Por Carlos Chavarria Garza
La denuncia del modelo educativo impulsado por figuras como Marx Arriaga y la Nueva Escuela Mexicana no debe agotarse en la indignación por su anacronismo ideológico. Como expusimos anteriormente, la verdadera amenaza de esta «trinchera de papel» no es solo el regreso a un estalinismo pedagógico disfrazado, sino su función inadvertida como fase de pre-condicionamiento.
Al formar sujetos pasivos mediante una «educación bancaria» y un resentimiento histórico estandarizado, el Estado no está creando ciudadanos soberanos, sino vasallos predecibles. Aunque el término específico de «educación bancaria» se asocia frecuentemente a Paulo Freire, la postura de Illich es una de las críticas más radicales a la institucionalización del conocimiento, compartiendo con Freire la necesidad de una educación liberadora, centrada en la experiencia , la interacción comunitaria, y promoviendo la competencia y la internalización solida del conocimiento..
Esta es la gran paradoja de nuestro tiempo: el pretendido adoctrinamiento analógico de la SEP es el lubricante perfecto para el tecnofeudalismo global. Un joven que no ha desarrollado defensas críticas en el aula es el combustible ideal para una infraestructura digital donde ejércitos de bots y algoritmos de polarización terminan de moldear su conducta, convirtiendo el dogma estatal en una renta de datos para los nuevos señores feudales de la información.
Esta transición de la manipulación del libro de texto a la manipulación del algoritmo nos obliga a transitar, también, de la denuncia a la emancipación. No basta con señalar el «Ogro Filantrópico» de Octavio Paz; es imperativo hackear su arquitectura. Si el poder ha migrado del papel al código, nuestra resistencia debe hacer lo mismo.
Por ello, la alternativa no es un retroceso nostálgico, sino la construcción de un Currículo para la Libertad. Este modelo propone que la soberanía en el siglo XXI ya no se defiende en las fronteras geográficas, sino en los límites de nuestra propia autonomía técnica y cognitiva.
El primer pilar de este puente hacia la soberanía es la Desarticulación de la Propaganda Computacional. El aula debe dejar de ser el lugar donde se dictan verdades para convertirse en un centro de análisis forense de información. Aquí, el estudiante aprende que las «plumas compradas» del pasado han mutado en operaciones de influencia digital; mediante habilidades de inteligencia de fuentes abiertas (Open Source Intelligence,OSINT), el joven desarrolla la capacidad de auditar la realidad y neutralizar los sesgos que intentan capturar su voluntad. Esta es la base de la Soberanía Cognitiva: recuperar el derecho a la atención frente al extractivismo descrito por Shoshana Zuboff (2019), rompiendo la cadena de mando que va desde el libro de texto oficial hasta el feed personalizado de sus redes sociales.
Sin embargo, para que esta autonomía mental sea sostenible, requiere de una Infraestructura de Confianza. No se puede ejercer la libertad de pensamiento dentro de una arquitectura diseñada para la vigilancia y el extractivismo de datos. El currículo avanza, por tanto, hacia la apropiación técnica de las herramientas de comunicación. Inspirados en las tramas de aprendizaje descentralizadas de Ivan Illich (1971), proponemos la enseñanza de Redes Mesh y el uso sistemático de Software Libre. Si el Estado y las Big Tech controlan la «carretera» por la que viaja la información, las redes mesh son la propuesta de construir nuestras propias carreteras. Al aprender a gestionar nodos de comunicación locales y servidores comunitarios, la comunidad educativa rompe la dependencia de las infraestructuras propietarias —ya sean estatales o corporativas—. En este punto, la tecnología deja de ser un instrumento de captura para convertirse en un bien común, permitiendo que la inteligencia colectiva florezca fuera del radar de la estandarización algorítmica.
