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Aquel domingo en llamas

Por Joaquín Hurtado

Denme tiempo, dije. Necesito tiempo para procesar aquellos aviones en llamas, aquellas iglesias incendiadas, aquellas columnas de humo en los paisajes de México; aquel país, mi país supuestamente sin gobierno y bajo asedio de fuerzas oscuras y descomunales… Denme tiempo…

Pido más tiempo porque a mi edad el corazón ya no digiere las noticias con la misma rapidez que los jóvenes deslizan el dedo por la pantalla. Lo pido porque tengo familiares que viven lejos y que apenas se difundió la noticia de la captura y muerte del Mencho, me llamaron desde el extranjero con la voz rota por el miedo.

“¿México sigue de pie?, ¿Cancelamos nuestras vacaciones a Cancún?”, me preguntaron.

La pregunta no era ingenua. Habían visto imágenes repetidas hasta el cansancio: vehículos ardiendo, carreteras bloqueadas, hombres armados, humo trepando por el cielo como si el país entero fuera una ofrenda incendiada. Lo habían escuchado en noticieros internacionales, en cápsulas alarmantes, en transmisiones de medios tan influyentes como Deutsche Welle. Y cuando la noticia cruza fronteras, suele hacerlo envuelta en el dramatismo que exige la competencia global por la atención.

Yo los entiendo. Desde fuera, México puede parecer un territorio desgarrado a punto de desfondarse y perecer.

Pero desde aquí, desde mi mesa de trabajo junto a la ventana, el país es otra cosa. Es la señora del mercadito que hoy instaló su puesto pese al susto. Es el taxista que volvió a circular. Es el niño uniformado que va a la escuela con mochila más grande que sus espaldas. Es la terquedad cotidiana de millones que no salen en las pantallas.

La caída del máximo líder de un cartel poderosísimo no solo desató violencia en las calles. Desató algo más difícil de contener: una avalancha de versiones, rumores, videos fuera de contexto,  horrores apócrifos que circulaban como si fueran balas digitales. La guerra dejó de ser únicamente territorial para convertirse en narrativa. Y en esa batalla, la verdad quedó tendida como la más frágil de las víctimas.

A mis 65 años he visto muchas crisis. Terremotos que partieron edificios y enterraron gente viva. Devaluaciones que encogieron bolsillos y horizontes. Cambios de gobernadores que prometieron refundaciones. Una guerra narca que ha dejado decenas de miles de civiles muertos o desaparecidos. Pero nunca había visto esta mezcla explosiva de violencia real y pánico amplificado. Antes, el rumor caminaba. Ahora vuela.

Mis familiares en Europa y Estados Unidos me contaron que en sus grupos de amigos circulaban mensajes que hablaban de un país colapsado, de ciudades sitiadas, de un Estado inexistente. Les pregunté si conocían el origen de esos mensajes. Silencio. Nadie lo sabía. Solo sabían que daban miedo. Y el miedo, cuando no se verifica, se multiplica.

No pretendo minimizar lo ocurrido. Hubo muertos. Hubo ataques coordinados. Hubo familias que esa mañana amanecieron con una silla vacía en la mesa. Eso es real, dolorosamente real. Pero también es real que México no es una postal única de llamas y balazos. No somos solo el estruendo. Somos también la respiración obstinada que sigue después del estruendo.

La desinformación funciona como una prolongación de la guerra por otros medios. Si las balas buscan someter territorios, las noticias falsas buscan someter conciencias. Si el fuego consume vehículos, el rumor consume confianza. Y cuando la confianza se quiebra, el país se vuelve más vulnerable ante cualquier emboscada.

Lo más inquietante no es que existan mentiras. Las mentiras han acompañado a la humanidad desde siempre. Lo inquietante es la velocidad con que hoy se convierten en verdad provisional para millones. Una imagen vieja resucita como si fuera actual. Una foto, o un video sin fuente adquiere autoridad solo porque un sacerdote o una activista social lo reenvió con urgencia. Y así, sin darnos cuenta, colaboramos en la propagación del miedo que decimos detestar.

Aquel domingo sangriento, después de hablar con mis familiares, me puse a navegar en diversos medios nacionales, a hacer llamadas con allegados de Guadalajara, salí al barrio. Necesitaba comprobar con mis propios ojos si el país seguía en pie. Vi policías en un filtro de revisión vial, sí. Vi tensión en algunos rostros. Pero también vi familias regresando de sus diligencias, y escuché el murmullo habitual de la ciudad. La vida no se había suspendido. Se había estremecido, que no es lo mismo.

Les dije por teléfono: México no es una transmisión en vivo. No cabe en un titular extranjero. No se reduce a una secuencia de incendios. México es una comunidad que resiste incluso cuando la información dominante insiste en pintarlo como ruina. Además tenemos una gran Presidenta. Debemos estar orgullosos de que un operativo de esta magnitud y peligrosidad se realizó con mano fuerte, pero con dedos quirúrgicos.

La verdad importa porque es el último refugio cuando todo parece arder. Sin la verdad, quedamos a merced de quienes lucran con el caos, ya sea desde el crimen organizado o desde la fábrica de clics. Defender la verdad no es un gesto ingenuo. Es un acto de supervivencia colectiva.

Denme tiempo, pedí al inicio. Tiempo para procesar, para verificar, para no compartir lo primero que me asuste o indigne. Tiempo para recordarles a mis seres queridos que este país ha soportado tormentas peores y sigue respirando. Tiempo para entender que la guerra más inmediata es la que se libra en nuestras pantallas.

México sigue de pie. Herido, sí. Desafiado, sin duda. Pero de pie. Y mientras haya quien se pregunte por la verdad antes de reenviar el miedo, seguirá estándolo.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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