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Paisanos regresan a Home Depot y al rodeo en Texas pese a operativos de ICE

Ocho hombres vestidos de mezclilla y sudaderas con capucha cubren sus cabezas para ocultar parcialmente su rostro, como si los agentes de inmigración no supieran que tal atuendo, las mochilas a la espalda, con la piel bruna y sus pies rondando en los alrededores del Home Depot no fueran sus delatores: el estigma colectivo del indocumentado; publica MILENIO.

Ahí están, arriesgándose a la deportación en las afueras de la sucursal de West Park, donde hasta hace poco llegaban estadunidenses a contratarlos: abuelos que querían arreglar su jardín, empresarios de la construcción, restauranteros, cowboys, familias con urgencia de reparaciones en sus casas… hasta que los traicionaron.

—Eran cazarrecompensas —describe a MILENIO Carlos Peña, un michoacano nacionalizado estadunidense y aliado de los migrantes con quienes, a veces, cuando la pensión de su jubilación no le alcanza, sale a buscar empleo con la ventaja de que a él no pueden deportarlo del país.

Los cazarrecompensas se hicieron pasar por contratistas, cuenta, hablaron con los trabajadores para rascar información y, diez minutos después, llegaron los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), se armó la corredera y, finalmente, se llevaron a 12. Lo mismo hicieron en otros Home Depot.

Houston no ha tenido redadas tan espectaculares como las registradas en las calles gobernadas por demócratas —como Minneapolis, Los Ángeles o Chicago—, pero la actividad antiinmigrante se ha mantenido con operativos consistentes, como una gota de agua que abre un cráneo.

Entre enero y mediados de octubre de 2025, La Migra efectuó más de 17 mil 500 arrestos en la jurisdicción de la oficina local de Houston, que abarca el sureste de Texas y sube por el norte hasta Waco, de acuerdo con los datos más recientes del Proyecto de Datos de Deportación.

Otro estudio de la Universidad de Syracuse reveló que, de enero de 2025 al 7 de febrero de 2026, el 24 por ciento de las 68 mil 289 personas recluidas en centros de detención migratoria se encuentran en Texas; esto es: una de cada cuatro.

Carlos Peña está resentido: algunos de esos detenidos eran sus colegas. Sabe que Texas necesita esa mano de obra de la que es parte a sus 63 años, y está consciente de que las redadas son política pura —obvio que el gobernador Greg Abbott quiere quedar bien con el presidente Donald Trump, repite— y por eso la dureza de los operativos.

En el Home Depot de West Park, sigiloso se acerca con cautela a los indocumentados que lo miran con los ojos desorbitados.

—Ellos no me conocen —aclara Peña—. Podrían confundirme con un soplón.

Tres jornaleros se apartan; dos le dan la espalda y apresuran el paso para alejarse. Uno de ellos se arriesga y levanta los dedos medio y anular en señal de que hay dos trabajadores dispuestos.

—¿Cómo han estado? —pregunta Peña.
—¿Por qué me pregunta?
—Nada más, antes yo venía aquí y sabemos que estuvo la migra.
—Solo venimos porque tenemos hambre —replica el trabajador llevándose dos dedos a la boca—.

Peña asegura que entiende, pero que vendrán tiempos mejores. Intenta prolongar la conversación, pero el otro ya no responde. Se aleja apresurado, balbuceando “Muchas gracias” sin que haya necesidad de agradecimiento y, en cuestión de segundos, todos corren hacia el puente que atraviesa una autopista entre silbidos de automóviles.

¿Cómo operan los cazarrecompensas en Estados Unidos?

Los cazarrecompensas —también llamados fugitive recovery agents— trabajan para compañías afianzadoras; según la ley, su función principal es localizar y detener a personas que no se presentaron ante la corte después de haber salido bajo fianza y, en ese contexto, el gobierno texano reconoce la participación de algunos de los inmigrantes.

Sin embargo, testigos de los operativos sostienen que esas operaciones son indiscriminadas, que agarran parejo, para desgracia de quienes solo quieren llevar un poco de pan a su mesa.

