Por Joaquín Hurtado
Nací en una casa donde los libros no formaban parte del mobiliario. Había platos, una mesa coja, un radio que emitía radionovelas y boleros, una Biblia deshojada, y herramientas de trabajo duro. Pero no había estantes con libros de literatura universal, ni lomos de enciclopedias. No había libros disponibles para una mente infantil, fresca y ávida.
El primer libro que fue mío no lo compró mi familia: llegó un mes de septiembre de 1967, envuelto en el olor a tinta fresca, repartido en la escuela pública “Benito Juárez” como quien reparte pan. Lo abrí con la ceremonia de quien descubre un mapa secreto. Aquellas páginas gratuitas fueron mi biblioteca inaugural, mi pasaporte a mundos que en casa no cabían. Por eso, cuando hoy se discute su sentido, no puedo evitar pensar que se debate también la memoria de muchos como yo.
En México, el libro de texto gratuito no es solamente un objeto pedagógico. Es un artefacto político, un espejo portátil de la nación y, a ratos, un campo de batalla encuadernado. Desde que el proyecto fue impulsado por Jaime Torres Bodet en 1959, bajo el gobierno de Adolfo López Mateos, el Libro de Texto Gratuito se convirtió en una declaración de principios: el Estado asumiría la tarea de llevar conocimiento a cada rincón del territorio, desde la sierra más remota hasta el barrio más densamente poblado.
La creación de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, conocida como Conaliteg, institucionalizó esa promesa. Cada ciclo escolar, millones de ejemplares viajan como semillas impresas. No preguntan por el ingreso familiar, no distinguen entre escuelas privadas o públicas en su función simbólica, no negocian su presencia. Llegan. Se abren. Se subrayan. Se heredan entre hermanos. En un país atravesado por desigualdades históricas, el libro gratuito ha sido una de las políticas públicas más benéficas, persistentes y universales.
Pero también es metáfora de disputa.
En años recientes, el rediseño de contenidos y enfoques pedagógicos reavivó una confrontación ideológica que venía incubándose a lo largo de décadas. Sectores conservadores y organizaciones de derecha acusaron a los nuevos libros de promover una visión “sesgada” de la historia y de la realidad social. El nombre de Marx Arriaga, quien encabezó la Dirección General de Materiales Educativos en la SEP, se convirtió en epicentro de la polémica. Su accidentada salida del cargo fue leída por algunos como una rectificación institucional; por otros, como una concesión ante la presión política y mediática.
La discusión, sin embargo, va más allá de una persona. El libro de texto gratuito encarna una pregunta más profunda: ¿quién narra la Nación? En sus páginas se decide qué episodios históricos se enfatizan, qué conceptos se introducen a temprana edad, qué imágenes de ciudadanía se promueven.
No es un simple compendio de ejercicios de matemáticas o lecturas de comprensión; es una cartografía moral.
Quienes se oponen a ciertos contenidos argumentan que el Estado no debe “adoctrinar”. Temen que el aula se convierta en un laboratorio ideológico donde se incline la balanza hacia determinadas corrientes políticas. En su visión, el libro gratuito debería limitarse a conocimientos “neutrales” y técnicos, evitando interpretaciones sociales o críticas estructurales.
Pero esa neutralidad es, en sí misma, otra metáfora. Ningún libro es aséptico. Toda selección implica exclusión. Toda narrativa organiza el pasado y el presente bajo una perspectiva. El libro de texto gratuito, al ser producto de una política pública centralizada, hace visible lo que en otros contextos permanece disperso: la tensión entre educación y poder.
En un país con brechas profundas de acceso cultural, el libro gratuito ha sido una herramienta de democratización simbólica. Ha permitido que niñas y niños de contextos marginados tengan un punto de partida común. Ha contribuido a la construcción de un lenguaje compartido sobre la historia nacional, los derechos sociales y las aspiraciones colectivas. Sus ilustraciones, sus relatos, sus ejercicios, han moldeado generaciones enteras.
No es casual que la batalla cultural se libre allí. El aula es el terreno donde se disputan las imaginaciones futuras. Para algunos sectores de Derecha, el cuestionamiento a los libros recientes se inscribe en una defensa de valores tradicionales y de una visión más individualista del progreso. Para otros, la actualización de contenidos busca incorporar miradas críticas sobre desigualdad, diversidad cultural y procesos históricos complejos que antes se simplificaban.
El libro gratuito funciona entonces como un espejo que incomoda. Si refleja conflictos sociales, algunos preferirían pulir el cristal hasta borrar las grietas. Si introduce debates contemporáneos, otros lo ven como una intrusión indebida. Pero retirar la complejidad no elimina la realidad; solo la desplaza.
La destitución o salida de figuras vinculadas al proyecto editorial no clausura la discusión. Más bien la confirma. La educación pública en México sigue siendo uno de los espacios donde se juega el sentido de la República. Cada edición del libro de texto gratuito es una fotografía del momento político y cultural en que se produce.
A más de seis décadas de su creación, el libro gratuito sigue siendo un símbolo poderoso. Es cuaderno de trabajo y, al mismo tiempo, manifiesto silencioso. Es papel y tinta, pero también promesa de igualdad. Sus metáforas hablan de un país que intenta narrarse a sí mismo mientras discute quién tiene el derecho de sostener la pluma.
En tiempos de polarización, quizá convenga recordar que el libro de texto gratuito no pertenece a una facción, sino a millones de estudiantes. La verdadera batalla cultural no debería consistir en destruir el instrumento, sino en debatir abiertamente sus contenidos, con argumentos y evidencias. Porque al final, más allá de ideologías, lo que está en juego es la formación de ciudadanos capaces de leer el mundo con criterio propio.



