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Por Joaquín Hurtado

Un barquito de pescadores cuelga nubes deshiladas en la soga infinita del horizonte.

Yo lo miro desde la orilla, desde la arena perpleja de gaviotas, tras las crestas espumosas del oleaje.

El mar es una promesa de espejos vagabundos. Lengua que lame mis pies descalzos y se retira hacia los abismos.

Construyo castillos en la frontera exacta entre lo seco y lo húmedo, en ese borde difuso donde la tierra quiere ser agua y el agua finge saber cosas íntimas de la tierra.

Cuando el temblor de las olas sacude el alto penacho de los cocoteros, el mundo entero es cosa viva. Fuerza  que se respira, tema que se debate entre rugidos y susurros.

Las gaviotas, vocales desoladas, letras blancas en el cielo, escriben y borran sin terminar nunca sus frases. Los pelícanos planean solemnes como sacerdotes que conocen el nombre secreto del viento, y las fragatas –esas tijeras negras de alta costura– cortan el azul en dos sin que el cielo se desangre.

Más abajo, rozando la cresta de las olas, los alcatraces se lanzan en picada como pequeños suicidas. Siempre resucitan, vuelven a subir con el vientre lleno y los ojos ardiendo de sal.

La espuma por racimos llega a los labios y siento su tremor vano en el corazón, latiendo justo debajo de los veleros.

A lo lejos, las lanchas de los pescadores, coronadas de aves impacientes, esperan los estremecimientos del alma líquida, cuando el pez  rodea el diamante del sol en lo alto.

Los pescadores conocen las mareas con las manos, no con los ojos: leen el color del agua, la dirección en que huyen los pájaros, el olor particular que tiene el agua cuando prepara algo que va a decir. Regresan al mediodía con las lanchas bajas, pesadas de plata viva. Las nubes, carabelas perdidas, los escoltan como si también ellas hubieran trabajado toda la mañana y exigieran su parte del milagro.

Debajo de todo eso, los buzos. Los que bajan sin tanque, solo con el pecho lleno de aire y la voluntad apretada entre los dientes. Los veo desaparecer en el verde oscuro y cuento los segundos con angustia dulce, aprendiendo a medir el tiempo por la ausencia. Vuelven con ostiones, con erizos, con corales que en el aire pierden su color como pierden su encanto los sueños cuando uno intenta contarlos. Vuelven con los ojos rojos y una sonrisa que solo tienen los que han visto el fondo seductor y han decidido volver.

En el fondo viven las caracolas. Cada espiral es una casa. Cada casa guarda una voz. Debo hablarles muy despacio, colocarlas contra mi oreja con la misma devoción con que otros ponen el oído en el pecho amado. Escuchemos.

No es el mar lo que oigo: es algo anterior, algo que el mar aprendió de ese espíritu y repite sin entenderlo, como los niños repiten palabras cuyo peso todavía no pueden cargar.

Pero la tormenta no avisa ni espera. Desgarra el majestuoso telón desde tierra adentro. La tempestad es la memoria del agua salada cuando decide volverse verdad.

Llega con sus manos de remolino y derriba el horizonte, arranca la soga, desparrama las nubes de ornato como ropa sucia. Las palmeras se retuercen como pájaros heridos. Los bañistas desaparecen, ahuyentados por el retumbar del trueno. Las lanchas quedan varadas, amarradas con miedo al muelle. Los buzos no bajan.

El mar muerde, rasguña, golpea. No perdona, solo exige. Y las palapas en la orilla danzan o se congelan, todas a la vez.

Después del diluvio me siento en la arena –más ebrio de océanos, más salobre mi sangre– y miro otro barquito que también cuelga sus nubes deshiladas en la cuerda tirante del horizonte.

Una gaviota cruza el aire perfumado, deja inscrita una frase que el viento ni yo terminamos de entender.

El mar guarda toda esta visión, luego la olvida. Eso es lo hermoso, eso es lo terrible.

Telchac puerto, Yucatán.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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Vía / Autor:

// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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