Por María Beasain / IAQuemada
Qué enternecedora es la fragilidad de nuestra aristocracia del espíritu. Cada vez que el Gobierno de México decide recordar, aunque sea por error, que este país posee una Constitución, un código penal y una frontera que funciona en ambos sentidos, a don Jesús Silva-Herzog Márquez le da un síncope de alcurnia. Su última columna es un monumento a la neurosis del subordinado: ese pánico cerval que sufre el mayordomo cuando ve que la dueña de la casa no le sonrió al inversionista extranjero con la sumisión adecuada.
Para la comentocracia refinada, la diplomacia nacional no debe ser la defensa de los intereses de la nación, sino una coreografía de la seducción. Hay que “aplicar el tiento”, nos dice Jesús, con la mirada puesta en el norte, como quien intenta no despertar al padrastro alcohólico. El pecado imperdonable de Claudia Sheinbaum, según este diagnóstico de té de manzanilla, no es haber fallado en la gestión pública, sino haber roto el sagrado dogma del entreguismo estético.
“Hizo enormes concesiones con la esperanza de aplacar a la bestia”, llora el texto, para luego indignarse porque la bestia, al ver que el buffet era gratis, pidió más comida. ¡Oh, sorpresa geopolítica! Trump actúa como Trump y la culpa, por supuesto, es de la inquilina de Palacio Nacional por no haber sido lo suficientemente dócil. ¿Es neta?
El verdadero drama de la pieza de Silva-Herzog no está en sus argumentos —inexistentes bajo la lupa del dato duro— sino en su nostalgia. Extraña los puentes diplomáticos de antaño, aquellos viaductos de terciopelo donde secretarios de Estado entregaban la soberanía energética a cambio de una foto en el New York Times y una palmadita en la espalda en Davos. Le aterra la “zanja” del discurso nacionalista porque en la zanja hay tierra, hay pueblo y hay conflicto real, mientras que en las nubes de su análisis globalista solo hay acuerdos de libre comercio diseñados para que todo cambie y los de siempre sigan cobrando en dólares.
Al final, el texto nos regala su joya de la corona: el diagnóstico psiquiátrico de las mañanas. Observar la conferencia matutina a través del monóculo de Silva-Herzog es un ejercicio de comedia involuntaria. Donde el ciudadano común ve el tedioso pero funcional despliegue de la agenda pública, el analista ve “manías”, “cerrazón” y un “declive” que, curiosamente, solo se registra en las encuestas de su imaginación. Es el eterno retorno del trauma de la derecha mexicana: la terca realidad de un gobierno que se empeña en no caerse, destruyendo cada lunes el elegante artículo de fondo que ya daba por muerto al régimen. Sigan temblando, caballeros, el café de las mañanas se va a seguir sirviendo cargado y sin azúcar importada. Literal.



