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Por Joaquín Hurtado

Mi mujer, maestra jubilada como yo, me despertó muy temprano por la mañana. “Órale, hay que madrugar para ir al Isssteleón con las Lucildas”.

Llegamos al edificio de la calle Matamoros antes que la luz. A esa hora en que la ciudad todavía bosteza y los perros dudan si ladrar o seguir soñando. Ya estaban ellas: mujeres en su inmensa mayoría,  maestras jubiladas en la heladez de la madrugada, plantadas en sillas y de pie, frente al edificio gris de la calle Matamoros, como si hubieran decidido convertirse en parte del paisaje urbano.

El frío de la madrugada nos mordía los dedos, se colaba por las mangas, nos hacía crujir los huesos con una terquedad regiomontana, pero ninguno se movía. Hemos pasado décadas de pie frente a pizarrones, en el tráfico de la ciudad, resistiendo el gis, las reformas educativas, las marchas y el combate sindical; muchas generaciones de alumnos y gobiernos de paso. No vamos a retroceder ahora por un poco de frío en el aire, ni por la gélida negativa del gobernador a pagar lo que nos debe.

Algunas traían chamarras y abrigos que olían a clóset y recuerdos. Otras sostenían termos de café que bebían como si fuera parte de una comunión laica. Una mujer en silla de ruedas, envuelta en una cobija, revisaba una vez más la carpeta con documentos indispensables para iniciar otra lucha legal en los tribunales. Lo ganado no se mendiga, la consigna en todos los rostros.

La fila empezó a tomar forma y a crecer al amanecer. Una fila que no era sólo de cuerpos, sino de historias, sufrimientos, desvelos acumulados: maestras rurales, urbanas, directoras jubiladas, inspectores, suplentes, docentes que nunca dejaron de serlo, alfabetizadores que enseñaron a escribir nombres propios en comunidades donde antes sólo existía el silencio.

Ahora estaban aquí, esperando que alguien en ese edificio les reconozca lo que durante años fue costumbre: el incremento anual, en este caso con esa diferencia del 6.43, porcentual que no es un lujo sino un derecho conquistado.

Pero esta vez no.

Esta vez, el gobernador ha decidido otra cosa. Ha decidido que ese dinero tiene mejor destino en reflectores para su régimen, en giras, en sonrisas ensayadas, en obras mal hechas, y en discursos con aplauso programado. El gobernador ha decidido que el futuro político de su esposa –una figura cuidadosamente maquillada para el escenario electoral– vale más que la dignidad de quienes enseñaron a leer a medio estado.

Y esa decisión tiene rostro, aunque no estuviera ahí. Tiene el rostro de cada maestra, cada docente que ahora ajustaba su suéter, que se acomodaba en su pedazo de acera, que apretaba los labios para resistir la desvelada.

Cuando el sol finalmente salió, no trajo alivio. Trajo castigo. El frío retrocedió como un enemigo vencido, pero en su lugar llegó otro más feroz: un calor seco, un sol brutal que rebotaba en el concreto y los ventanales y convertía la espera en una prueba de resistencia. Las sombras eran pocas y disputadas. El café se volvió tibio, luego inútil.

–Ni en los recreos nos tocaba esto –dijo una, riéndose sin ganas.

El caos empezó a crecer como una planta desobediente. Más gente llegaba. Más voces. Más autos pitando, más prisa y gritos. Algunas subían la escalinata con bastón, otras discutían con las voluntarias encargadas de recopilar los comprobantes, incansables, invencibles. Las filas se rompían y se rehacían. Los nombres se repetían. Las listas se cotejaban. Alguien prestaba su pluma. Alguien se sentaba en la banqueta a recobrar aliento. Una ambulancia pasó sin detenerse.

Y sin embargo, había algo más. Algo que no cabe en la lógica del desgaste. Una especie de corriente invisible que nos mantiene en pie de lucha. Por ahí pasa la breve pero poderosa figura de la profesora Lucilda Pérez, líder magisterial de los jubilados de la Secc. 50-SNTE. Siempre adusta, pocas sonrisas ensayadas, bastante paciencia y mucha pasión por recuperar y mantener en pie la dignidad y el bienestar de los trabajadores jubilados.

Lucildas y Lucildos hacen gala de organización eficaz y ágil para dar cauce a una lucha larga, tediosa, muy sacrificada, debido a la cerrazón oficial y la edad avanzada de los presentes. Unas cargan mesas, equipos de cómputo, agua. Otras ofrecen pastillas para la presión, otra más toma lista de las que ya no pueden permanecer bajo el sol. Las de pie cuidan a las de silla de ruedas. Las más jóvenes —porque incluso ahí hay jerarquías de edad— sostienen las sombrillas sobre las de edad avanzada.

–No nos vamos –dijo una voz firme–. No hasta que nos reciban esta papelería. Hasta que el gobierno cumpla. Y esa frase empezó a repetirse como una lección aprendida. Como cuando enseñaban a conjugar verbos o a dividir cifras. No nos vamos. No nos vamos.

A mediodía, el calor era una presencia física, casi sólida. El pavimento ardía. El aire vibraba. Pero también vibraban ellas. En la rabia, sí. En la frustración, también. Pero sobre todo en algo más difícil de entender: no estábamos ahí sólo por el dinero.

Estamos por el reconocimiento de una vida entera. Por las noches en que se preparaban las clases. Por los cuadernos revisados hasta la madrugada. Por los alumnos que ahora son doctores, albañiles, madres, políticos, migrantes. Por las veces que hicieron de enfermeras, psicólogas, madres sustitutas.

Porque ahí, bajo el sol que castigaba y el frío que había quedado en los rincones, arde el espíritu combativo, la idea de justicia renovados: que la dignidad no se negocia ni se jubila, que la memoria no prescribe, que hay derechos que no se mendigan.

Y quizás, en algún lugar donde se calculan presupuestos y se diseñan candidaturas, alguien ya empieza a entender que estas maestras, en su justo reclamo, no son un gasto. Son una deuda social.

Y las deudas, tarde o temprano, deben pagarse.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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