Mientras familias buscaban a los mineros desaparecidos tras un secuestro en Concordia, el Carnaval de Mazatlán rompía récords y derrama económica. ¿Por qué el caso no movilizó a Sinaloa?
Un día después de que el cuerpo del minero José Ángel Hernández Vélez regresó a su natal Cañitas de Felipe Pescador, Zacatecas, en un ataúd cerrado por la tortura que sufrió a manos de sus asesinos, el gobierno de Sinaloa destapó la cerveza, subió el volumen de la tambora e inauguró el Carnaval de Mazatlán; publica MILENIO.
Dos realidades chocaron el 12 de febrero: por un lado, decenas lloraban a los cinco mineros asesinados –y aún seis desaparecidos– tras un secuestro masivo en Concordia, Sinaloa, en medio de la guerra entre los hijos del Chapo y La Mayiza; por otro, miles bailaban y se embriagaban con la coronación del Rey de la Alegría, el acto inaugural de la parranda callejera más grande de este estado que aún siente nostalgia por su pasado ferrocarrilero.
“¿Es que no les duele nuestro dolor?”, me preguntó por teléfono Omar, primo de José Ángel, orgullo del pueblo por graduarse como ingeniero minero y trabajar en la mina canadiense Vizsla Silver Corp. “¿Qué festeja esa gente? Todavía faltan otros cinco mineros [de Vizsla] por aparecer y uno más de otra mina. Estamos de luto, ¿cómo pueden ser así con nosotros?”.

Omar hablaba en voz baja. Estaba en la casa de su primo y sus familiares dormían. Era el único momento en que el dolor les suelta un poco, o pueden soñar con que José Ángel sigue vivo y no quiere despertarlos con sus reclamos. Él, en cambio, desde la noticia del rapto, el 23 de enero, arrastra un insomnio crónico que le sube la presión. Si tan sólo se sintiera acompañado, lamentó, el sufrimiento sería menos. Todos duermen, excepto él. Y la soledad de las noches le abruma. Por eso, conversamos casi a la medianoche, luego del primer día del carnaval; luego de la multitud en el malecón que vio por la televisión que lo hacía sentir aislado del mundo. Incomprendido, como un extraterrestre en otro planeta.
“Si toda esa gente se hubiera juntado para exigir el regreso de mi primo, desde el primer momento de su desaparición, ¿nos lo habrían devuelto con vida?”, preguntó.
Es jueves 12 de febrero y Omar quisiera que los días siguientes estuvieran llenos de protestas, pero hay poca acción en el calendario: acaso una serie de marchas convocadas para el sábado 14 de febrero en estados mineros, como Durango, Chihuahua y Sonora, pero Omar le tiene poca fe a esas manifestaciones. La gente preferirá celebrar el Día del Amor y la Amistad, dijo, en lugar de parar y exigir que excaven con más rapidez en las fosas clandestinas en el ejido El Verde en Concordia, Sinaloa, donde se cree que hay más cuerpos enterrados.
“¿Por qué no les dolemos? ¿Es que no somos mexicanos?”, me volvió a preguntar. Y yo, como lo he hecho en toda la llamada, me quedo en silencio y sin respuestas.
El sacrificio de los mineros en el mundo
Las historias de mineros en apuros típicamente han conmovido a las naciones donde ocurren las desgracias. En 1937, el escritor británico George Orwell publicó su libro El Camino a Wigan Pier en el que relataba su experiencia trabajando en las minas de Inglaterra y explicó así el dolor que sentía cuando se enteraba de que un compañero suyo estaba en peligro: “En el fondo de la mina uno comprende que la civilización moderna depende, en último término, de hombres que trabajan en la oscuridad.”