En uno de los operativos reportados por ICE Houston, por ejemplo, informó que arrestó a mil 505 indocumentados. Entre ellos, pandilleros, personas con antecedentes penales, un asesino, depredadores sexuales, conductores borrachos, vendedores de droga, ladrones e inmigrantes que reingresaron hasta 11 veces a Estados Unidos, pero no habló de aquellos en Home Depot.

La omisión se entiende mejor en el más reciente reporte del Centro de Información y Acceso de Registros Transaccionales: el porcentaje de detenidos en las prisiones de ICE sin antecedentes criminales se mantiene por encima del 73 por ciento.

Las esperanzas

Carlos Peña enciende su camioneta y se enfila hacia Bissonnet y Bellair, donde hay otro Home Depot. En el trayecto recuerda su historia familiar, de cómo llegó él a este lío.

Su abuelo llegó a Estados Unidos desde los tiempos de John F. Kennedy como bracero, recolector de naranja, limón y durazno en California.

Al concluir el programa, un contratista estadunidense viajó al poblado de Las Juntas, en Tierra Caliente, para reclutar trabajadores. Veinte se apuntaron; solo había dos plazas. Se hizo un sorteo.

—Mi papá quedó en tercer lugar —cuenta—. El gringo le dijo que fuera por si alguien se arrepentía. Y así fue: uno empezó a llorar frente a su mujer y sus hijos y se bajó del autobús.

Su padre siguió el ir y venir del abuelo. La frontera no era hermética. Pero Carlos decidió quedarse definitivamente, harto de la violencia en Las Juntas, donde los Estrada y los Jaimes se tirotean entre familias hasta la fecha: no hace mucho las vendetas llegaron hasta Houston, donde hubo otros enfrentamientos y muertos.

También lo sedujo la emoción de las fotografías de rascacielos. Corría 1978. Poco después llegaron su hermano Leo, primos, tíos, sobrinos… En México casi no quedó nadie. 

Había abundante empleo en la construcción por esas fechas en “los yunaites” y en 1986 llegó la amnistía que permitió regularizar a muchos que fueron contratados con todas las de la ley y cotizaron para su retiro, como Carlos Peña, a quien los mil 500 dólares de pensión le son insuficientes tras los gastos que tuvo para atender el cáncer de esposa.

En el Home Depot de Bellair la escena que mira es similar a West Park o aún peor: comienza a llover. Los migrantes se dispersan; dos guatemaltecos permanecen bajo un árbol, encorvados, tratando de no mojarse, como pajaritos bajo las hojas.

Carlos Peña comenta que los guatemaltecos son más arriesgados al esperar a que escampe —o tal vez un patrón— cerca del Home Depot porque carecen de redes de apoyo, a diferencia de los mexicanos, que suman millones en Texas. Además, varios perdieron recientemente su estatus de refugiados con las nuevas políticas migratorias.

El michoacano pasa de largo. No quiere importunarlos. Estaciona la camioneta y entra en la tienda como en la época de bonanza, cuando hasta 40 trabajadores se apostaban afuera y había vendedores de comida, de tacos de canasta y tortas.

—A veces venía aquí y me pasaba un rato, me olvidaba del trabajo, solo por la camaradería —recuerda—.

Migrantes se apostan en los alrededores de Home Depot en Houston. | Especial

Toma un carrito y lo pasea. Compara los precios de las pinturas para las casas, unas de 117 dólares, otras de 87. Pero no compra nada y sale dando largas zancadas proporcionales a su 1.80 de estatura.

Decide enfilarse hacia Las Pulgas, en Airline Drive, el mercado más parecido a un tianguis en Houston, con locales que evocan rincones mexicanos, pero sin monturas improvisadas ni gritos de «¡Pásele!, ¡pásele!», y un restaurante emblemático: Buey y Vaca.

Su fundador, Jaime García, originario de la Ciudad de México, se encuentra en la oficina general, donde cuelga un mapa de Milpa Alta, el municipio que lo vio nacer, y una fotografía en blanco y negro del abuelo Juan, del papá Concepción y los tíos Melitón y Elisa.

