Por Carlos Chavarria Garza
Que lamentable espectaculo es la repeticion de la historia de la destruccion de nosotros mismos. La misma escena que retrata ruinas y calla el dolor y hambre de paz, tantas ocasiones ha confirmado la realidad barbarica de nuestra naturaleza mas intima. A mayor tragedia, mayor el festejo. Casi 9 mil millones de seres humanos esperando a su Godot. La tecnología que «nos salvará», el político que «traerá la paz» o la inteligencia divina que «explicará el caos».
Como especie, hemos cometido el error de confundir el poder con la grandeza. Desde las columnas de Trajano hasta las transmisiones de bombardeos en alta definición, la civilización ha usado la violencia no solo como herramienta, sino como lenguaje. Reverenciamos la violencia porque es la única forma en que el «gigante técnico» siente que realmente está dejando una marca en el cosmos indiferente. Si no podemos crear vida eterna, al menos podemos dejar una cicatriz eterna.
Somos el residuo más peligroso de la gran historia del todo y la nada que ya lleva 14,000 millones de años a saber; habitamos una anomalía cosmologica que, según las leyes de la termodinámica, habrá de continuar su curso con o sin nosotros. Nosotros los humanos no somos sino un minusculo componente del caos, no del orden.
Desde que un grupo de hombres de ciencia, encabezados por Oppenheimer, nos transformó en “destructores de mundos”, se marcó el bucle que hoy nos devuelve a la única certeza posible: no llegaremos a marcar ninguna diferencia sustancial con el resto de lo creado. Esta afirmación, que la corrección seudo-humanística y materialista intenta suavizar, nos enfrenta a la realidad de que somos parte anomala de un sistema diseñado por una inteligencia cuya complejidad nunca habremos de comprender a cabalidad.
Nuestro pensamiento imperfecto ha operado bajo una miopía que puede ser fatal. Por un lado, genera accidentes naturales al devastar el entorno y, por otro, asume que nuestra capacidad de supervivencia es infinita simplemente porque hemos sido capaces de construir un variado numero de aparatos y adminículos. Bajo el supuesto del modernismo, nos hemos rodeado de prótesis tecnológicas destinadas a «facilitar» la vida, sin advertir que estos mismos mecanismos están cancelando, paso a paso, las posibilidades de una vida futura. Hemos confundido la comodidad técnica con la resiliencia evolutiva, ignorando que cada avance en la «facilidad» es un retroceso en nuestra autonomía existencial.
Atrapados en un sistema que puede apagarse con un interruptor operado por agentes paradójicos que solo pueden ser producto de mentes desconectadas de la realidad. Estos agentes se mueven bajo un narcisismo perverso que confunde la destrucción con la purificación; juegan con los límites de la tolerancia de la red civilizatoria como si fuera una simulación abstracta, olvidando que su propia biología está tejida en la misma red que pretenden desgarrar. Es un mesianismo de la extinción donde el deseo de control absoluto prefiere el fin del juego antes que la pérdida del mando.
Esta desconexión nos encamina hoy hacia una segmentación implacable, dictada por las posibilidades tecnológicas de cada individuo y su dependencia de conocimientos externos para subsistir. Nos precipitamos hacia una dinámica distópica marcada por una enorme capacidad de violencia destructiva, donde la tecnología ya no es una herramienta de progreso, sino el filtro de una casta que gestionara la escasez.
En este escenario, el ser humano moderno es un gigante técnico que se ha convertido en un analfabeto de la supervivencia básica, atrapado en un sistema que puede apagarse con un interruptor operado por elites alienadas que solo pueden ser producto de mentes desconectadas de la realidad.
Debemos reconocer que en la naturaleza no existe ningún artificio del lenguaje que sustente los calificativos que tanto apreciamos. Conceptos como optimismo o pesimismo, libertad o esclavitud, moralidad o vulgaridad, son meras construcciones humanas para dotar de sentido al vacío. En el cosmos no existen principios, sino funciones sin emociones; procesos de autoorganización que mantienen el flujo entrópico necesario para sostener el equilibrio que tampoco comprendemos. La naturaleza no castiga ni premia; simplemente se ajusta.
Si acaso vemos utilidad en la persistencia de nuestra especie, el cambio de conciencia requerido no es solo moral, sino funcional. Implica abandonar el antropocentrismo ilusorio y aceptar nuestro papel como disipadores de energía en un sistema vasto e indiferente.
Lo lamentable es que hoy asistimos al espectáculo de la repetición: la historia de nuestra propia autodestrucción retratada en ruinas que callan el dolor y el hambre de paz. Es la realidad barbárica de nuestra naturaleza más íntima reclamando su lugar.Solo a través de una lucidez brutal, que reconozca nuestra insignificancia frente al equilibrio del todo, podremos decidir si estamos dispuestos a renunciar al artificio del «modernismo» para intentar, al menos, no ser la variable que el sistema decida corregir por su propia cuenta.
Vivimos inmersos en un teatro del absurdo donde el decorado tecnológico ha sustituido a la realidad. En esta puesta en escena, nos empeñamos en perfeccionar el artificio mientras las funciones vitales se colapsan: diseñamos realidades virtuales para contemplar bosques que ya no existen y acuñamos eufemismos de ‘progreso’ para bautizar nuestra propia extinción. Es el triunfo de la representación sobre la existencia, un delirio semántico donde el lenguaje ya no sirve para comprender el mundo, sino para ocultar la barbarie de nuestra naturaleza íntima bajo una capa de solemnidad técnica. Somos actores ensimismados en un guion de soberbia, ignorando que el telón caerá no por un acto de voluntad, sino por el simple agotamiento de los recursos que sostienen nuestro escenario.
El Engranaje de Sísifo, un cuento que se repite.
En una ciudad de ruinas automatizadas, un hombre pasaba el día apretando un tornillo de una máquina que no producía nada.
Un vigía se acercó y le dijo: —¿Por qué insistes? El sistema ha colapsado y nadie vendrá a pagar tu salario. Somos un residuo en un cosmos indiferente.
El hombre, sin soltar la llave, respondió: —Lo sé. Mi trabajo es inútil, el mundo es un caos y mi esfuerzo es una anomalía.
—Entonces, ¿por qué no te detienes? —preguntó el vigía.
—Porque el tornillo es mío —contestó el hombre—. Mientras lo giro, soy yo quien decide que el vacío espere un minuto más.
El hombre volvió a su tarea. El cosmos guardó silencio, pero el hombre estaba libre: había convertido su condena en su único refugio.
La interpretación reside en la ‘Rebelión Absurda’: ante un todo indiferente y un sistema técnico y sociedad red que colapsa, el hombre recupera su dignidad no por la utilidad de su trabajo, sino por la soberanía de su voluntad. Apretar el tornillo es el acto de quien deja de esperar a Godot para convertirse en dueño de su propio instante, obligando al vacío a retroceder ante la persistencia humana.
«El absurdo es el divorcio entre el hombre y su vida, el actor y su decorado.» — Albert Camus