Acaso los mineros duelen porque hacen el trabajo duro que muchos no quieren hacer. O porque lo hacen por un sueldo precario o bajo condiciones de altísimo riesgo. O porque heredaron, a la fuerza o por condiciones de pobreza, ese oficio de sus padres, que murieron siendo muy jóvenes por el trabajo duro y los peligros sanitarios que significa extraer minerales e inhalar polvos tóxicos. O por su muerte violenta: ahogados, asfixiados, quemados, aplastados.
Su sacrificio nos recuerda las batallas más elementales: lo atrasado contra lo moderno, la oscuridad contra la luz, el trabajo contra el abandono. El minero desciende al fondo de la tierra para iluminar los caminos de los de arriba. Y cuando algo les pasa, el drama es absoluto: están atrapados en la oscuridad de un secuestro o en la asfixia de una mina colapsada. Su rescate siempre supone una carrera contra el tiempo. Ha pasado así desde la tragedia de 1942 en Liaoning, China, hasta la de 2016 en Aberfan, Gales. Por ejemplo, en 1986, en Evander, Sudáfrica, el incendio de una mina de oro dejó 177 muertos. A pesar de que ocurrió en pleno ‘apartheid’, cientos de familias negras salieron a las calles a exigir que el gobierno asumiera su responsabilidad y mejorara de inmediato las condiciones de trabajo de los mineros.
En 2006, en Virginia Occidental, Estados Unidos, una explosión en una mina de carbón atrapó a 13 obreros; originalmente, la empresa dijo que 12 habían sobrevivido y luego corrigió para dar a esos 12 por muertos, lo que causó protestas callejeras y reformas en la seguridad minera.
Ese mismo año, México vivió una de sus más grandes tragedias mineras: a las 2:30 de la madrugada del 19 de febrero de 2006, una explosión por acumulación de gas metano provocó el colapso de varios túneles en la mina de carbón Pasta de Conchos, operada por Grupo México en San Juan de Sabinas, Coahuila. Casi de inmediato, 65 mineros quedaron atrapados a 490 metros bajo la tierra.
El tiempo, como suele pasar en estas tragedias, empezó a agotarse.
Empresas que prefieren pagar el costo de la muerte de sus mineros

En el convulso 2006 –año de elecciones presidenciales, alza de violencia asociada a los cárteles,represión en Atenco y revueltas magisteriales–, la sociedad mexicana se conmovió cuando las familias informaron al país que el rescate apremiaba: los obreros atrapados tenían una reserva de oxígeno que se agotaría en las siguientes seis horas. De acuerdo con las víctimas indirectas que más tarde conformarían la asociación civil Familia Pasta de Conchos, Grupo México avanzó con una sospechosa cautela hacia los mineros atrapados. Los dueños de la mina preferían, según los deudos, pagar el costo de la muerte de los obreros que el reconocimiento de sus negligencias.
El país se mantuvo con una ligera esperanza de ver a los mineros salir con vida, pero seis días más tarde del colapso, Grupo México convocó a una rueda de prensa en la que anunció que no había posibilidad alguna de supervivencia. A partir de entonces, las maniobras cambiaban de objetivos: de rescatar vidas a recuperar cuerpos. Sólo dos cadáveres se extrajeron de la mina colapsada. Extrañamente, esos restos humanos estaban intactos, una señal de que se pudo hacer más para rescatar a los mineros que nunca salieron del subsuelo.
El caso se convirtió en un símbolo de impunidad laboral y negligencia empresarial. Las viudas y madres se articularon con iglesias, sociedad civil y estudiantes en una lucha persistente por el rescate y la justicia. La deuda histórica del Estado mexicano con los mineros está a la vista en el ‘Antimonumento +65’, cerca de la Bolsa Mexicana de Valores, sobre el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México. La indignación sí salió a la calle.

