
Amélie y los secretos de la lluvia no busca dar respuestas definitivas. Se atreve, más bien, a sostener preguntas esenciales con delicadeza: ¿qué recuerda un niño cuando todo cambia?, ¿cómo se nombra la pérdida cuando apenas se está aprendiendo a nombrar el mundo? La animación, aquí, no suaviza la realidad. La vuelve habitable. Y ahí radica su fuerza.
Imagen portada: Especial / MILENIO



