Por Francisco Villarreal
Veía la película “Bugonia” mientras preparaba una masa para semitas (semitas de pan, aclaro). Soy fanático de las semitas “chorreadas”, y de la Ciencia Ficción. En esta escenificación de “silbar y comer pinole”, era obvio que no todo iba a salir bien: olvidé picar suficiente nuez, me faltó más piloncillo, se me deshilachó un poco la trama de la película y se me enredó con la original coreana del 2003. Además, se me fueron las cabras en la asociación de ideas con los muertos, Kubrick, la Biblia, los perritos, las abejas, el mito de Aristeo. Durante la pax augusta del horneado, me puse a pensar en que en la película pasa algo no muy ajeno a lo que vivimos a diario. La realidad de Teddy y la de Michelle son incompatibles, pero coexisten. Y además, las dos son reales. No son imaginación, no son paranoia, todos los humanos y “aliens” existen operativamente en ambas. No voy a vender el final de la película, ni mis semitas, pero cuando ambas realidades interactúan y se enfrentan, la incompatibilidad no deja otra salida que la destrucción del escenario de la confrontación. Lo bueno de la película es que en la escenografía sólo hay dos opciones. En la nuestra abundan y además se confrontan constantemente. Uno se desplaza en los escenarios, casi siempre voluntariamente, pero rara vez por convicción sino más bien por inducción. La información y desinformación actúan en coro generando caos. Desde la incertidumbre uno se aferra hasta a un clavo ardiente… y en el caos ni siquiera hay semitas chorreadas, sólo hay clavos ardientes.
En este caos claveteado en el que nos han metido, es cada vez más difícil diferenciar la realidad verdadera de la falsa. Tal vez porque hay muchos que viven una ilusión, y aunque saben que su realidad es mentira, creen que aferrándose a ella se convertirá en verdadera. Demasiadas puestas en escena en un mismo escenario. Ya antes estábamos confundidos con las agendas fascistas de la ultraderecha y de Trump, que son iguales pero no son lo mismo. La mentira se impone ya no sólo en la retórica infantil de esa estupidez, ahora también en los hechos, reinterpretando hasta la ley. En México no estamos exentos, aunque los resonadores son torpes. Tal vez porque reaccionan a la voz del amo antes que a su conciencia. Ya hemos tenido ejemplos nítidos del esfuerzo por imponer una ilusión, uno de los más absurdos lo vimos en la candidatura de Bertha Xóchitl. Pero esa ilusión es terca, persiste todavía en cosas como Somos México Great Again and Again, o como se llame esa capirotada de partido, e insiste en otros partidos novísimos de la misma franquicia.
Ahora la misma ilusión se impone en la desafortunada muerte de un líder criminal. Sí, desafortunada, porque la muerte es un destino no un castigo; tampoco es “hacer justicia”, y en estos casos es una forma definitiva de evadir a la Justicia. Que Nemesio Oseguera haya muerto tras un enfrentamiento con militares no es para celebrar. Los militares no iban a matarlo sino a capturarlo. Su muerte fue un error, pero no de los militares sino de la gente de Oseguera al resistirse. Esto sólo hará más difícil desmembrar su organización y, sobre todo, identificar las posibles complicidades tanto en los tres órdenes de gobiernos nacionales y extranjeros, como en la casta política y empresarial. Recordemos que no se trata de los Bandidos de Río Frío, un cártel es una empresa y opera como tal. En este caso, es una empresa internacional, con cadenas de suministro que incluyen a otros países, especialmente al mejor cliente de los narcotraficantes: Estados Unidos.
