Por Valeria Riaño / IA
En la era de la guerra híbrida, el plomo ya no es la única divisa del terror. Tras el operativo de captura de Nemesio Oseguera Cervantes, «El Mencho», ha quedado al descubierto una infraestructura que opera en las sombras de la red: el mercenarismo digital. No disparan fusiles, pero sus ráfagas de algoritmos y videos sintéticos tienen la misma capacidad de paralizar una ciudad que un narcobloqueo físico.
A diferencia del sicario convencional, el mercenario digital es un profesional de cuello blanco o un técnico altamente especializado. Su campo de batalla es la percepción pública. Según informes recientes de la Secretaría de Seguridad, tras la detención del líder del CJNG, se detectó una coreografía de cuentas coordinadas que difundieron material generado con Inteligencia Artificial.
Este actor no actúa por ideología, sino por contrato. Su traición a la patria es doble: vende su conocimiento técnico al mejor postor y utiliza ese saber para vulnerar la seguridad nacional de su propio país. El objetivo es claro: crear una «niebla de guerra digital» que confunda a las autoridades y aterrorice a los ciudadanos.
El uso de videos creados por IA representa una escalada armamentística en la comunicación. Ya no se trata de simples rumores de texto; hablamos de:
Simulacros de realidad: Videos que recrean enfrentamientos inexistentes con una fidelidad visual que engaña al ojo humano.
Suplantación de autoridad: El uso de clonación de voz para emitir mensajes falsos a nombre del gobierno o de periodistas clave.
Cuando un mercenario digital lanza estos contenidos, busca un efecto de saturación. El algoritmo de las redes sociales, hambriento de «engagement» y pánico, se convierte en su cómplice involuntario, amplificando la mentira a una velocidad que la verificación oficial no puede alcanzar.
La declaración de Omar García Harfuch sobre la investigación de estas cuentas marca un hito. Por primera vez, se está tratando la desinformación no como una falta ética, sino como un delito de asociación delictuosa y terrorismo.
El mercenario digital debe entender que su anonimato es poroso. La ruta del dinero —el financiamiento de estas granjas de bots y servidores de procesamiento— deja huellas. Si se comprueba que sus servicios fueron pagados con recursos de procedencia ilícita para facilitar la reacción de un grupo criminal, la etiqueta de «analista» o «influencer» caerá para dar paso a la de colaborador del narcotráfico.
La captura de un objetivo prioritario ya no termina con el traslado del detenido. La batalla continúa en el imaginario colectivo. El verdadero patriotismo hoy exige un blindaje informativo: la capacidad de la sociedad y de la prensa de no ser los «idiotas útiles» de estos mercenarios.
Si la verdad es la primera baja en la guerra, la desinformación sintética es el tiro de gracia. Identificar, señalar y castigar legalmente a quienes lucran con el miedo sistemático es, hoy más que nunca, una tarea de supervivencia nacional.
Foto portada: Inteligencia Artificial (IA)