La desidia de Grupo México y de la Secretaría del Trabajo federal contrastó cuatro años más tarde con la actuación del gobierno de Chile. El 5 de agosto de 2010, un derrumbe en una mina de cobre y oro en la región de Atacama atrapó a 33 mineros a 700 metros de profundidad. Lo que en un principio parecía una tragedia sin buenas noticias, a las ocho horas del accidente se volvió una proeza cuando ingenieros mineros comenzaron a idear un rescate sin precedentes a través de una chimenea de ventilación. El rescate puso a prueba a Chile y la tecnología del mundo.
En tiempo récord, el gobierno nacional y la iniciativa privada dedicaron 29 millones de dólares a la creación una cápsula especial llamada Fénix que extrajera, uno a uno, a los mineros agonizantes, como si se tratara de un elevador dentro de un misil vacío. Cada intento, fracaso, éxito, fue transmitido en vivo y a escala global.
Cuando salió el primer minero vivo, a 16 días del colapso, el mundo se volcó a ver el rescate. Más de 300 medios de comunicación del mundo viajaron a Chile para transmitir la proeza. La audiencia estimada fue de mil millones de espectadores, superando las finales de la Copa del Mundo y espectáculos de medio tiempo del Super Bowl. Cuando el último minero fue extraído con vida, Chile festejó como nunca. La historia se ha traducido hoy a documentales, películas, libros, canciones, que hablan del tesón humano y del esfuerzo colectivo.

En 2012, una historia similar conmovió al mundo: nueve mineros quedaron atrapados en una mina en Yauca del Rosario, Ica, Perú. Tras seis días de maniobras, los obreros salieron casi ilesos en una cápsula metálica, para el alivio de un país angustiado que aprendió de las mejores prácticas chilenas.
Otros accidentes no han tenido la misma suerte. En 2014, un incendio en una mina de Soma, Turquía, mató a 301 mineros. La tragedia sacó a miles a las calles contra las precarias condiciones laborales. Algo similar pasó en Baluchistán, Pakistán, en 2018: 19 mineros murieron aplastados por un derrumbe causado por acumulación de gas metano. De nuevo, miles salieron de sus casas a protestar por los obreros.
En México, una segunda tragedia puso a prueba la indignación nacional: en agosto de 2022, una inundación dejó 10 mineros atrapados en un pozo de carbón en la Mina El Pinabete en Sabinas, Coahuila. Nadie sobrevivió a pesar de organizar un rescate extraordinario y las familias se quedaron esperando a que el país se uniera a ellas en la exigencia de que se intentara salvarles la vida con la misma intensidad que vieron por televisión e internet en Atacama, Chile.
“Los ‘levantados’ son mineros de una empresa trasnacional”

Un día más tarde de colgar con Omar, el primo de José Ángel, llamé a Cristina Auerbach Benavides, directora de Familia Pasta de Conchos, para consultarle una duda: ¿por qué a los mexicanos sí nos conmueven los mineros, pero no nos provocan una acción colectiva? ¿Por qué podían dolernos los secuestrados y asesinados de Concordia, Sinaloa, pero no al punto de frenar el carnaval?
Su primer dato me deja frío: en la zona carbonífera de Coahuila –que abarca, Pasta de Conchos– hay registros de más de tres mil mineros muertos en condiciones terribles, desde antes de la tragedia de 2006. En 1969, cuenta, en las minas de Guadalupe fallecieron 157 mineros en un sólo día. Pero nadie los quiso contar en ese año en que México aún se palmeaba la espalda por los Juegos Olímpicos.
“Nos parece brutal que los secuestren, que aparezcan muertos, pero ellos pertenecen a una clase social distinta. ¿Dónde están los sindicatos? Hoy quienes están convocando a las marchas –y me parece muy bien que marchen– son los geólogos y los ingenieros. ¿Por qué? Porque entre los ‘levantados’ había profesionistas de una empresa transnacional extranjera [Vizsla Silver Corp]. Si hubieran sido los mineros de a pie de una minera nacional, no convocan marchas. Esto que te digo me duele, pero es la única explicación que encuentro”, dice Cristina.