La viabilidad de esta autonomía no es una conjetura teórica; tiene un referente histórico y tangible en el modelo de Rhizomatica en Oaxaca. Esta iniciativa demostró que, mediante el uso de hardware de bajo costo y software libre, las comunidades pueden gestionar sus propias infraestructuras de comunicación fuera del control de los monopolios y la burocracia estatal. Al igual que el ‘rizoma’ filosófico —un sistema sin centro ni jerarquía donde cada parte es vital y autónoma—, este modelo prueba que la soberanía tecnológica es posible cuando la comunidad asume la propiedad de sus herramientas. Integrar esta visión en la educación significa transformar la escuela en un nodo de resiliencia: un espacio donde el acceso al conocimiento y la conectividad no dependen de una concesión estatal o de un algoritmo extractivo, sino de una infraestructura convivencial gestionada por y para la libertad del ciudadano
Este proceso de emancipación se consolida en el siguiente compromiso, que actúa como el núcleo de esta propuesta y declaramos que el fin de la educación no es la lealtad a un dogma, sino la maestría sobre el propio destino. Entendemos que la educación es el cimiento de la libertad individual. Ante los intentos de reducir el aula a una trinchera de propaganda y el aprendizaje a un proceso de consumo pasivo, declaramos los siguientes principios como innegociables para una formación humana digna del siglo XXI:
I. La preeminencia de la Curiosidad sobre el Dogma
El fin último de la educación no es la transmisión de una verdad oficial, sino el cultivo de la capacidad de preguntar (cuestionar). Rechazamos cualquier currículo que pretenda imponer una visión única de la historia o la sociedad. La soberanía comienza en la duda metódica: un niño que cuestiona es un ciudadano que no podrá ser domesticado ni por el Estado ni por el algoritmo.
II. Alfabetización Crítica en Infraestructuras digitales
En el siglo XXI, leer y escribir no es suficiente. La educación debe incluir la comprensión de las estructuras que nos gobiernan. Esto implica pasar de ser «usuarios de herramientas» a «inquisidores de sistemas». El alumno debe comprender que detrás de cada interfaz hay una intención política, y que la soberanía tecnológica es la habilidad de auditar, modificar y poseer las herramientas con las que construimos nuestra realidad.
III. El Derecho a la Atención y la Propiedad Cognitiva
Reclamamos el aula como un refugio contra el extractivismo de datos. La educación debe proteger y entrenar la atención del menor, blindándola contra los mecanismos de dopamina digital diseñados para la modificación conductual. Declaramos que los procesos cognitivos de los estudiantes no son «materia prima» para el tecnofeudalismo, sino el territorio sagrado de su futura autonomía.
IV. La Tecnología como Bien Común y Vínculo Comunitario
Frente a la centralización burocrática, promovemos el uso de Redes convivenciales (redes mesh) y Software Libre como herramientas pedagógicas. La tecnología en la educación básica no debe servir para aislar al niño frente a una pantalla bajo vigilancia, sino para crear redes de confianza local donde el conocimiento se comparta de forma horizontal. La infraestructura debe ser de la comunidad, por la comunidad y para la comunidad.
V. La Educación como Vanguardia, no como Retorno
Rechazamos el destino circular de las ideologías que miran al pasado para controlar el futuro. La educación debe ser una plataforma hacia la innovación e inteligencia colectiva. Formamos para la incertidumbre, para la resolución y análisis de problemas y para la creación de valor en un mundo automatizado. La verdadera vanguardia no es repetir el siglo XX, sino dar a los jóvenes las llaves técnicas para diseñar el siglo XXI.
Las alternativas basadas en el adoctrinamiento solo promueven el aislamiento, debiendo ser una vanguardia técnica y ética que nos devuelva el derecho a diseñar y programar el futuro. Si permitimos que el sistema siga siendo una fábrica de tutelados ideológicos, estamos aceptando un destino de servidumbre programada.
En última instancia, la resistencia frente a la ‘trinchera de papel’ de la SEP no debe ser un acto de nostalgia, sino un salto hacia la vanguardia. La verdadera batalla por México no se libra entre ideologías del siglo pasado, sino en la frontera entre la autonomía de pensamiento y el tutelaje algorítmico. Al transitar hacia un currículo de soberanía cognitiva, dejamos de ser víctimas de un sistema que nos pretende desalfabetizados para el futuro y nos convertimos en los programadores de nuestra propia libertad. No hay soberanía posible sin independencia técnica, ni libertad real sin la capacidad de cuestionar tanto al burócrata que dicta el dogma como al código que moldea el deseo. El reto es claro: o nos resignamos a ser el residuo de un experimento social fallido (Cuba, Nicaragua, Venezuela, Irán, etc.) o asumimos la maestría sobre las herramientas que definirán nuestra existencia en el siglo XXI.



