Guillermo Gómez-Peña (Ciudad de México, 23 de septiembre de 1955) no deja de derribar fronteras. Iconoclasta, “artivista inter-indisciplinado”, ha construido un antidiscurso que no cesa de interpelar al sistema. Visionario —como lo comprueba su pieza de 1979 Border Walk—, nos reinventa y se reinventa en lo colectivo para expandir sus cuestionamientos a través de La Pocha Nostra y sus Archivos Vivientes, entre otros proyectos. Su obra es la escritura del combate perpetuo y el empeño en performear el pensamiento. Sobre estos y otros asuntos caóticos en el nuevo desorden mundial, charlamos con él; publica MILENIO.
¿Cuál es la frontera más peligrosa a la que te has enfrentado?
La edad. Pareciera que ser un artista rebelde de la tercera edad es algo imposible de resolver. El cuerpo me falla, la memoria también. Por esta razón, en mi tropa siempre tenemos miembros de todas las generaciones. Los performanceros más jóvenes pueden llevar a cabo acciones físicas extremas. Ahora, si se trata de fronteras peligrosas: el muro de Trump. Debemos responderle al poder, luchar por la libertad y la dignidad de las minorías ante las amenazas diarias; ejercer nuestra ciudadanía a través del arte, la poesía, el activismo en un mundo que nos considera enemigos públicos.
¿Cuáles son las fronteras que has buscado derribar?
Cruzar la frontera entre Estados Unidos y México, both ways, ha sido mi principal rito de inspiración. He cruzado esa frontera a pie, en auto, en avión. La cruzo en mis sueños, en mi cama y en mi arte. Para mí, cruzar una frontera es una experiencia liberadora, aunque reconozco que se trata de un privilegio al que no todos tienen acceso. Desde mediados de los años ochenta, el gran objetivo de mi obra ha sido ayudar a mis públicos y a mis estudiantes a ser mejores cruzadores de fronteras en el arte y en la vida. Con La Pocha Nostra exploramos muchos temas: cuestiones trans e interculturales, migración, política, lenguaje, el cuerpo humano en relación con el cuerpo político y con las nuevas tecnologías. Los significados cambian cuando cruzas las fronteras. Somos una tropa queer. Nos asumimos como etnocyborgs. Con la xenofobia intensificada, la frontera como tema se ha vuelto más pertinente que nunca.

¿Qué ha pasado para que personajes como Trump estén hoy en el poder?
Mi obra ha registrado estos cambios políticos. Durante la pandemia y el confinamiento, los performanceros nos vimos obligados a reconsiderar la práctica artística basada en el cuerpo real, ya que perdimos al público en vivo, nuestra principal fuente de energía. En ausencia del contacto humano y de certezas políticas, nos vimos obligados a utilizar Zoom a diario y a soñar. Entramos en la postrealidad. Soñábamos e intentábamos sobrevivir al crear una ilusión óptica del arte vivo por internet. Nos preguntábamos si nuestros cuerpos heridos y mentes frágiles sobrevivirían en el ciberespacio a la incertidumbre total y a la falta de futuro. Hoy se vive el trumpocalipsis total. En esta atmósfera de temor generalizado y de xenofobia, se nos presentan nuevos desafíos y dilemas. Debemos ser cuidadosos. Como figura pública, me pregunto qué puede pasar si sigo presentándome en los medios como un iconoclasta intransigente. ¿Me tacharán de subversivo, no me invitarán a presentar mi obra? Sé que me la estoy jugando cada vez que regreso a Estados Unidos.
Como pionero del performance y líder del grupo La Pocha Nostra, ¿a qué tipo de problemas te enfrentas?
Toda mi vida me he enfrentado a la censura. Es parte del oficio de ser artista contestatario. Los artistas no alineados al poder luchamos contra cualquier forma de censura gubernamental, religiosa, corporativa, mediática, académica… En Estados Unidos, las universidades están en riesgo de ser desmanteladas, por lo menos los estudios de género, feministas, queers, chicanos y de la cultura negra. Aunque lo que más me preocupa es la autocensura. Es decir, cuando los creadores deciden no abordar ciertos temas porque hacerlo podría afectar su estatus. La autocensura es más insidiosa y difícil de combatir.

El sistema tiene la capacidad de absorber la rebeldía, neutralizándola o suavizándola. ¿Qué sucede cuando un grupo como La Pocha Nostra se vuelve una institución icónica? ¿Cómo mantener el carácter transgresor?
