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Por Joaquín Hurtado

Con la boca llena de coyotes, y una biznaga colorada, la ficha exacta ha entrado en el primer cuadrante de abril; un charco de luz caliente en tierra despoblada.

Estrella de azahares sobre la sangre de Pascua.

Dueña de las parturientas, bajo el emblema de los buenos dioses, haces girar las mareas del firmamento.

Haz para nosotros y las medusas un concilio de mareas.

Pasadas las siete y media, algo sube desde el centro de la Tierra.

Algo que no se explica. Una bola de alumbre, una cruz de rabia viva. Una mancha emperatriz.

Quisimos imponer tarifas de sol a sol al solsticio. Romper con aquellas atmósferas de ruinoso amanecer.

Tengo demasiado tiempo sin salir al ojo desnudo de Júpiter. Sin nudos lunares. Sin huevos crudos. Sólo el buqué de los rencores intestinos.

Por las sombras cruzan las copas de los enjambres.

Esto que ves ahora: un vaso tequilero, un cupón de vuelo, la misma banca en Hamburgo, y la rodilla de Desdémona de Monteamor.

Aquella niña cojita que patinaba olímpica sobre hielo negro.

¿Ahora entiendes los tambores? Los ríos de augurios. Los lobos indultados. Los perihelios entre rosales. Los osarios. La soledad de las azucenas en Pandemia.

Esta ironía ya no sirve. El misil inteligente no nos conoce.

Hasta donde llegue la lengua. Hasta donde quepa la luz. Hasta verificar videos y consonantes. Hasta donde alcance la vista, siempre húmeda de tanto verso.

Prometemos administrar la felicidad entre dosis. Con cuidado de no derramar el opio poético a manos llenas. La dicha queda en reserva, hay tantos niños con los riñones enfermos.

La nieve regresa sin sonido. Siempre. Tú lo sabías. También sabes que los árboles pardos de invierno se han recogido bajo los arcos de las plumas cuervas.

Y, sin embargo, seguimos esperando una señal. No llega. Tal vez un diagnóstico colónico. Tal vez una contraseña pronunciada por boca mula. Unamos los labios y hagamos así, que no quepa más el aire. Pero lo cierto es esto:

El cielo y sus trucos han dejado de ser noticia.

Los satélites son moscas disciplinadas sobre el plato de cereal. Registrar risas. Incendios. Migraciones. La evaporación lenta de los glaciares.

Nadie levanta la mirada de su pantalla para agradecer el parte.

Las ciudades mastican carne humana y gases. Bajo anuncios gorrosos, los hombres hablan de balones y cerveza, de inversiones que prometen redimir el porvenir con la paciencia de mil hipotecas.

Porque el frío ya no huye solo. Ya no se va con decoro. Nos deja preciosos cohetes sobre Dubai. Con explosiones teatrales. Con comunicados falsos. Con mapas de colores que nos indican dónde dolerá primero.

Y nosotros calculamos la hipérbole para la bomba de racimo.

Nos ponemos bufandas con estadísticas mortales. Abrigos con informes en lengua árabe. Guantes de resignación desclasificada.

Mientras tanto, la luna, otra vez la misma moneda, sigue subiendo por la locura de abril como si nadara. Como si nada y contando.

Debemos guglear cuánto tiempo queda antes de que también ella, la santa, empiece a caerse a pedazos.

Hace quince minutos llovía, lo supimos al ver los reflejos de las primeras estrellas bajo las faldas nebulares.

Listo. Logramos más beneficios de los esperados en territorios de esta luna panterita.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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