Noticias en Monterrey

Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

Los caballos pálidos de Apocalipsis

Por Joaquín Hurtado

Para Bruno Javier

Descuartizador, el caballo favorito de Ulises, llegó a casa sin él. Sucedió el 18 de octubre del año pasado, ya estamos en febrero, y Ulises no aparece.

¿La bestia arrojó a mi hermano de la montura en un acceso de pánico, lo dejó rodando, mal herido y desangrándose, entre piedras y polvo, a merced de los lobos? Si esa sospecha cuaja, si la caída tiene su firma, habrá que sacrificar al caballo. Si no fue él, igual tendrá que pagar con su vida. Así lo dictan las severas leyes de Apocalipsis, que no admiten apelación ni ternura.

Rita Lovecavallo, amante de los animales condenados, y pareja sentimental de mi pobre hermano, intercedió por el Descuartizador ante el comisariado del pueblo. Pidió entre lágrimas que se le perdonase la vida, luego lo trajo a casa para montarlo solo ella. A cambio, el equino le concedió una suscripción anual a la revista francesa Caballos de Casa.

Rita afirma ver en el fondo de sus ojos la misma pasión desbocada, la misma ansiedad inmoral de mi hermano mayor. Sólo Rita sabe lo que significa esa mirada. Yo no lo comparto. Rita parece no tener desconfianza ni miedo a sus caricias, ni a trepar en él para salir disparados hacia el monte, a todo galope.

Descuartizador aceptó vivir con nosotros a cambio de estudiar, sin costo alguno, cultura ecuestre romana. Rita le consiguió manuales, láminas, videos y permisos; él escucha con atención grave, como si las legiones de César aún aguardaran su paso.

En secreto, Rita persigue otra cosa. Quiere que el aire se impregne con el olor de mi hermano, adherido a la piel caliente del caballo como una segunda memoria. Ese aroma espeso y crudo le parece un combustible íntimo: le despeja el pulso, le aviva la sangre, le confirma que el cuerpo todavía responde a la disciplina fértil de las hembras saludables.

Rita supone que las querellas equinas domésticas, fatigosas por cotidianas, se pueden solucionar con un poco de disimulo de su parte. Como en el caso de las sonrisas con tintes turbios del señor Descuartizador cuando es llamado a celo, ella debe fingir condescendencia materna al verlo alebrestarse al paso de las señoritas de la Luna, rubias pobres de ojos zarcos. Con esos Ray Ban y su crin indomable, oh, el chico cuadrúpedo se pone realmente intratable. 

Rita Lovecavallo a veces lo oye por las noches, cuando el corcel se incorpora con su monumental e inhumana envergadura, y sale a buscar un botecito para orinar. Ella lo escucha atentamente, entre risas reprimidas, toda cubierta de seda hasta la cabeza, toda candorosa y embelesada, imaginando al caballo parado en dos patas en plan de vaciarse.

Descuartizador la habría convencido de hacerse la boba, apartar la cabeza y mirar para otro lado, cuando éste anda de Don Juan. La promesa vil de darle toda la felicidad del mundo con muchos hijos, salió de la misma bocota caballar, y Rita le cree. Pero esto es un despropósito, una traición, porque mi hermano puede seguir aún con vida y eventualmente regresar.

Descuartizador y Rita cumplirán su plan, porque las leyes vigentes establecen como prioridad colonizar los campos de Apocalipsis con más potrillos y niños pálidos.

Ella piensa en voz alta: “Afortunadamente es un caballito muy caballeroso; un hombrecito cabal con carrera universitaria”. Mamá la escucha torciendo los ojos, con un mohín agrio en los labios. El caballo que montaba mi hermano, aunque se parezca a éste, actuaba diferente. Ahora lo veo fingidamente servil sólo cuando está cerca de la chica.

Según yo, el caballo realmente personifica el peligro omnipresente, las tentaciones carnales que mi madre abomina.

Descuartizador nos observa con ojo inmóvil, estudia nuestros movimientos. Respira hondo, carraspea fuerte y provoca asco cuando sacude sus belfos morados. Oigo el crujido breve de sus pasos. Se detiene frente al televisor apagado. Rita le pasa la mano por el cuello, despeina las rebeldes crines. La piel del animal vibra bajo sus dedos, como si guardara un pequeño batallón de conejos lascivos.

La sala se llena de murmullos que tardan demasiado en desvanecerse, atorados entre los pliegues de nuestro hartazgo. Descuartizador ocupa el sillón de mi padre, mejor dicho: lo usurpa.

Las patas delanteras de Descuartizador, derramadas en el piso, son recogidas con pulcritud al percibir mi molestia. Enciende la televisión con el control entre las pezuñas. La pantalla ilumina la sala con un azul enfermizo. Un conductor de la tele cuenta algo gracioso. Descuartizador relincha, y su carcajada produce un chasquido terrorífico, irritante.

Rita no aparta la vista de su amante. Parpadea despacio. Cuando él ríe, ella ríe más, como si en la relación con esta monta confirmara un cálculo muy fino, conveniente para la colonia Apocalipsis.

Cuento los sonidos del salón, convertido en establo: el zumbido de las moscas eufóricas alrededor del foco, el roce de la piel del animal contra el volumen de un beso en unos labios ávidos, el tic de la pezuña trasera izquierda, el crujido del sofá, el abrigo de Rita al deslizarse un centímetro más hacia el suelo, y dejar al descubierto una visión escandalosa. «Oh, Descuartizador, para, que ahí tengo las cosquillas».

Descuartizador, bajo una enorme presión fisiológica, cuando el amor lo domina, golpea el suelo con los cascos victoriosos. Tres coces largas. Dos cortas. El mosaico responde con un eco hueco. El aire tiembla todavía un segundo más. Clic. Mamá deja la cucharita de su tila sobre el plato, gruñe: «¡Esta ramera, por dios!». Rita suspira. La cucharita, olvidada en el plato, se desliza y cae al piso. Tin.

«Oh, Rita…»

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

Fuente:

Vía / Autor:

// Joaquín Hurtado

Etiquetas:

Compartir:

Autor: Staff
Ver Más