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Por María Beasain / IA

¡Oh, la pureza! Esa droga dura que se inhala en las oficinas climatizadas de la Ciudad de México mientras el resto del país reza para que en Texas no caiga una helada y nos apague el interruptor de la civilización. Qué elegancia la de nuestra ética ambiental: nos persignamos ante la sola mención de la palabra fracking en suelo patrio, pero devoramos con gula el gas que nos llega de las venas fracturadas de los vecinos del norte. Somos como el comensal que no mata a la vaca, pero se deleita con un jugoso rib-eye siempre y cuando el carnicero hable inglés.

Es hora de dejar de jugar a las “fuentes de los deseos” y mirar hacia la Cuenca de Burgos. Si queremos soberanía energética —esa palabra que tanto le gusta acariciar a la narrativa oficial—, tenemos que entender que la soberanía no se decreta, se extrae. Y en el noreste, la soberanía tiene forma de lutitas.

México vive en una esquizofrenia energética. Nos dicen que el fracking es el diablo porque gasta agua y hace que la tierra tiemble (como si el sistema político no fuera ya un sismo permanente). Pero, ¡vaya milagro!, ese mismo diablo es el que alimenta nuestras termoeléctricas y mantiene encendidas las estufas de quienes escriben tuits indignados contra la técnica.

¿Soberanía? Por favor. Depender en un 75% del humor de los reguladores texanos no es soberanía, es una correa de perro muy corta. Si mañana a un gobernador de Texas se le ocurre que su gas se queda en casa para sus parrilladas dominicales, México se queda a oscuras en lo que tardas en decir “transición energética”.

El noreste: ¿Patio trasero o motor soberano?

La Cuenca de Burgos, esa extensión geológica que no entiende de fronteras ni de escrúpulos ideológicos, es nuestro boleto de salida. Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas están sentados sobre un océano de gas que podría convertirnos en el jugador que siempre pretendemos ser y nunca somos.

Los argumentos en contra son los de siempre: el agua. ¡Vaya novedad! El noreste siempre tiene sed, pero parece que preferimos morirnos de sed y de falta de energía simultáneamente que permitir que la tecnología haga lo que ya hace con éxito a unos kilómetros de distancia en Eagle Ford. La industria ya habla de reciclaje de agua, de circuitos cerrados, de rigor técnico. Pero claro, es más fácil prohibir que regular, es más sexy ondear la bandera de la ecología de salón que enfrentar el desafío de la ingeniería responsable.

Afortunadamente, parece que el “realismo científico” empieza a permear en Palacio Nacional. Esa idea de un “Comité de especialistas” para evaluar la fracturación no es más que el eufemismo necesario para que la ideología no choque de frente con la realidad de las facturas de importación. Es el permiso para que, finalmente, México deje de pedir permiso.

Dile sí al fracking, no porque sea una técnica romántica, sino porque es la única herramienta que nos queda para dejar de ser los mendigos de la energía en América del Norte. Si vamos a hablar de soberanía, que sea con el gas propio fluyendo por los ductos, no con la esperanza de que el invierno en Texas sea suave.

En este país, ya hemos fracturado la justicia, la seguridad y el sentido común. ¿Qué tanto daño puede hacerle un poco de agua a presión a unas piedras en el desierto si a cambio obtenemos la libertad de no pedirle permiso al vecino para prender la luz?

Menos pureza de clóset y más gas en la red. Total, si la tierra tiembla en el noreste, al menos que sea porque estamos trabajando, no porque nos estamos cayendo de hambre energética.

Fuente:

// Medios / IA / HeyGen

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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