El secreto es nunca creérsela. La fama es inútil, no te protege. En una ocasión le preguntaron a García Márquez por qué quería ser famoso y respondió: “para protegerme”. Un youtuber equis o un futbolista son más conocidos que Marina Abramovic. Además, en este nuevo mundo de la postrealidad, el de las verdades falsas, términos como original, extremo, radical pierden su significado y pasan a formar parte del vocabulario de la cultura pop. Lady Gaga es más extrema que cualquier artista de performance, incluso el nombre de La Pocha Nostra es un branding. Ante eso, ocupamos una posición estratégica: ser insiders cuando es necesario y outsiders la mayor parte del tiempo. No queremos ser miembros de tiempo completo del Mundo del Arte, con mayúscula, ni de la Academia; tampoco ser condenados a la invisibilidad. Nuestra política es in and out, practicar un proceso continuo de reinvención estratégica para permanecer relevantes, sorpresivos, filosos, para mantener los colmillos y el veneno.
¿Cómo puede el arte contribuir a movimientos de resistencia civil?
El arte y la literatura son necesarios para que exista la democracia. Son un espejo para que el ser humano se vea reflejado en toda su crueldad y mediocridad. La creatividad es indispensable en cualquier movimiento de resistencia civil. Un buen activista lo entiende, y yo contribuyo con lo que puedo. Desde inicios de los años noventa, mi principal proyecto ha sido La Pocha Nostra. El objetivo original fue crear una asociación interdisciplinaria de artistas rebeldes interesados en colaborar a través de las fronteras geográficas y generacionales. Nos inspiramos en el zapatismo. Nuestro modelo colaborativo —de círculos concéntricos y sobrepuestos que están en continua movilidad—nos ha funcionado como medio para crear comunidades efímeras de artistas con ideas afines que viven en distintos países. Hemos trabajado de manera inter-indisciplinada para generar pedagogías, artivismos, libros, exhibiciones, arte digital y performances que involucran a docenas de creadores. Lo que más me interesa es la capacidad de conectar los cuerpos de los artistas con los del público en la esfera cívica en tiempo real. El cuerpo humano es una metáfora del cuerpo político. El espacio donde acontece el performance —o el taller—es una metáfora del cuerpo social. Nuestro común denominador es el deseo de borrar fronteras entre las artes y la política, la práctica y la teoría, el artista y el espectador, el aprendiz y el mentor. Hemos luchado contra los demonios coloniales interiorizados y contra la opresión de raza, género y clase; también contra la migra, los malos gobiernos, los críticos de arte formalistas y el mentado Art World. A la vez, seguimos tratando de pagar la renta y evitar el desalojo provocado por la gentrificación de nuestros barrios. Es un cuento de nunca acabar y me hace pensar mucho en el concepto de América.
¿Qué significa América?
Nuestra América es una sociedad abierta, con fronteras porosas y comunidades transnacionales. Es morena, negra, blanca, amarilla, rosa, verde y transparente. Siempre lo ha sido. Vivimos en otra cartografía: en el sur del norte y en el norte del sur. No creemos en el Estado-nación y, por lo tanto, le decimos no al miedo, a las fronteras, al patrioterismo y, definitivamente, a la censura. Somos matriotas, no patriotas. Americánex, en el sentido hemisférico de la palabra, con devoción por la tierra y su gente, y no por líderes de gobiernos ni de corporaciones. Creemos que propuestas antinacionalistas pueden inspirar a los movimientos actuales de resistencia civil creativa.

¿Crees que la brecha digital nos está separando?
Los artistas debemos ser cibermojados y cruzar fronteras digitales. En el performance, el mundo virtual puede ser una extensión territorial de la obra. Sé que es un privilegio, porque tenemos acceso continuo a internet mientras muchos no. La tecnología digital puede y debe incorporarse al cuerpo humano como un apéndice o un tentáculo de la identidad, ya que nos ayudará a abrir ventanas hacia micro o macro universos paralelos. Las posibilidades de relación entre las tecnologías digitales y el performance son infinitas. Queramos o no, somos etnocyborgs. Muchos artistas de performance hacemos ciberarte sin darnos cuenta, simplemente al utilizar un dispositivo. Antes yo decía: performeo, luego existo. Ahora digo: hago películas instantáneas para internet, luego realmente existo. En estos experimentos, la experiencia de la realidad se amplifica y multiplica, si entendemos que, en el espacio, lo real siempre es un artificio, una ficción.
Tu proyecto también es un archivo político, historia viva y arte procesual. ¿Cómo mantenerlo?