No sólo se trata de diferencias de escolaridad y clase, sino económicas: históricamente, a los mineros de a pie se les paga el salario mínimo y así se les registra en la seguridad social. Su salario se completa con pagos en efectivo por “bonos de productividad”, es decir, para ganar lo suficiente para su familia deben autoexplotarse. Son los marginales, los pobres, de la ropa sucia, la cara manchada, dice la activista.
“Su vida es corta. Desarrollan lesiones en la espalda, rodillas, cáncer, todo tipo de dolencias. La vida de un minero es corta, por eso ni siquiera los papás quieren que sus hijos sean mineros. Mueren a los 45, 50 años. Y mucha gente así lo piensa: si morirá pronto, ¿para qué me desgasto exigiendo su aparición con vida?”, cuenta Cristina, quien también es abogada de Pastoral Laboral de México.
La misma pregunta la llevo a Emma Landeros, especialista en desapariciones forzadas y tortura. Su respuesta es dura como mineral extraído en la oscuridad: “porque los mineros son los otros, los de enfrente, los que no tienen nada que ver con nosotros; y en el México del crimen organizado se les ve como ‘daños colaterales’ de la guerra. Los que pagan con su cuerpo por la guerra. Los sacrificados para que a la fiesta no le falte luz”.
Una última duda para Fanny Moreno, viuda de una mina en Mezcala, Guerrero: “los mineros valen madres porque se mueren bajo la tierra. No dejan sangre, no dejan cuerpos, no molestan a nadie. No conmueven porque un minero está condenado a muerte desde antes de que algo explote o lo secuestre el crimen organizado”, contesta.
¿Qué pensará Omar de las respuestas que he recolectado desde nuestra última llamada?
La resaca luego del Carnaval de Mazatlán

Tras cinco días de borrachera, baile y descontrol, el carnaval de Mazatlán cerró el telón este martes 17 de febrero. El gobierno que encabeza el morenista Rubén Rocha Moya se infla de orgullo: un millón 346 mil personas han festejado, como si la guerra ya se hubiera terminado. Entre todos los asistentes han dejado una derrama económica que supera los mil 623 millones de pesos. Todas las estimaciones quedaron cortas. La parranda ha sido un éxito brutal.
Pero ya es la etapa de resaca y el destino de cinco o seis mineros de Vizsla Silver Corp aún es incierto. Nadie sabe de ellos. Lo advirtió la madre de Carlos Emilio Galván Valenzuela, de 21 años, desaparecido desde el 5 de octubre de 2025 tras entrar al baño en el bar Terraza Valentino en Mazatlán, Sinaloa: durante el carnaval nadie va a buscar a los ausentes. Y su profecía se ha cumplido.
“Sigo jodido, hermano. No duermo, no como, no descanso. Haz de cuenta que a mi también me mataron y me dejaron en esa fosa”, dijo Omar, quien ha preferido apagar la televisión para no enterarse de los detalles de la parranda a las orillas del Pacífico. “Siento que todo cambió, y a nadie le importa”.
Siguió hablando bajito. Me lo imaginaba en algún rincón de la casa procurando no despertar a nadie. Afortunados ellos que ven en sueños a José Ángel. Él sólo miraba abandono, un hueco en la sala y las pastillas que le recomendaron para dormir aventadas en la mesa del comedor.
“¿Qué te dijeron? ¿Ya sabes por qué no les importamos?”. Y entonces le conté de las respuestas que había acumulado. Él se quedó en silencio. Tras una larga pausa de escucharme, quiere terminar la conversación. “Sí… pues… creo que tienes razón. Valemos madres”. Y colgó la llamada. En los días siguientes su teléfono me mandará a buzón. Apagado siempre. Mientras espero a que lo encienda de nuevo y quiera contestarme, voy preparando una respuesta para la pregunta que me hizo cuando empezamos a hablar: “¿Es que no les duele nuestro dolor?”.
Imagen portada: MILENIO
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