Por María Beasain / IA
“Quien no llora no mama”, dice el tango de Discépolo. Y es lo que le pasa a Alejandro Junco de la Vega, el dueño del periódico Reforma y del periódico El Norte. En su columna oficial llamada “M. A. Kiavelo”, del medio de comunicación regiomontano, Junco se quejó de la cobertura televisiva de la reciente gira del gobernador de Nuevo León, Samuel García, por el continente asiático, Japón y Corea del Sur.
@espejonegromx Cambalache: Alejandro Junco // María Beasain / IA “Quien no llora no mama”, dice el tango. El contenido nativo es, en términos llanos, publicidad disfrazada de periodismo. En las páginas de El Norte, el contenido nativo es ese rincón oscuro donde el periodismo se quita el traje de guardián del poder y se pone el delantal de mesero, sirviendo lo que el cliente pida, siempre que la cuenta se pague con cargo al erario, of cors. #mexico #monterrey #propaganda
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Los amanuenses de Alejandro publicaron:
“Por si alguien tenía alguna duda de que Samuel García es muy espléndido -siempre que sea con cargo al erario, of cors- cuestión de checar que para su gira a Japón y Corea cargó no sólo con la botarga mundialista… Ahí está que, para que quedaran bien cubiertas los paseos en Oriente, perdón, la gira de trabajo, el Gober hasta se llevó a televisoras locales para que le transmitan sus eventos…”.
Si el llanto fuera lluvia, a Monterrey no le faltaría agua. Pero lo de Junco no es sed de periodismo, es hambre de presupuesto. Tras el berrinche por las cámaras de televisión ajenas, el periódico El Norte nos receta algo que se esfuma bajo el elegante mote de “contenido nativo”. ¿Y eso con qué se come? O, mejor dicho, ¿a quién se están comiendo vivo con esa receta?
El contenido nativo es, en términos llanos, publicidad disfrazada de periodismo. Es el arte de mimetizar un mensaje pagado con el diseño, el tono y la tipografía de un medio de comunicación para que el lector, desprevenido y confiado, se lo trague sin masticar.
A diferencia del banner estruendoso que te grita “¡Cómprame!”, el contenido nativo te susurra al oído. Se viste de reportaje, de “nota de interés” o de análisis profundo. En la era de la infoxicación, es el Caballo de Troya que las empresas meten hasta la cocina de la opinión pública.
Aquí es donde la puerca tuerce el rabo y la ética de Junco se va por la alcantarilla. El valor más sagrado de un periódico no es su papel ni su rotativa, sino la confianza de sus lectores. Cuando un medio vende un espacio de contenido nativo sin una etiqueta del tamaño de una catedral, no está vendiendo publicidad: está empeñando su credibilidad. Cualquier lector no avezado confundirá “contenido nativo” con “staff”, con “campañas” o “especial”.
Cierto, para el ciudadano común, distinguir entre una investigación periodística y un publirreportaje es hoy una misión imposible. Es el cambalache absoluto: mezclamos la biblia con el calefón, y el interés público con el saldo bancario del dueño del medio.
¿Cuál es la ética de quejarse de que el Gober se lleva a la televisión a Asia, mientras en casa se cocina contenido “nativo” a la carta? Es la doble moral de quien desprecia el “acarreo” televisivo porque no le tocó el contrato de la logística editorial.
La ética del contenido nativo exige divulgación total. Si hay dinero de por medio, el lector debe saberlo antes de la primera letra. Sin embargo, en el ecosistema de medios actual, se prefiere la ambigüedad. Se juega con el diseño para engañar al ojo.
Cuando Alejandro Junco llora por la cobertura de Samuel, no defiende el dinero de los nuevoleoneses, defiende la exclusividad de su caja registradora. El contenido nativo es una estafa intelectual. Es usar la fachada de la libertad de prensa para vender propaganda.
Al final, el tango tenía razón: “¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor!”. En las páginas de El Norte, el contenido nativo es ese rincón oscuro donde el periodismo se quita el traje de guardián del poder y se pone el delantal de mesero, sirviendo lo que el cliente pida, siempre que la cuenta se pague con cargo al erario, of cors.