Más que vivo, el de La Pocha Nostra es un archivo viviente, abarca cinco décadas de materiales artísticos sui generis. Y para un artista inter-indisciplinado como yo, esto incluye objetos, vestuario, escenografías, obra digital, fotografía, video, audioarte, cartas, guiones, libros, revistas, álbumes, piezas de otros artistas experimentales de varias generaciones en diálogo con la estética y la historia de La Pocha Nostra. ¡No te lo acabas! Como participantes activos de muchos movimientos a lo largo de los años (arte chicano, fronterizo, de la historia del performance reciente, etcétera), hemos recopilado una gran cantidad de material que está en nuestras dos sedes: San Francisco y Ciudad de México. Lo mantenemos vivo a través de recreaciones, conferencias, lo presentamos como acciones performáticas. El objetivo es hacerlo accesible a las nuevas generaciones de artistas, escritores, curadores e historiadores del arte. Es testimonio de muchas vidas, de cruces y de fronteras artísticas, de batallas políticas en distintos frentes y contextos culturales. El coleccionismo y los altares son muy chicanos, una obsesión de los artistas migrantes para sentirse en casa, crear hogares temporales para reterritorializar nuestros espacios de vida. Estos objetos y materiales cotidianos son marcadores biográficos de nuestras múltiples jornadas. El futuro de estos archivos es incierto, pero sospecho que su lugar más seguro es el ciberespacio. El equipo de curadores y archivistas con el que contamos está subiendo continuamente materiales a la red. En México trabajamos con Julia Antivilo.
¿Crees que los ciudadanos se han hecho más artistas o los artistas más ciudadanos?
En el nombre del arte han sucedido cosas maravillosas. La gente se ha crucificado como forma de protesta, ha creado corporaciones falsas para denunciar la injusticia ambiental, ha impreso dinero falso y pasaportes conceptuales para inventar sus propios países. En nombre del arte, se inventan lenguajes, religiones, comunidades imaginarias, arquitecturas que son más congruentes con nuestras aspiraciones y locura. Los artistas y los escritores hemos imaginado, a lo largo de los siglos, colectivamente, un universo paralelo en el que nuestros contemporáneos pueden participar en formas significativas de libertad y de creatividad. En ese sentido, la verdadera democracia solo puede existir en la imaginación del arte y la literatura.

¿Qué es para ti la democracia?
La democracia no puede prosperar sin arte, sin la voz crítica del artista que prueba constantemente sus límites y posibilidades sin el espejo ético del arte que refleja los rasgos distorsionados del poder. Espero que las fronteras que cruzamos durante un performance o en el taller inspiren a los artistas y al público que colabora a cruzarlas en el ámbito social. Esto es la democracia radical. En el país del performance, que es donde vivo, la tradición pesa menos, las reglas se rompen, las leyes y las estructuras están en constante cambio sin que nadie les preste atención a las jerarquías o al poder institucional. En el país de la imaginación no hay gobierno ni autoridad visible. El único contrato social existente es nuestra voluntad para desafiar modelos, dogmas autoritarios, y para empujar los límites de la cultura y de la identidad. En las afiladas fronteras entre culturas, géneros, oficios, idiomas, formas artísticas, es donde nos sentimos más cómodos. Somos ciudadanos fronterizos por naturaleza, miembros e intrusos al mismo tiempo, y nos regocijamos en esta condición paradójica. Justo en el acto de cruzar una frontera es donde experimentamos la emancipación temporal. Las fronteras en el país del performance están abiertas a nómadas, migrantes, híbridos, desterrados. Son un santuario temporal para otros artistas rebeldes, expulsados de los campos monodisciplinarios y de las comunidades separatistas o nacionalistas donde viven. Esto es importante porque existen muy pocos latinoamericanos cuya identidad no haya sido intervenida por la cirugía mediática de la cultura global o por la experiencia temporal o permanente de la migración. Hace poco escuché que una cuarta parte de los latinoamericanos viven fuera de sus países de origen; o sea que la mentada desterritorialización geográfica y cultural que tanto obsesiona a europeos y gringos es un fenómeno esencialmente latinoamericano. A los nacionalistas, a los puristas, no les pedimos perdón. ¡Que se jodan! Espero que las fronteras que cruzamos en este momento inspiren a otras personas a cruzarlas en el ámbito social.
¿Qué planes tienes para este año?
Estoy de gira con un dueto con Balitrónica, mi ruca y codirectora artística de La Pocha Nostra. Estoy editando varias películas de performance. Tengo un podcast bimensual, The Mex Files. Como artista postnacional, tengo una obsesión por reescribir y reinterpretar la llamada historia del arte occidental, que siempre comienza y termina en Europa o en Estados Unidos, lo cual es una ficción. Este proyecto pedagógico resalta los legados coloniales de exclusión sistemática y desafía las prácticas de los museos de arte contemporáneo y de las grandes instituciones. Exige un debate abierto sobre cómo reestructurar radicalmente desde adentro para crear “El Museo del Futuro”, otro proyecto que propone sistemas más abiertos de presentación y distribución del arte. Comparto un fragmento de un manifiesto reciente: “Venga, sueño con museos y galerías, con teatros que funcionen como centros de reflexión comunitaria y espacios de encuentro para las diferencias culturales, para el pensamiento salvaje y el comportamiento perverso en el arte, los imagino como laboratorios. Laboratorios eco, etno, tecno, transgeneracionales, para imaginar un mañana mejor, con espacios que se vean y se sientan como el mundo en el que deseo vivir”.
Imagen portada: MILENIO



