Por Joaquín Hurtado
Hay que salir a la calle y levantar un poco la vista para verlas. Quizá la costumbre las ha hecho invisibles. Quizá son intrascendentes porque preferimos el sano hábito de revisar el pavimento en busca de baches.
El mes pasado conté hasta ocho telarañas en mi calle. De una de éstas cayó un cable muy largo y funcional, duró ahí muchos días convertido en cuna, meciéndose con desdén. Como medida precautoria los vecinos le ataron seis globos sobrantes del festejo de Toñito. Hasta que pasó el camión refresquero y se lo llevó de corbata, dejando a algún usuario sin Netflix.
Las telarañas de fibra óptica se han apoderado de la ciudad, nos hacen ver como una ciudad fodonga. Chambonas las empresas de internet que van dejando sus hilos colgando, como telarañas sintéticas que afean aún más la jungla regia.
Testigos mudos de la irresponsabilidad empresarial, esos cables negros cruzan avenidas, brincan de poste en poste, sus lianas se enredan entre transformadores, anuncios espectaculares y ramas secas. Parecen el dibujo apresurado de alguien que quiso conectar la ciudad a toda prisa y luego desapareció sin recoger las herramientas.
Nadie discute la necesidad de la conectividad. El internet es ya tan indispensable como el agua, la electricidad o el transporte público. De esos cables depende el trabajo remoto, las tareas escolares, las videollamadas familiares, las ventas de miles de pequeños negocios, las redes sociales. El problema no es la tecnología. El problema es la manera en que la instalamos.
Cada nuevo proveedor parece llegar con la lógica del conquistador de banquetas: tira su cable, perfora donde puede, amarra donde encuentra espacio y sigue adelante. Los cables viejos jamás desaparecen. Se acumulan. Envejecen. Se vuelven abuelos. Mueren colgados.
La ciudad termina convertida en una arqueología aérea de instalaciones apuradas.
Lo curioso es que las telarañas revelan mucho más que una deficiencia técnica. Son la firma visible de un desorden más complejo. Hablan de autoridades que no supervisan, de reglamentos que nadie aplica, de concesiones otorgadas con una generosidad sospechosa y de una cultura donde el trabajo provisional acaba convirtiéndose en permanente.
Uno puede recorrer colonias enteras siguiendo esos hilos negros como si fueran líneas de un electrocardiograma urbano. Y el diagnóstico no siempre es alentador. Ahí arriba cuelgan décadas de improvisación pública y privada. Ahí están la prisa, el valemadrismo, la burocracia indiferente y la convicción muy mexicana de que cualquier problema puede resolverse con otro alambrito encima del anterior.
Mientras otras ciudades entierran sus redes para recuperar el horizonte, nosotros seguimos tejiendo una gigantesca red aérea donde terminan atrapados el paisaje, la arquitectura y hasta la idea de orden. Hay cruces de calles donde los cables forman una maraña tan densa que uno espera ver descender una araña del tamaño de una piñata.
Quizá por eso ya no los vemos. Porque la costumbre anestesia. Porque el ojo aprende a ignorar aquello que no puede corregir. Sin embargo, basta levantar la vista para descubrir que sobre nuestras cabezas no sólo viajan datos, series de televisión o mensajes instantáneos. También circula una crónica bastante precisa de cómo administramos nuestras ciudades.
Y esa crónica, vista desde abajo, parece una inmensa telaraña donde nadie sabe exactamente quién tejió qué hilo, pero todos seguimos atrapados en ella.
(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero, La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)
Foto portada: Alexandra Ruiz