El embajador gringo en México felicitó a nuestro gobierno por el operativo y dijo que somos más los buenos que los malos, o algo así. En boca del emisario de un estafador, autócrata y asesino, esto nos debería preocupar no halagar. Nuestros valores morales no son ni lejanamente compatibles con los que presume Trump. Habrá mexicanos oficiosos o ingenuos que se pongan ese extraño saco de “bondad”, pero no es nuestra realidad. Ni siquiera desde el punto de vista de la religión que, además, ha sido también usada por Estados Unidos para colonizar países y anestesiar conciencias en todo Latinoamérica. Ya no sé si es por honestidad o por descaro que hay “iglesias” que montan un “Mayflower” en nuevos partidos, peregrinos calvinistas locales estrenando filibote. Matar a un criminal no es siquiera un juicio sumario. Tal vez en Estados Unidos se permita o soslaye, pero en México sería no más que un linchamiento, y en cualquier lugar un homicidio. No se trata de cazar criminales, la vocación en un estado de Derecho es exterminar el crimen.
Un operativo perfectamente justificado, nada inusual ni siquiera para los grupos criminales, se convierte en un nuevo vertedero de basura mediática tanto en México como en otros países. Opinólogos con cualquier gentilicio se dan gusto diciendo cualquier cosa que se les ocurra y que vuelva a dar relevancia a su fantasía de retratar a México como un país en llamas, y con un gobierno incapaz o cómplice de la delincuencia. El operativo en Jalisco causó bajas sensibles en el Ejército mexicano, pero no han sido las únicas y me temo que no serán las últimas. Es de cobardes lucrar mediáticamente con estas muertes, e incluso con las de los delincuentes, para tratar de imponer una realidad falsa. No debe extrañarnos, porque ese servilismo a intereses extranjeros es el mismo que el que hubo a favor de la “guerra” de Calderón. La lucha contra la delincuencia organizada en México también es una defensa de la soberanía, no el rediseño de la geografía del crimen que intentó Calderón.
Los bloqueos y violencia que han resultado de este operativo eran de esperarse. No es la primera vez que un cártel reacciona así a la baja por muerte o captura de un líder. No es una reacción muy inteligente, porque señaliza en el mapa las áreas de influencia y su fortaleza en cada caso. Es muy posible que muchas localidades afectadas se hayan sorprendido al constatar la presencia de ese cártel en su vecindad. De sobra sabemos, y desde hace décadas, que un grupo delincuencial exitoso procura mantener una coexistencia pacífica con su entorno, delatar su presencia sólo ante operativos oficiales e incursiones de grupos antagónicos. Una civilidad retorcida, pero práctica. Titulares nacionales y extranjeros sacuden la imaginación con los bloqueos en México, casi con pinceladas de guerra civil, útiles para la retórica del nuevo fascismo. La lectura real no es difícil porque no son actos de venganza, son en parte protestas por los operativos y en parte manifestaciones públicas de duelo por sus bajas. Los vikingos también incendiaban vehículos para honrar a sus muertos. Incluso puede haber una lectura más, y los bloqueos sean una convocatoria entre líderes para reestructurar las líneas de mando y elegir un nuevo CEO.
Y ahora resulta que Trump, que hace poco o nada por impedir el flujo de armas gringas hacia los cárteles mexicanos, felicita a México por el operativo en Jalisco pero exige más al gobierno mexicano. Nosferatu del fast food, pide más sangre mexicana en su cajita feliz. No podemos distraernos con la verborragia de un mendaz compulsivo. México no es el campo de batalla de Calderón y de su senescal García Luna. Tampoco estamos nadando en aguas mansas. Ninguna precaución es excesiva y las que se han aplicado ya son las mínimas para evitar una avalancha de “daños colaterales” como la de Calderón. No estorban las alertas emitidas desde otros países, pero son obligatorias las alertas que emitan las autoridades mexicanas federal y estatalmente. Los mexicanos aprendimos a caminar sobre las llamas desde hace años, pero los extranjeros no. Y no, el país no está en calma, pero no está desmoronándose. No hay tal realidad alterna, ni príncipe de Andrómeda, ni guerra civil. Aquí no funciona la bugonia del mito de Aristeo. Las reses de la insidia siguen pudriéndose, pero la podre no engendra abejas sino vulgares moscas.
Post scriptum: Rutina personal de tiempos de Calderón al oír balaceras durante la noche: arrojar una almohada y una manta al suelo y… seguir durmiendo.



