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El Zócalo como mercancía FIFA

Por José Jaime Ruiz

Una imagen más de las venas abiertas de América Latina. Cito a Eduardo Galeano: “El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue” (El fútbol a sol y sombra). El Zócalo de la Ciudad de México no es una plaza cualquiera, es el centro simbólico donde confluyen las capas más profundas de la historia mexicana: el recinto sagrado mexica, la ciudad virreinal, la República, las rebeliones populares, las celebraciones colectivas y las disputas por el significado mismo de México.

El Zócalo comienza a deslizarse hacia una lógica de explotación política, turística y comercial que poco tiene que ver con su naturaleza histórica. Durante décadas la izquierda mexicana denunció la mercantilización neoliberal del espacio público; hoy el principal espacio simbólico de la República parece sometido a una lógica donde la marca global termina imponiendo condiciones incluso al poder político nacional. Carlos Fuentes describió el origen de la plaza con precisión: “Donde se encontraban los sitios del poder nahua, el actual Zócalo de la ciudad de México, Cortés cimentó una catedral y erigió un palacio”.

Allí se concentra la historia de la conquista, la colonia, la independencia y la construcción del Estado mexicano. No es un foro neutral (“zócalo de cenizas de tus plantas”, López Velarde), es un lugar cargado de memoria política. El Zócalo adquirió una dimensión democrática única. La Marcha del Silencio de 1968 encontró en ese espacio el escenario de una resistencia que desbordaba la geografía urbana. Las protestas contra los fraudes electorales de 1988 y 2006 hicieron de la plaza un instrumento de impugnación ciudadana frente al poder. El Zócalo fue tribuna de campesinos, sindicatos, estudiantes, feministas, comunidades indígenas, activistas LGBT+ y movimientos sociales de todo signo. Su valor radicaba en que nadie podía apropiárselo completamente.

Carlos Monsiváis lo entendió mejor que nadie. En su célebre reflexión sobre la plaza escribió que allí “se han alborozado o exaltado tlatoanis y virreyes, obispos y presidentes de la República, caudillos gobernantes de la ciudad, emperadores y plebe liberal, multitudes y turbas”. El Zócalo sobrevivía precisamente porque todos cabían en él. Porque era una propiedad simbólica colectiva. La transformación reciente introduce otra lógica. El espacio histórico ya no sólo funciona como plaza pública. También opera como plataforma de posicionamiento político, escenario de espectáculos masivos, escaparate turístico internacional y, cada vez más, vitrina de marcas globales y eventos sujetos a contratos comerciales.

El episodio más revelador ocurrió con la organización del Mundial de Futbol de 2026. La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que su informe político ya no podría realizarse en el Zócalo y tendría que trasladarse al Monumento a la Revolución debido a las restricciones derivadas de las actividades vinculadas al FIFA Fan Fest. A la vez, el gobierno optó por replicar la transmisión mediante pantallas instaladas en plazas públicas de todo el país. Por primera vez en la historia reciente, una actividad asociada a los compromisos comerciales y operativos de una marca deportiva global desplazó del Zócalo a la titular del Poder Ejecutivo Federal y al movimiento político que llegó al poder reivindicando precisamente la recuperación de la soberanía nacional frente a las estructuras neoliberales. La ironía, difícil de ignorar. La llamada Cuarta Transformación construyó buena parte de su narrativa sobre la recuperación de los espacios públicos capturados por intereses privados. Sin embargo, en este caso el principal espacio político de la República quedó subordinado a las necesidades logísticas y comerciales derivadas de un evento gestionado bajo los parámetros de una organización transnacional.

La imagen, poderosa: el movimiento que durante años convirtió el Zócalo en símbolo de resistencia política terminó reubicado en el Monumento a la Revolución mientras la plaza histórica se ajustaba a las exigencias de una de las mayores franquicias deportivas del planeta. La misma lógica puede observarse en otros acontecimientos recientes. La visita de una agrupación global del fenómeno K-Pop a Palacio Nacional convirtió el corazón político del país en escenario de una operación de diplomacia cultural y entretenimiento de alcance planetario. Miles de seguidores acudieron a las inmediaciones del recinto presidencial mientras la imagen era proyectada simultáneamente hacia audiencias globales.

El Zócalo comienza a ser concebido como una plataforma de circulación de marcas, audiencias y productos culturales globales antes que como el espacio político fundamental de la República. El neoliberalismo no consiste únicamente en privatizar empresas públicas, también implica convertir bienes simbólicos en mercancías. Transformar la historia en experiencia de consumo. Convertir la memoria en producto. Administrar la ciudadanía como mercado. Bajo esa definición, la cuestión adquiere una dimensión molesta para cualquier gobierno que se proclame antineoliberal. Porque el problema no es quién administra el espacio, el problema es bajo qué lógica se administra.

Cuando una plaza histórica empieza a medirse por aforos, impactos mediáticos, posicionamiento internacional, derechos de explotación comercial y experiencias de marca, la lógica del mercado ya se encuentra operando, independientemente del discurso político que la acompañe. Carlos Monsiváis escribió que el Zócalo “es siempre lo irrenunciable. Sí, ni modo, aunque no vayas allí estás presente”. La frase adquiere hoy una resonancia distinta, distante. Lo irrenunciable no es únicamente la explanada física, lo irrenunciable es su condición de espacio común.

Paradoja del Segundo Piso de la Cuarta Transformación: que el acontecimiento más revelador de esta etapa no haya sido un concierto ni una concentración política, sino la imagen de una presidenta y de la 4T obligadas a abandonar temporalmente el Zócalo porque el calendario de una franquicia global ocupó el centro simbólico de la nación. La escena resume una contradicción histórica: el espacio que durante décadas fue conquistado por la movilización popular terminó siendo regulado por la lógica extractivista de la FIFA. Mucha lengua sobre la soberanía y demasiados tacos para el servilismo neoliberal.

(José Jaime Ruiz: Escritor, poeta y periodista, es autor de los libros La cicatriz del naipe (Premio Nacional de Poesía “Ramón López Velarde”), Manual del imperfecto políticoCaldo de buitre y El mensaje de los cuervos. Es director fundador de la revista cultural PD. y de Posdata Editores. Dirige el periódico digital lostubos.com y aguaquemada.mx)

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// José Jaime Ruiz

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Autor: lostubos
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