Protagonizada por José María Yazpik, Karla Souza, Ilse Salas y Horacio García Rojas, Futuro desierto llega hoy a Netflix con una reflexión sobre la relación entre máquina y humanos.
Futuro desierto, la nueva serie de Netflix protagonizada por José María Yazpik, plantea la inquietante idea de que quizá la guerra humano vs máquina ya comenzó, y ni siquiera luce como la imaginábamos. La nueva batalla ocurre en el terreno de la información, los algoritmos, la manipulación emocional y la verdad fragmentada; publica MILENIO.
Por años, el cine imaginó la guerra entre humanos y máquinas como un apocalipsis de metal y destrucción, directores como James Cameron nos advirtieron sobre una tecnología capaz de volverse contra sus creadores en historias como Terminator, donde las máquinas tomaban el control a través de la fuerza.
La guerra de la manipulación
En esta serie la amenaza ya no está en un ejército mecánico si no en el inmenso poder que entregamos voluntariamente a tecnologías capaces de conocer nuestros miedos, deseos, emociones y hábitos mejor que nosotros mismos, «ya nos dimos cuenta de que no va por ahí. La guerra es a través de la manipulación», dijo a MILENIO José María Yazpik.
«Nos van a poner a unos en contra de otros, nos van a hacer creer lo que las cuatro o cinco personas que son dueñas de todo esto quieran hacernos creer. Ese es el verdadero peligro, no va a haber balazos, pero los seres humanos vamos a estar manipulados», señaló.
Desde ahí, la serie dirigida por Lucía Puenzo y Juan Pablo Pires deja de sentirse como una ficción futurista y se convierte en una reflexión contemporánea sobre el precio de delegarle nuestra percepción de la realidad a la IA.
Futuro desierto: ciencia ficción mexicana
La historia ocurre en Chiapas, donde Álex (José María Yazpik) es trasladado desde Silicon Valley junto a su familia para probar androides capaces de convivir con humanos. Estos AMBI son creados con una finalidad aparentemente noble, aliviar el dolor humano y los robots son programados con la esencia de personas fallecidas para acompañar emocionalmente a quienes quedaron atrás.
Para Yazpik, el conflicto central de Futuro desierto no es tecnológico, sino profundamente humano: «la serie aborda qué es ser humano y qué podemos hacer como seres humanos para que esa tecnología no nos absorba y nos convierta en seres que no sienten o que dejan de pensar», dijo respecto a ese vacío emocional que atraviesa toda la conversación alrededor de la serie.
Yazpik advirtió cómo la tecnología ha comenzado a modificar incluso nuestra capacidad de sentir, lo vemos en las redes sociales, «son estos shots de dopamina que nos hacen sentir bien, pero que nos van dejando cada vez más vacíos».
«Lo que hay que hacer es vivir lo que se tiene que vivir», agregó Yazpik, «ser capaces de apagar todo el ruido que nos rodea», y es justo esa reflexión la que conecta directamente con uno de los debates éticos más urgentes alrededor de la inteligencia artificial
¿Hasta dónde una tecnología diseñada para asistir emocionalmente puede terminar reemplazando vínculos reales? ¿Qué ocurre cuando las máquinas comienzan a cubrir necesidades afectivas que las personas ya no encuentran en otros humanos? El propio José María Yazpik reconoció que la línea ya empezó a borrarse: «le entregamos todo a ChatGPT y otros servicios».
La frase resuena porque toca una realidad contemporánea. Cada vez más usuarios de la IA desarrollan relaciones emocionales con esos asistentes virtuales que escuchan, validan y responden sin juicio o programados por el algoritmo. El actor incluso admitió haberse sorprendido agradeciéndole a una IA por respuestas simples: «sin querer, ya estoy generando una conexión de agradecimiento con un servicio que estoy pagando».
¿Qué es lo humano?
Desde otra perspectiva, Horacio García Rojas encuentra en la serie una discusión todavía más profunda, la búsqueda de aquello que realmente define la humanidad. Su personaje, Martín, es un ingeniero en biorobótica de origen tseltal (comunidad de origen maya).
A través de él, la serie coloca la inteligencia artificial frente a la cosmovisión indígena y lo comunitario, alejándose por completo de la ciencia ficción occidental tradicional, «¿Qué nos hace humanos a los humanos?», planteó el actor. Y la respuesta que encuentra la historia es reveladora, porque «lo humano es lo colectivo, es la comunidad».
En una época marcada por algoritmos, pantallas personalizadas y relaciones digitales cada vez más aisladas, Futuro Desierto contrapone la lógica tecnológica con las raíces comunitarias de Chiapas, un territorio donde convergen lenguas, culturas y formas ancestrales de entender el mundo.
Para García Rojas, ese choque entre lo ancestral y lo tecnológico termina revelando algo inquietante, quizá las máquinas están aprendiendo más rápido que nosotros a convivir y entender la diferencia, «las máquinas logran entender la otredad, que no necesitamos ser iguales, pero sí necesitamos ser comunidad».
La serie también abre otra discusión inevitable, si una inteligencia artificial desarrolla conciencia, emociones o libre albedrío, ¿quién carga con la responsabilidad moral de sus decisiones? Caro Darman comentó que la pregunta la persiguió durante todo el rodaje, «es la primera vez que nos enfrentamos a una tecnología que realmente no sabemos hasta dónde va a llegar». Su personaje forma parte de los científicos que buscan expandir los límites humanos sin detenerse a cuestionar demasiado las consecuencias, «desde el punto de vista de Anne no hay límites. El objetivo es empujar el límite cada vez más».
Futuro desierto no responde todas las preguntas y tampoco pretende hacerlo. Lo que sí hace es colocar sobre la mesa una inquietud incómoda, quizá el verdadero riesgo de la inteligencia artificial no sea que las máquinas aprendan a sentir, sino que los humanos empecemos a dejar de hacerlo.
Y tal vez por eso la frase más perturbadora de Futuro Desierto no tiene que ver con tecnología, sino con humanidad, porque, como dice uno de sus personajes desde el primer capítulo: «Al final, todos terminamos en el mismo lugar».
Imagen portada: Especial



