Por Carlos Chavarria Garza
Lo que más debe preocupar de situaciones como la que acaba de protagonizar Marx Arriaga, pretendido diseñador de materiales educativos de la SEP, no es la teatralización como recurso para llamar la atención, sino que los pocos argumentos que esgrimió para defenderse del intento de despedirlo están marcados por una mezcla de intentos para justificar lo que él o ellos llaman la Nueva Escuela Mexicana. Esta es entendida como una abierta adoctrinación hacia el mismo estalinismo que ha hundido a países enteros y destruido oportunidades para millones de personas.
Como bien advirtió el mismo Paulo Freire (1970) en su crítica a la «educación bancaria», el acto de depositar ideología en sujetos pasivos no busca la liberación, sino la domesticación del pensamiento, convirtiendo el aula en un instrumento de control estatal en lugar de un espacio de conciencia crítica.
Resulta sumamente inquietante que se hable de asesores venezolanos detrás de los seudomodernos libros de texto para niños y jóvenes, lo que lleva a cuestionar: ¿De verdad en México no existen expertos en educación que podrían mejorar los textos y planes educativos mirando hacia las realidades a las que nos estamos y estaremos enfrentando en el futuro muy cercano? Asusta pensar que estas personas pretenden igualar a todos «por lo bajo» y convertirlos en un ejército de resentidos como ellos, que solo saben invocar al Marx que nunca existió conforme a su interpretación y autonombrarse de izquierda; una izquierda que odia la democracia y apuesta al aislamiento como método de insurgencia, como ellos lo llaman.
El hoy exdirector de materiales educativos de la SEP es leninista de hueso colorado, porque mientras Marx veía en la educación un medio para la emancipación humana y la superación de la división trabajo manual/intelectual, Lenin enfatizó su papel como un arma política indispensable para garantizar la consolidación del poder proletario.
Si el PRI tuvo en la Revolución Mexicana su sustrato y banderas ideológicas, hoy MORENA busca recurrir al socialismo avejentado de la época de la Guerra Fría para inventar su narrativa y justificar una transformación que, como expresó en su momento Cuauhtémoc Cárdenas, no tiene forma, excepto las más rebuscadas para esconder su poca imaginación para construir visiones de futuro aglutinantes de la voluntad colectiva.
Parafraseando a Jorge Luis Borges: “Me encanta la izquierda mexicana porque tiene todo su pasado por delante”. Esto sugiere que la izquierda a menudo busca el futuro mirando hacia atrás (al nacionalismo revolucionario, a las figuras de la Revolución o la edad de oro del Estado omnipresente). Es la forma en que Borges aplicaba la flecha del tiempo de Zenón a la política: un eterno retorno donde el futuro no es más que el pasado repetido. Un destino circular en el que, en lugar de avanzar hacia algo nuevo, se corre el riesgo de repetir los mismos ciclos, errores o estructuras del pasado que juraron transformar. Si el pasado está «adelante», el camino ya está trazado, lo cual es lo opuesto a la verdadera vanguardia. En términos de Octavio Paz (1950), se evoca la figura del «Ogro Filantrópico»: ese Estado que, bajo la máscara de la protección y la educación, busca absorber la voluntad individual en una mitología nacionalista estática.
Asusta pensar que estos tipos crean que es mejor no mejorar en el futuro a cambio de que todos contemplemos sus puntos de vista torcidos como la mejor salida para la vida. El solo hecho de que pretendan determinar lo que le conviene a todos los padres de familia es dejar en sus manos la construcción de la mente de sus hijos, además de representar su enorme arrogancia intelectual.
Ante este panorama, cabe preguntarse si los modelos a imitar son Cuba y Venezuela, lo cual resulta absurdo. Frente a este intento de control ideológico, la verdadera alternativa para México radica en fomentar un modelo educativo centrado en el pensamiento crítico, la competitividad global y la libertad de cátedra, garantizando que el aula sea un espacio de crecimiento y no una trinchera de adoctrinamiento.
Es imperativo que no dejemos de mirar hacia el futuro y reconozcamos las enormes capacidades del ser humano en libertad para diseñar su propio destino. Debemos evitar a toda costa el determinismo histórico y la imposición de visiones estáticas. El anacronismo de figuras como Arriaga radica en creer que el control social se agota en la posesión física del libro de texto, ignorando que el papel es hoy una infraestructura marginal. Existe una convergencia perversa: las ideologías radicales —sean de izquierda o derecha— actúan hoy como el contenido «gancho» que alimenta los algoritmos. Si en el pasado las élites políticas «compraban plumas» para moldear la opinión pública, hoy adquieren ejércitos de bots para fabricar consensos artificiales y silenciar la disidencia. Así, el adoctrinamiento estatal en el papel prepara a un ciudadano pasivo que luego es entregado a una gobernanza algorítmica que lo convierte en vasallo de la renta digital.
El análisis de la geometría política latinoamericana actual revela una transición crítica hacia un tecnofeudalismo pragmático. En este nuevo orden, como sostiene Yanis Varoufakis (2023), las estructuras de poder instrumentalizan los mismos mecanismos de control digital para consolidar una gobernanza basada en la renta algorítmica y el extractivismo de datos, donde el ciudadano deja de ser un sujeto político para convertirse en un vasallo de la infraestructura tecnológica; un fenómeno que Shoshana Zuboff (2019) define como la captura de la experiencia humana para la modificación del comportamiento.
Frente a esta erosión de la soberanía, surge la urgencia de una revolución creativa fundamentada en la inteligencia colectiva. Esta respuesta no propone un retroceso analógico, sino una reapropiación del código a través de nodos de resistencia que exploten la rigidez de los algoritmos frente a lo local y lo comunal. Para materializar esta resistencia, es imperativo reformular el sistema educativo, sustituyendo el modelo de consumo pasivo por un currículo de soberanía tecnológica. Esta hoja de ruta pedagógica, alineada con las propuestas de Ivan Illich (1971) sobre la creación de tramas de aprendizaje descentralizadas, prioriza la alfabetización en infraestructuras críticas, la cuidado de la atención frente a la dispersión programada y el fomento de bienes comunes digitales. En última instancia, la propuesta busca transformar la educación en una fábrica de sujetos soberanos capaces de gestionar redes de confianza física y digital, devolviendo la tecnología a su escala humana. La soberanía en el siglo XXI no se defiende solo en las urnas, sino en la capacidad colectiva de programar nuestras propias realidades, rompiendo la dependencia del «diezmo» digital y recuperando la autonomía política desde la base técnica y comunitaria.
Referencias Bibliográficas (APA)
- Borges, J. L. (1952). Otras inquisiciones. Sur.
- Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
- Illich, I. (1971). La sociedad desescolarizada. Barral Editores.
- Paz, O. (1950). El laberinto de la soledad. Cuadernos Americanos.
- Varoufakis, Y. (2023). Technofeudalism: What Killed Capitalism. Bodley Head.
- Zuboff, S. (2019). La era del capitalismo de vigilancia. Paidós.



