Por Carlos Chavarria Garza
Lo que comenzó en 2023 como una serie de crisis geopolíticas inconexas —fracturas en Europa, guerras enquistadas en Ucrania y Gaza, y una polarización política febril en América y EE. UU.— ha revelado, con el paso de tres años, ser el síntoma de una enfermedad mucho más profunda: el abandono deliberado de la verdad como uno de los cimientos de la convivencia humana.
Es en este punto donde la crisis técnica de la información se transforma en una crisis existencial de la política. No estamos simplemente ante un error de datos o una confusión pasajera; estamos ante la ejecución perfecta de una advertencia que Hannah Arendt formuló al analizar los mecanismos de los regímenes totalitarios. Arendt sostenía que el objetivo de mentir constantemente no es hacer que la gente crea en una mentira, sino garantizar que ya nadie crea en nada.
Esta distinción es vital para comprender nuestra situación en 2026. Cuando la mentira es industrializada por la IA y la gobernanza la adopta como estrategia, el resultado no es una sociedad engañada, sino una sociedad cínica y paralizada, que en el mejor de los casos voltea su mirada hacia otro lado.
Una vez que se nos priva de la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso, se nos priva también de nuestra capacidad de juzgar y de actuar. Sin un suelo común de realidad, la resistencia se vuelve imposible, pues no hay causa que defender si no podemos siquiera acordar los hechos que la sustentan. El poder primitivo no necesita que aplaudamos sus mentiras; le basta con que dudemos de todas las verdades hasta que la indiferencia sea nuestra única respuesta ante la injusticia o la guerra.
Escribir sobre la viabilidad del futuro hoy, en 2026, obliga a reconocer que ya no habitamos el mismo mundo de certezas compartidas. Nos hemos adentrado en una «gran caja negra» donde la manipulación informativa ya no es un accidente de la política, sino su motor principal. Esta reflexion es una exploración en dos tiempos: un diagnóstico de cómo permitimos que la realidad se desmoronara bajo el peso de la mentira industrial, y un análisis de las consecuencias de este vacío en la gobernanza y la seguridad global.
Si la historia es la memoria de la especie, estamos permitiendo que se plague de falsedades hasta volverla irreconocible. Lo que está en juego no es solo quién gana una elección o una guerra, sino nuestra capacidad misma de sobrevivir como civilización. Porque, como advertía Orwell, una sociedad que pierde la capacidad de afirmar lo obvio pierde, en ese mismo acto, su libertad. Para Orwell, la libertad no empieza con el derecho a votar o a circular libremente, sino con la soberanía sobre la propia percepción de la realidad.
Si la primera etapa de esta crisis fue la saturación informativa, la segunda es el colapso de la gobernanza. Cuando el concepto de verdad deja de ser el ancla de una sociedad, el ejercicio del poder sufre una mutación peligrosa: deja de ser la administración de soluciones para convertirse en la gestión profesional de la percepción.
La gobernanza moderna, desde sus raíces en la Ilustración, se basa en un contrato social que asume la existencia de hechos compartidos. Sin embargo, al aplicar el abandono de la verdad a la esfera pública, el debate se transforma en un «teatro de sombras».
La Ilustración (Kant, Voltaire, Locke) desplazó la fuente de la verdad: ya no emanaba de la fe o del dogma de un Rey, sino de la razón y la observación de la realidad. Para que el ciudadano sea libre, debe ser capaz de analizar hechos por sí mismo. Si el Estado puede inventar los hechos, el ciudadano vuelve a ser un súbdito.
Ya no se discuten presupuestos, tratados o leyes sobre una base de realidad técnica; se lucha por imponer el relato más emocionalmente rentable.En este escenario, las instituciones pierden su función mediadora. Si un organismo científico, un banco central o un tribunal emiten un dato que no encaja con la narrativa de un sector, ese dato es descartado no por error, sino por «deslealtad».
La gestión pública se fragmenta: ya no se gobierna para una ciudadanía, sino para una audiencia cautiva. El resultado es la parálisis institucional: los problemas globales que mencionábamos —crisis climáticas, conflictos territoriales, asimetrías económicas— se vuelven crónicos porque reconocer su origen real implicaría un costo político inasumible en un entorno de mentira industrializada.
La Inteligencia Artificial y la Verdad Sintética. A este vacío institucional se suma la capacidad técnica de manufacturar la realidad. La Inteligencia Artificial generativa no solo automatiza la burocracia, sino que industrializa la sospecha. Hemos entrado en la era del deepfake institucionalizado, donde la evidencia visual o auditiva —antaño pilares de la confianza jurídica— ha sido hackeada. Si todo puede ser simulado, nada puede ser probado, y en ese río revuelto, el único que gana es el poder en su versión más primitiva.
Es aquí donde la advertencia de George Orwell en 1984 deja de ser literatura para convertirse en un reporte de daños. Orwell comprendió que el fin último del autoritarismo no es solo controlar tus actos, sino hackear tu ontología. “La libertad es la libertad de decir que dos más dos son cuatro”, escribió. No era un ejercicio matemático; era la defensa de una realidad objetiva externa al dictado del Partido.
Hoy, el peligro no es solo un dictador que nos obligue a decir que dos más dos son cinco; es un sistema de gobernanza diluido en algoritmos y polarización que nos hace dudar de si el número cuatro siquiera existe. Una gobernanza sin verdad es, en última instancia, una gobernanza sin responsabilidad, donde el error no existe porque la vara de medir la realidad ha sido destruida.
La viabilidad humana no depende de mejores algoritmos, sino de recuperar el valor político de lo cierto. Negar la verdad tiene un costo físico que ninguna narrativa puede ocultar por siempre: el colapso de los sistemas naturales, económicos y sociales. Recuperar la capacidad de acordar un suelo común de hechos no es un romanticismo ético; es una necesidad técnica de supervivencia. Si no tenemos el coraje de llamar a las cosas por su nombre, la historia no la escribirán los vencedores ni los vencidos, sino el olvido en una caja negra donde el futuro, simplemente, dejó de ser posible.
Referencias Bibliográficas:
- Arendt, H. (2004). Los orígenes del totalitarismo (G. Solana, Trad.). Taurus. (Obra original publicada en 1951).
- DiResta, R. (2024). Invisible Rulers: The People Who Turn Lies into Reality. PublicAffairs.
- Orwell, G. (2013). 1984. (M. Temprano García, Trad.). Penguin Clásicos. (Obra original publicada en 1949).



