Por Joaquín Hurtado
Llegué al ejido montañés con 18 años, una mochila, un diccionario y el nombramiento de profesor unitario recién expedido por la Secretaría de Educación.
El camino me dejó frente a una hilera de casas de adobe que parecían bostezar en el ocaso. Olía a resina de pino, a tierra húmeda y a algo más espeso, como si la montaña tuviera aliento propio y lo dejara escapar entre los árboles.
La escuela era un salón con piso de tierra, techo de lámina y un pizarrón fatigado, lleno de cicatrices de tiza. Me asignaron dormir en una bodega contigua, con cajas de libros viejos y aperos de labranza. “Hospedaje provisional”, dijo una señora muy humilde y me entregó la llave, que en realidad era un clavo doblado.
Apenas había desempacado cuando tocaron a la puerta. El comisario ejidal era un hombre de bigote espeso y sombrero de palma que le daba sombra a media cara.
–Bienvenido, profe –me dijo mientras escupía al suelo–. Aquí cuidamos a los nuestros. Y usted ya es nuestro. Pero hay un detallito. Esta noche va a tener que dormir con el oso. No se asuste. Es manso. Bueno… casi.
La palabra oso quedó flotando en el aire como una advertencia.
En el ejido, la gente a veces tiene que compartir su lecho con los foráneos por falta de espacio. El “oso” era un lugareño solitario que vivía entre el monte bajo y el aserradero. Un hombre joven, mal encarado, de pocas palabras.
–Buen muchacho –insistió el comisario, con una sonrisa que no aclaraba nada.
El oso apareció cuando el sol ya se había escondido detrás de las montañas. Llenó el marco de la puerta como si hubiera sido hecha pensando en alguien más pequeño.
Alto, moreno, barba espesa, pecho hirsuto, y ojos de un color indefinible entre miel y amanecer. Traía una camisa de mezclilla que parecía a punto de rendirse de percudida sobre sus hombros.
–Buenas noches, maestro –dijo.
Su voz tenía piedrecitas de riachuelo, grave pero tranquila.
Nos estrechamos la mano. La suya era agreste, amplia, con una energía que me recorrió el brazo como una corriente eléctrica que tardó unos segundos en apagarse. Sentí, con vergüenza inexplicable, que mi propia mano parecía la de un alumno nervioso.
La bodega tenía una sola cama grande hecha de tablas y cobijas gruesas.
–Aquí cabemos –dijo él con naturalidad, dejando su morral en el suelo.
Hablamos un poco. Él me contó de los árboles que talaba, del sonido que hacen cuando empiezan a rendirse ante la sierra, de cómo la madera tiene memoria del viento. Yo le hablé de los números primos, de los poemas de Serrat, de cómo una canción puede enseñarle a un joven que el mundo es más grande que la montaña.
Me escuchaba con una atención inesperada, como si cada palabra mía fuera una fruta que pudiera probarse lentamente. Cuando por fin apagamos el quinqué, la bodega se llenó de una oscuridad densa.
Nos acostamos.
El espacio entre ambos se volvió una frontera delicada. Yo me acomodé cerca del borde, tan cerca que una tabla de la cama me presionaba la cadera.
Intenté pensar en el plan de estudios, en la historia de la Independencia, en el mapa de la República. Pero el calor de su cuerpo era una geografía más convincente que cualquier mapa escolar.
Respiraba profundo. El ritmo de su respiración tenía algo hipnótico, como el vaivén de un animal grande dormitando en el bosque.
–¿Está cómodo, profe? –preguntó en la oscuridad.
Su voz llegó muy cerca de mi oído.
–Sí –respondí demasiado rápido, sin agregar nada más.
Hubo un silencio que no era incómodo, sino expectante. La noche crujía con sonidos de montaña: ramas que se acomodan, algún animal nocturno saludando a la luna, el techo de lámina contrayéndose con el frío.
Sentía el peso invisible de su presencia. No se movía mucho, pero cada pequeño gesto suyo parecía amplificado por la cercanía. El roce accidental de una cobija bastaba para despertarme de golpe.
En algún momento giró levemente. La cama protestó con un crujido. Por un instante pensé que su brazo había caído cerca de mi cintura. No estaba seguro. Tampoco me atreví a comprobarlo. Yo temblaba. Me quedé inmóvil con mucho esfuerzo. Con el corazón demasiado despierto para un maestro rural, fatigado por el largo viaje.
Dormí poco y soñé mucho. En mis sueños trepaba un tronco y enseñaba a un oso joven a conjugar el verbo arder.
Al amanecer, la luz se filtró por las rendijas de la bodega y reveló un paisaje sereno. Él ya estaba sentado al borde de la cama, atándose las botas con movimientos tranquilos.
Parecía completamente dueño de la mañana.
—¿Descansó, maestro?
Asentí. Me sentía distinto, como si la montaña me hubiera adoptado en secreto… Después de beber al hilo un café negro bien cargado, el amigo subió a su caballo y desapareció tras la cerrada neblina del bosque. Después de 50 años, ya no recuerdo su nombre.