De eso hace medio siglo. Jaime García llegó a los 17 años. Aprendió el oficio de carnicero en una empacadora.

—Mi patrón me prometió que si a él le iba bien, a mí me iba a ir bien.

Carlos Peña señala que, como en cualquier parte, hay estadunidenses nobles que se quitan el pan de la boca para dártelo y “americanos tóxicos”, como aquel que pagó a unos mexicanos solo un dólar por una semana de trabajo.

El gringo de Jaime García fue, en cambio, su maestro en el arte de seleccionar los mejores cortes; lo trató como a un hijo e incluso le tenía más confianza en la carnicería que a los suyos, y le heredó el conocimiento de las carnes con los que montó su negocio de tacos.

En esos años no había tantas taquerías en Houston y todo mundo quería probar los de Buey y Vaca. Como era un local a la mexicana, sin conocimiento de las exigencias sanitarias locales, los inspectores lo presionaron: que limpiara aquí que pusiera allá. Pero le dieron la oportunidad de mejorar.

—¿Cuánto tiempo necesita? —le preguntaron.
—Dos meses.
—Está bien, pero vamos a estar vigilando cada semana el progreso.

Jaime García es fundador del restaurante emblemático Buey y Vaca, ubicado en Estados Unidos. | Especial

Los García se han hecho a sí mismos, pero desde el año pasado el ambiente cambió. Un altercado en la acera desató el rumor de que había llegado La Migra. No era cierto, pero el miedo quedó instalado.

—El problema es el temor —admite.

Anochece sin clientes. Es hora de cerrar.

Cuestión de actitud

En Gulfton hay un supermercado donde se reúnen mexicanos para beber café y caldo de res en la sección de comida. Al salir de Buey y Vaca, Carlos Peña recuerda que en Gulfton hay un supermercado donde se reúnen mexicanos para beber café, chocolate y caldo de pollo o de res y decide terminar allá la jornada.

Ya en el lugar, el michoacano reconoce a algunos de sus paisanos. En cuanto los mira, se le ilumina el rostro y los saluda con algarabía: «Aquí estoy, como les dije», y ellos sonríen, «Nunca lo dudamos». Ninguno viste sudadera con capucha como los migrantes del Home Depot, sino sombreros de ala corta o cachuchas de pelotero.

Algunos de ellos servirán de enlace entre contratistas y quienes ya no pueden seguir yendo a los Home Depot en la víspera de uno de los eventos más esperados del año en Houston: el Rodeo, una tradición que se realiza en las tres primeras semanas de marzo desde 1942 en el NRG Stadium.

Ahí se reciben leyendas de la música country y otros géneros —este año estará Antonio Aguilar el día 15— y detrás de la fiesta y el glamour vaquero hay migrantes trabajando por montones.

Carlos Peña va cada año a trabajar con Fred, un contratista “a todo dar” que les da 200 dólares por día más comida y bebida sin límites en compensación por el trabajo duro: montar escenarios, preparar los mejores asados, pollo y salchichas.

—Están buscando a mucha gente y estamos contentos, aunque a veces también se trata de recoger estiércol —dice. Lo malo es que el rodeo solo dura dos semanas. Luego hay que esperar la temporada de reembolso de impuestos y la clase media y arregla sus jardines y casas, si ICE los deja, porque los ciudadano no quieren hacer ese trabajo.

Es más, no hay suficiente gente desde antes de Trump. Un día Peña vio la discusión de dos gringos: uno de ellos había ido al Home Depot a “levantar” a cinco trabajadores para arreglar un área común en un jardín de condominio y el otro había puesto a sus hijos, oponiéndose a la contratación de indocumentados.

“Apenas podían moverse los muchachos”.

Ahora hay que esperar y de eso hablan en el supermercado, de paciencia; no hay que achicopalarse a la primera ventisca, concluyen y se ponen a cantar, guiados por uno de ellos que se presenta como Mercedes, en un ambiente nostálgico y orgulloso lejos de su tierra.

Imagen portada: Especial / MILENIO

Fuente:

// Con información de Milenio

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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