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Por Joaquín Hurtado

Durante años perseguí catedrales narrativas, épicas monumentales. Quería levantar estructuras grandiosas, Titanic llenos de símbolos, de ecos, de tragedias que resonaran en la página vacía.

Pero cada vez que me sentaba a escribir, algo se oxidaba en la columna. Las frases salían hinchadas, solemnes. Mamonas. Como si estuvieran vestidas para una ceremonia grandilocuente, cursi, aburrida.

No encontraba el tono. O peor: encontraba demasiados, pero falsos: consignas, frases hechas, balbuceos políticamente correctos.

Fueron episodios de cansancio, días en blanco, días estériles. No como baches creativos temporales, sino como una creciente laguna de tedio más hondo. Como si las palabras que usaba ya hubieran sido pronunciadas y gastadas mil veces antes.

Me fui convirtiendo en un impostor. Ya no bastaba escribir sobre las ruinas humanas de la pandemia, o sobre las guerras y genocidios, sin haber escuchado nunca el verdadero silencio que sigue a una discusión matrimonial.

Cuando leí Juntacadáveres, de Juan Carlos Onetti, empecé a recortar, a valerme más de tijeras de poda en vez de avalanchas de palabras. Al principio por desesperación quité de mis textos arborescencias desmesuradas, adjetivos inútiles, escenas enteras, personajes que me parecían brillantes pero que no respiraban. Era una poda torpe y violenta. Sentía que destruía más de lo que construía.

Algo empezó a suceder en esos huecos: el texto, por primera vez, dejaba de moralizar o explicar, y comenzaba a ver de manera oblicua, a  insinuar.

Descubrí que lo importante no era lo que decía, sino lo que me atrevía a callar.

Ahí entendí, con una mezcla de vergüenza y alivio, que había estado mirando en la dirección equivocada. No necesitaba inventar mundos, ni urdir cuentos sobre hechos extraordinarios.

Lo verdaderamente inquietante estaba en lo que siempre había considerado demasiado pequeño: mi mujer liándose con la vecina por un asunto de hojarasca en el patio, un chavo ligando en un chat virtual, una mujer que mira el teléfono como si pudiera obligarlo a sonar, una pareja que mastica en silencio en la mesa de un restaurante.

Esos momentos no piden adornos. Solo precisión.

Empecé a escribir como quien limpia un vidrio empañado. Cada frase tenía que justificar su existencia. Cada palabra que sobraba era una traición. Y en ese despojo apareció algo que nunca había logrado con mis antiguas ambiciones: una forma de verdad, incómoda, casi indecente.

También cambiaron los lugares. Abandoné los escenarios grandiosos y me quedé en los márgenes de la cotidianidad, en calles desoladas o en habitaciones sórdidas. Lugares donde nadie posa, donde la vida ocurre sin testigos.

Descubrí que la mediocridad –esa palabra que tanto temía– no era un defecto narrativo, sino una presión constante sobre el pecho, una forma de tragedia que empieza en la punta de los dedos y puede estallar y ser insoportable.

Durante un tiempo me resistí a aceptar que eso era lo que quería escribir. Me parecía una renuncia. ¿Dónde estaba la ambición? ¿Dónde la gran obra? ¿Dónde el premio literario?

Pero luego comprendí que había otra clase de ambición, más silenciosa y más difícil: mirar de frente lo cotidiano sin embellecerlo ni despreciarlo. Sostener su desafiante mirada.

En ese proceso también cambió mi relación con la voz. Dejé de intentar imitar lo que creía que sonaba “literario” y empecé a escuchar. A escuchar de verdad. Las conversaciones en la calle, los silencios incómodos, las frases a medio terminar, lo que una mirada rencorosa exuda. Me di cuenta de que la vida no habla en épicos discursos, habla en fragmentos, en repeticiones, en absurdos y errores. Y ahí, por fin, algo encajó.

Lejos de experimentar una epifanía luminosa, fue más bien una sensación discreta, como cuando una puerta cede sin hacer ruido. Por primera vez, lo que escribía no parecía impostado. No necesitaba levantar la voz. Bastaba con dejar que la escena respirara.

Ahora sé que nunca estuve buscando historias grandiosas. Estaba evitando las pequeñas. Porque en ellas no hay refugio.

Un vaso roto impactando intencionalmente el suelo puede contener más devastación que una batalla entera. Una mirada que se esquiva puede ser más definitiva que cualquier despedida. Y escribir eso exige algo que antes no tenía: la disposición de no esconderme detrás de la grandilocuencia. No encontré mi tono de inmediato, lo fui dejando aparecer, frase a frase, en todo lo que he decidido no decir.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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